Algun domingo yo subia a Carcabal y pasaba alli el dia con Aida y con Eneka. Aida siempre iba vestida de hombre y unas veces cortabamos troncos para el fuego y otras buscabamos rocas con forma de animales o poniamos trampas a los jabalies. Desde el funeral de mi madre no habia vuelto a verla vestida de mujer. Ella me hablaba de su esperanza mas importante, la de comprar en el valle una casa con balcones y galerias acristaladas, y yo no decia nada porque no queria contrariarla, no podia estropear aquella ilusion, pero pensaba que se trataba de un sueño que nunca se iba a poder realizar.