Mi madre se tiraba de los pelos y pateaba las tablas de la sala como poseida por algun diablo. Gritaba una y otra vez el nombre de mi padre, que se llamaba Jacinto, y cuanto mas lo repetia mas apergaminada y flaca se le quedaba la cara, como si en cada Jacinto gritado se le estuviera yendo un pedazo de realidad para quedar convertida en un fantasma. Pronto la casa se lleno de gente que iba y venia santiguandose y tropezando conmigo. Mi madre, cuando ya su cara no admitia mas encogimientos, salio al corredor y apretando los puños miraba hacia el camino del puente y repetia, asesinos, hijos de puta, bestias de mala sangre, y cosas incluso peores.