Bajo sus boinas azules, ennegrecidas por la pólvora y manchadas por el polvo de los
caminos, los soldados de Miralles tienen caras de bandidos, con su piel
color hollín y sus barbas y cabelleras descuidadas. Desde hace cinco largas semanas se arrastran por las
carreteras, sin casi dormir, sin casi descansar, tiroteando en cualquier momento con una rabia creciente.
¿No acabarán con aquellos bandidos liberales? Don Carlos habíales prometido, sin embargo, que después de las fatigas de Estella,
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