En una
estación de autobuses de Hamburgo, entre maletas apresuradas y anuncios que nadie escucha del todo, Aisha esperaba un café que no podía pagar.
Tenía veintitrés años, venía de
Marruecos y llevaba dos
noches sin dormir. La entrevista de trabajo había salido mal. El dinero se había terminado. El orgullo también empezaba a resquebrajarse.
Se sentó en un banco metálico, abrazando su mochila como si dentro guardara algo más que ropa. Miraba al suelo para no cruzarse con las miradas rápidas de
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