Cada tarde, cuando el calor comenzaba a ceder y la ciudad se llenaba de motocicletas, un anciano delgado, de caminar lento y camisa impecablemente abotonada, aparecía en una
esquina distinta.
Llevaba bajo el brazo algo extraño:
una pizarra pequeña.
Su nombre era Nguyen Van Minh, tenía 79 años y había sido maestro durante toda su vida.
Pero ya estaba jubilado.
Lo que no estaba jubilada era su vocación.
Minh se detenía en
plazas, aceras o
parques donde jugaban niños.
Apoyaba la pizarra contra
... (ver texto completo)