Tengo 72 años. Gasto mi pensión escondiendo mochilas debajo de los
puentes. La semana pasada encontré una nota dentro de una que me hizo caer de rodillas.
No esperé a que saliera el sol.
Aparqué mi sedán detrás de la vieja
fábrica textil abandonada, la de las
ventanas rotas que parecen dientes caídos.
Mis rodillas crujieron mientras bajaba por el terraplén. El aire olía a concreto mojado y a cerveza rancia.
No iba a
comprar droga.
No iba a meterme en problemas.
Iba a dejar una mochila Jansport
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