En la década de los 90, en las calles de una gran ciudad, vivía un niño llamado Dante. No tenía casa, pero tenía un "tesoro": un trozo de tiza blanca que guardaba en el bolsillo de su pantalón raído. Mientras otros niños usaban la tiza para jugar a la rayuela en los parques, Dante la usaba para algo distinto.
Cada noche, antes de dormir sobre unos cartones bajo el puente, Dante dibujaba una puerta en la columna de cemento. No era una puerta cualquiera; tenía un pomo redondo y un felpudo que decía... Recuerda esto siempre: La humildad te abre puertas, el respeto te gana personas,
el silencio te evita problemas y el tiempo pone a cada persona en su lugar. La vela que se apaga
Se había ido la luz en el vecindario aquella noche, por lo que colocamos velas en algunos lugares estratégicos de la casa para poder movernos con algo de seguridad.
Me senté en el comedor, frente a una vela que, tras mucho uso anterior, parecía llegar al final de su existencia. La llama de la vela luchaba por mantenerse encendida. Al contemplar la endeble llamita, me puse a reflexionar que nuestras vidas, al llegarles su ocaso, son semejantes a aquella llamita.
Mi madre... Estos son malos tiempos. Los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros. El mejor gesto de la noche es decirle a la gente a la que quieres felices sueños y hasta mañana.