En las colinas verdes de la Toscana, donde las
ovejas aún caminan solas por los
senderos y el
pan se hornea sin prisa, vivía Sandro, un anciano pastor con las manos curtidas y la espalda encorvada.
Nadie sabía cuántos años tenía. Decía que había nacido el día que murió su padre. Y que no había aprendido a leer porque “las ovejas no mandaban cartas”.
Vivía solo, en una
casa de
piedra que él mismo reparaba con lo que encontraba en el bosque. No tenía televisión, ni radio, ni teléfono. Solo una libreta
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