En un
refugio a las afueras de Hamburgo, una perrita mestiza llamada Marla llevaba ya tres años esperando. No era agresiva ni enfermiza. Simplemente… no destacaba.
Era de tamaño mediano,
color marrón claro, con las orejas caídas y mirada silenciosa. Cada vez que venía una
familia, se apartaba con timidez. Había aprendido que la ilusión duraba poco.
Los voluntarios decían:
—Es una buena perra. Pero parece invisible.
Un día, llegó al refugio una mujer mayor. Se llamaba Annemarie, tenía 74 años
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