La abuela de Yarek tenía una sartén negra, vieja, con el mango torcido y el fondo abollado. Nadie sabía cuántos años tenía, pero todos sabían lo mismo: esa sartén no se tocaba. Ni para lavarla.
—No se lava con jabón —decía la abuela, como si hablara de una reliquia sagrada—. Solo con
agua caliente… y respeto.
Yarek se reía, claro. Era solo una sartén.
Hasta que un día, después de que la abuela muriera, intentó hacer sus tortitas de manzana con una sartén nueva.
Salieron… mal.
Se pegaban. Sabían
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