En el
edificio donde vivía había una vecina que todos conocíamos, aunque casi nadie sabía realmente nada de ella.
Tendría unos sesenta años y siempre salía de
casa a la misma hora.
A las ocho y cuarto de la mañana.
Nunca hablaba demasiado.
Bajaba las
escaleras con una bolsa de tela en la mano, saludaba al portero y se marchaba caminando.
Durante años pensamos que simplemente iba a hacer la
compra.
Hasta que un día me encontré con ella en el ascensor.
Llevaba dos bolsas enormes.
— ¿Quieres
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