En una pequeña habitación de techos bajos, donde el frío de los Andes se cuela por las rendijas, dos jóvenes tejían un futuro. No usaban lana, sino palabras. Se llamaban Mateo y Elena. Ella tenía las manos ásperas de lavar ropa ajena y él los ojos cansados de buscar un mañana que no llegaba. Entre ellos, una pequeña de pocos meses dormía ajena a la precariedad, envuelta en el aroma a café y esperanza.
—Será solo un año, Elena —decía él—. Ahorraré cada céntimo. Cuando vuelva, montaremos la tienda ... (ver texto completo)
—Será solo un año, Elena —decía él—. Ahorraré cada céntimo. Cuando vuelva, montaremos la tienda ... (ver texto completo)