Mateo tenía 17 años y subía todos los días una colina para llegar a la
escuela rural donde estudiaba. Una colina empinada, con
piedras sueltas, barro en temporada de
lluvia, y una mochila que no siempre llevaba libros… a veces solo
pan duro y una libreta rota.
Muchos se burlaban de él por usar siempre los mismos zapatos gastados, por no tener celular, por llegar con el pantalón sucio hasta las rodillas.
— ¿Por qué no dejas de venir? —le preguntó un compañero una vez, entre risas—. Total, igual
... (ver texto completo)