Hay que salirse de todas las guerras que no nos interesan.
Eran unos niños cuando España sufrió las consecuencias de una guerra.
Crecieron entre el miedo, el dolor
y las cartillas de racionamiento.
Su infancia fue triste y cruel
nunca tuvieron juguetes,
ni teléfonos de última generación,
sólo tuvieron necesidad y hambre.
Trabajaron duro, levantaron España
y ahora en soledad, tristes y asustados
se están muriendo. ... (ver texto completo)
A veces tienes que hacerte el tonto para engañar al tonto que cree que te está engañando a ti.
No permitas que la gente te aparte de tu verdad y de tu forma singular de ser feliz.
Dicen que el mono es tan inteligente que no habla para que no lo hagan trabajar.
Buenas noches Antonia. que descanses bien y sueñes bonito. un abrazo.
Hasta mañana se dios quiere, que descanses un abrazo.
Buenas noches Antonia. que descanses bien y sueñes bonito. un abrazo.
Cuando Antón Seoane cumplió 82 años, hizo algo que dejó mudos a todos los marineros de la taberna del puerto de Muxía.
Se tatuó.
No fue el ancla típica de marino joven, ni una sirena de trazo grueso. Fue una pequeña brújula, minimalista y fina, en el dorso de su mano derecha, justo encima de los nudillos que el reuma había empezado a deformar.
El tatuador, un chico con los brazos cubiertos de tinta negra y música rock tronando en el local, se detuvo antes de encender la máquina.
— ¿Seguro, abuelo? ... (ver texto completo)
Quien adelante no mira, atrás se queda.
Quien da pan a perro ajeno, pierde el pan y pierde el perro.
Ama a quien no te ama, responde a quien no te llama, andarás carrera vana.
La probabilidad de hacer mal se encuentra cien veces al día; la de hacer bien una vez al año.
Buenas noches Antonia. felices sueños, que descanses un abrazo.
Buenas noches dulces sueños Sensi, hasta mañana un abrazo.
Buenas noches Antonia. felices sueños, que descanses un abrazo.
Una vez me dijeron que cuando gritamos usamos trece músculos,
y cuando andamos en bicicleta solo nueve.
Al parecer, dicen que cuando besamos a alguien se mueven treinta y cuatro músculos. Y ni siquiera nos damos cuenta.
Aquel sabio me dijo que cuando más se mueven es cuando lloramos, nada más y nada menos que setenta y dos músculos. Imaginaos el esfuerzo tan grande que hay que hacer cada vez que soltamos una lágrima.
No me acuerdo cuántos se necesitaban para bailar, ni para saltar.
Ni siquiera ... (ver texto completo)