ivía una vez, a orillas de un gran
río, un pescador con su
familia. En otros tiempos el
agua era generosa: los peces saltaban solos a las redes y el trabajo alcanzaba para todos. Pero esos días habían quedado atrás. La
pesca era cada vez más pobre, las redes estaban viejas y el bote, remendado una y otra vez, pedía descanso. No había dinero para uno nuevo.
Una tarde, mientras el sol caía, pasó frente a su
casa un anciano viajero. Le pidió al pescador pasar la
noche ahí. La familia lo recibió con
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