En un callejón sin nombre de Kioto, rodeado de
faroles apagados y madera envejecida, había una
tienda diminuta donde se vendían pinceles hechos a mano. Se llamaba “Masako no fude” —Los pinceles de Masako.
La dueña era una mujer de 89 años, espalda curva, pelo blanco recogido en un moño y voz tan suave que a veces parecía que el viento hablaba por ella.
No tenía redes sociales. No aceptaba tarjetas. No hablaba inglés.
Y sin embargo, artistas de todo el mundo viajaban solo para
comprar un único
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