Buenas noches amigas y amigos foreros.
¿Poseemos un alma inmortal?
Es una inquietud universal que cualquier persona sin formularse jamás preguntas de este calibre posee, francamente, un raciocinio bastante limitado. O, siendo directos, opera más cerca del instinto animal que de la autentica naturaleza humana.
Las dudas metafísicas son inherente a nuestra existencia. Y con esto no quiero decir que nos atormenten a
diario, sino que son eco persistente que siempre termina aflorando, con mayor o menor intensidad, a lo largo de los años.
Las incertidumbre es tan natural en nosotros como lo es la propia muerte.
Nadie escapa de ella: ni el devoto más acérrimo.
Ni el ateo más convencido.
Otra historia muy distinta es cuando permites que la corriente y la opinión de las masas te arrastren. Cuando te dejas llevar hasata el punto de renunciar a tu capacidad ded ir más allá, abandonando tu racionalidad para acomodarte en la simple animalidad.
Pero hoy no voy a hablar de ese tipo de personas.
Y siendo la literatura el arte más introspectivo y solitario que existe, es imposible que un autor sea un ente vacío de reflexión. Por eso, este tema nos toca de lleno.
El filósofo Ludwig Wittgenstein abordó este misterio de una forma fascinante en su «Teactotus logico-philosophicus (1918)» En la proposición 6.4312, reflexión sobre la inmortalidad de la siguiente manera:
«La supervivencia eterna del alma después de la muerte no es algo que esté garantizado, pero es que, además, esa idea no siquiera cumple el propósito que solemos buscar.. ¿Se resuelve el misterio de la vida solo porque yo viva para siempre? ^? ¿Acaso una existencia infinita no sería igual de incomprensible que la actual? La primera respuesta al enigma de la vida en el espacio y el tiempo se encuentran, precisamente, fuera de ese espacio y ese tiempo» (Y subbraya que esto no es un problema que deba resolvere la ciencia natural).
Me parece un enfoque extraordinariamente original para enfrentarse a la idea de la eternidad.
Un poco antes, el pensador austriaco señala que la muerte no es una vivencia, sencillamente porque no estamos vivos para experimentarla. Por tanto, si entendemos la eternidad no como una cantidad infinita de años, sino como la ausencia total de tiempo, entonces «vive eternamente quien vive el presente».
Intentar encajar la inmortalidad en nuestros conceptos de espacio y tiempo es un esfuerzo estéril. Queda fuera de lo que podemos medir o experimentar. Por eso, cuando la ciencia intenta dar respuesta a esto, deja de ser ciencia para convertirse en pura metafísica.
En el fondo, ni siquiera podemos concebir si la vida es eterna o no, porque la idea misma escapa a los limites de nuestro mundo. Es algo que nunca sabremos con certeza.
Incluso nuestra herramienta principal, el leguaje, es prisionera de la temporalidad. Al intentar nombrar algo, ya lo estamos acotando a un instante y a un lugar concreto.
Esta idea de Wittgenstein conecta directamente con el pensamiento místico: De lo que no se puede hablar, es mejor callar (proposición 7). Cualquier intento de definir a Dios o la eternidad con palabras, irremediablemente, lo está limitando.
Esa es la razón por la que los místicos solo podían explicar sus experiencias divinas a través de metáforas y alegorías. Y, aun así, siempre cargaban con la frustación de no poder traducir exactamente lo que sentían. Su conexión era puramente emocional, ajena a la razón y a un lenguaje atado al espacio-tiempo.
En el fondo, el oficio de escribir consiste exactamente en eso: en buscar metáforas para dar forma a nuestros pensamientos.
Es el intento constante de transmitir una emoción para que el lector logre captarla.
Aunque sepamos que jamás podremos plasmar al cien por cien la magnitud de lo que llevamos dentro.
Bajo esta perspectiva, todo escrito —por muy realista que afirme ser—alberga el alma de un místico. Siempre estamos intentando capturar ese instante inefable para elque no existen palabras suficientes.
Al final, la escritura se recela como nuestra herramienta más humana para acariciar la inmortalidad.
Es así de sencillo y, a la vez asé de abismal.
Nada más por esta noche. Buen descanso amigos del Foro.
¿Poseemos un alma inmortal?
Es una inquietud universal que cualquier persona sin formularse jamás preguntas de este calibre posee, francamente, un raciocinio bastante limitado. O, siendo directos, opera más cerca del instinto animal que de la autentica naturaleza humana.
Las dudas metafísicas son inherente a nuestra existencia. Y con esto no quiero decir que nos atormenten a
diario, sino que son eco persistente que siempre termina aflorando, con mayor o menor intensidad, a lo largo de los años.
Las incertidumbre es tan natural en nosotros como lo es la propia muerte.
Nadie escapa de ella: ni el devoto más acérrimo.
Ni el ateo más convencido.
Otra historia muy distinta es cuando permites que la corriente y la opinión de las masas te arrastren. Cuando te dejas llevar hasata el punto de renunciar a tu capacidad ded ir más allá, abandonando tu racionalidad para acomodarte en la simple animalidad.
Pero hoy no voy a hablar de ese tipo de personas.
Y siendo la literatura el arte más introspectivo y solitario que existe, es imposible que un autor sea un ente vacío de reflexión. Por eso, este tema nos toca de lleno.
El filósofo Ludwig Wittgenstein abordó este misterio de una forma fascinante en su «Teactotus logico-philosophicus (1918)» En la proposición 6.4312, reflexión sobre la inmortalidad de la siguiente manera:
«La supervivencia eterna del alma después de la muerte no es algo que esté garantizado, pero es que, además, esa idea no siquiera cumple el propósito que solemos buscar.. ¿Se resuelve el misterio de la vida solo porque yo viva para siempre? ^? ¿Acaso una existencia infinita no sería igual de incomprensible que la actual? La primera respuesta al enigma de la vida en el espacio y el tiempo se encuentran, precisamente, fuera de ese espacio y ese tiempo» (Y subbraya que esto no es un problema que deba resolvere la ciencia natural).
Me parece un enfoque extraordinariamente original para enfrentarse a la idea de la eternidad.
Un poco antes, el pensador austriaco señala que la muerte no es una vivencia, sencillamente porque no estamos vivos para experimentarla. Por tanto, si entendemos la eternidad no como una cantidad infinita de años, sino como la ausencia total de tiempo, entonces «vive eternamente quien vive el presente».
Intentar encajar la inmortalidad en nuestros conceptos de espacio y tiempo es un esfuerzo estéril. Queda fuera de lo que podemos medir o experimentar. Por eso, cuando la ciencia intenta dar respuesta a esto, deja de ser ciencia para convertirse en pura metafísica.
En el fondo, ni siquiera podemos concebir si la vida es eterna o no, porque la idea misma escapa a los limites de nuestro mundo. Es algo que nunca sabremos con certeza.
Incluso nuestra herramienta principal, el leguaje, es prisionera de la temporalidad. Al intentar nombrar algo, ya lo estamos acotando a un instante y a un lugar concreto.
Esta idea de Wittgenstein conecta directamente con el pensamiento místico: De lo que no se puede hablar, es mejor callar (proposición 7). Cualquier intento de definir a Dios o la eternidad con palabras, irremediablemente, lo está limitando.
Esa es la razón por la que los místicos solo podían explicar sus experiencias divinas a través de metáforas y alegorías. Y, aun así, siempre cargaban con la frustación de no poder traducir exactamente lo que sentían. Su conexión era puramente emocional, ajena a la razón y a un lenguaje atado al espacio-tiempo.
En el fondo, el oficio de escribir consiste exactamente en eso: en buscar metáforas para dar forma a nuestros pensamientos.
Es el intento constante de transmitir una emoción para que el lector logre captarla.
Aunque sepamos que jamás podremos plasmar al cien por cien la magnitud de lo que llevamos dentro.
Bajo esta perspectiva, todo escrito —por muy realista que afirme ser—alberga el alma de un místico. Siempre estamos intentando capturar ese instante inefable para elque no existen palabras suficientes.
Al final, la escritura se recela como nuestra herramienta más humana para acariciar la inmortalidad.
Es así de sencillo y, a la vez asé de abismal.
Nada más por esta noche. Buen descanso amigos del Foro.