Buenas tardes alicuneros. Saludo por si alguien se le ocurre leerme.
Las luces se han apagado y la Navidad se ha desvanecido, dejando tras de sí una estela de niebla espesa y persistente.
Al menos aquí, en Catalunya, el invierno parece haberlo engullido todo.
Desde mi balcón, el horizonte en la terraza con este tiempo, envuelto en frío, mientras la voz rasgada de Bob Dylan llena el silencio. Porque a Dylan, seamos sinceros, solo se le puede escuchar verdaderamente en soledad, cuando la melancolía se te mete en los huesos y te da por reflexionar sobre el extraño rumbo que está tomando todo esto que se llama vida.
Es un escenario triste, sí, pero profundamente inspirador.
Sin embargo, no nos engañemos. Esa inspiración que buscamos con tanto anhelo no es un milagro etéreo, ni un regalo que una Musa caprichosa decida dejar caer en tu regazo mientras miras al vacío. No.
La inspiración no llega; se la convoca. Es una chispa que nace del roce constante, crudo y solitario del trabajo diario.
Si tu mente vaga entre la lista de la compra, debatiendo entre pechugas de pollo o contramuslos, o si te asalta el recuerdo repentino de esa factura del gas pendiente, tu escrito morirá antes de nacer.
Las grandes historias no surgen en medio del ruido mental de lo cotidiano. Por eso es vital aislarse, desconectar, y obligarse a estar ahí: solo tú, el papel y el abismo. Tienes que telefonear a la Musa, insistirle, obligarla a venir. Y entonces, solo entonces, escribirás. Y sobre lo escrito, volverás a picar piedra, una y otra vez, releyendo hasta que te duelan los ojos, puliendo cada arista de tu texto.
Pero llega un momento, inevitable y doloroso, en el que ya no puedes hacer más. Tu libro ha crecido, y tu mirada de padre creador está demasiado viciada, demasiado enamorada y ciega para ver los defectos que aún lastran la obra.
Nadie dijo que escribir fuera fácil, pero terminar un libro de verdad es aún más difícil.
Es justo ahí, cuando crees que has terminado, donde empieza el verdadero salto de calidad.
Buenas noches, foreros (si es que aún hay alguien que lea)
Las luces se han apagado y la Navidad se ha desvanecido, dejando tras de sí una estela de niebla espesa y persistente.
Al menos aquí, en Catalunya, el invierno parece haberlo engullido todo.
Desde mi balcón, el horizonte en la terraza con este tiempo, envuelto en frío, mientras la voz rasgada de Bob Dylan llena el silencio. Porque a Dylan, seamos sinceros, solo se le puede escuchar verdaderamente en soledad, cuando la melancolía se te mete en los huesos y te da por reflexionar sobre el extraño rumbo que está tomando todo esto que se llama vida.
Es un escenario triste, sí, pero profundamente inspirador.
Sin embargo, no nos engañemos. Esa inspiración que buscamos con tanto anhelo no es un milagro etéreo, ni un regalo que una Musa caprichosa decida dejar caer en tu regazo mientras miras al vacío. No.
La inspiración no llega; se la convoca. Es una chispa que nace del roce constante, crudo y solitario del trabajo diario.
Si tu mente vaga entre la lista de la compra, debatiendo entre pechugas de pollo o contramuslos, o si te asalta el recuerdo repentino de esa factura del gas pendiente, tu escrito morirá antes de nacer.
Las grandes historias no surgen en medio del ruido mental de lo cotidiano. Por eso es vital aislarse, desconectar, y obligarse a estar ahí: solo tú, el papel y el abismo. Tienes que telefonear a la Musa, insistirle, obligarla a venir. Y entonces, solo entonces, escribirás. Y sobre lo escrito, volverás a picar piedra, una y otra vez, releyendo hasta que te duelan los ojos, puliendo cada arista de tu texto.
Pero llega un momento, inevitable y doloroso, en el que ya no puedes hacer más. Tu libro ha crecido, y tu mirada de padre creador está demasiado viciada, demasiado enamorada y ciega para ver los defectos que aún lastran la obra.
Nadie dijo que escribir fuera fácil, pero terminar un libro de verdad es aún más difícil.
Es justo ahí, cuando crees que has terminado, donde empieza el verdadero salto de calidad.
Buenas noches, foreros (si es que aún hay alguien que lea)