El
río que cruzaba el
pueblo de
San Francisco ya no era río; era una herida abierta de lodo y plástico. Los viejos recordaban cuando el
agua era transparente, pero los jóvenes solo conocían el olor a olvido. Hasta que un domingo, frente a la
iglesia, Don Julián levantó su voz.
— ¡Ya basta! —gritó el viejo, señalando el cauce seco—. Nos estamos muriendo de sed frente a un
cementerio de basura.
—Es inútil, Don Julián —respondió amargamente un
joven—. Las
fábricas de arriba ya lo mataron. ¿Qué podemos
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