Llegué a ese
pueblo en 1972, en una mañana fría de
primavera. Del olor a
mar y a salitre, a vagón de
tren sucio por horas y horas de viaje, pase a
oler a eucalipto y a romero, a jara y a adelfa. En el claro oscuro del
amanecer, comenzé a ver un
paisaje maravilloso. Sierras atormentadas,
campos infinitos... Conoci a gente sencilla y buena y a alguien que
como yó, estaba de paso y se sentia sola. Nos amamos con el encanto
de lo nuevo; lo explorabamos todo y dejabamos nuestro corazón en
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