A BELLOTAS II
Historias de bellotas se pueden contar a cientos, porque cientos eran los belloteros que había en nuestro pueblo que, empujados por la necesidad, se veían obligados a ir a robar el fruto de la encina. Especial mención merece aquella que me cuentan los hermanos “Truchejos”, Cándido y Antonio, en la que después de llegar a escondidas a la dehesa con un burro y los costales se liaron a dar palos a las encinas con la “zurriaga” y el “aporreón” (vara larga y fuerte en uno de cuyos extremos ... (ver texto completo)
Historias de bellotas se pueden contar a cientos, porque cientos eran los belloteros que había en nuestro pueblo que, empujados por la necesidad, se veían obligados a ir a robar el fruto de la encina. Especial mención merece aquella que me cuentan los hermanos “Truchejos”, Cándido y Antonio, en la que después de llegar a escondidas a la dehesa con un burro y los costales se liaron a dar palos a las encinas con la “zurriaga” y el “aporreón” (vara larga y fuerte en uno de cuyos extremos ... (ver texto completo)