Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

Entonces Pulgarcito se puso a gritar por tercera vez con toda la fuerza de sus pulmones: – ¡Se los daré todo enseguida; sólo tienen que alargar las manos! La criada, que seguía al acecho, oyó con toda claridad sus palabras y, saltando de la cama, precipitóse a la puerta, ante lo cual los ladrones echaron a correr como alma que lleva el diablo.
Mas Pulgarcito, como si no les hubiese oído, repitió a grito pelado: – ¿Qué quieren? ¿Van a llevarse todo lo que hay? Oyóle la cocinera, que dormía en una habitación contigua, e, incorporándose en la cama, se puso a escuchar. Los ladrones, asustados, habían echado a correr; pero al cabo de un trecho recobraron ánimos, y pensando que aquel diablillo sólo quería gastarles una broma, retrocedieron y le dijeron: – Vamos, no juegues y pásanos algo.
Al poco rato, a punto ya de dormirse, oyó que pasaban dos hombres y que uno de ellos decía. – ¿Cómo nos las compondremos para hacernos con el dinero y la plata del cura? – Yo puedo decírtelo -gritó Pulgacito. – ¿Qué es esto? -preguntó, asustado, uno de los ladrones-. He oído hablar a alguien. Sa pararon los dos a escuchar, y Pulgarcito prosiguió: -Llevenme con ustedes, yo los ayudaré. – ¿Dónde estás? – Busca por el suelo, fijate de dónde viene la voz -respondió. Al fin lo descubrieron los ladrones y la levantaron en el aire: – ¡Infeliz microbio! ¿Tú pretendes ayudarnos? – Mira -respondió él-. Me meteré entre los barrotes de la reja, en el cuarto del cura, y les pasaré todo lo que quieran llevar. – Está bien -dijeron los ladrones-. Veremos cómo te portas. Al llegar a la casa del cura, Pulgarcito se deslizó en el interior del cuarto, y, ya dentro, gritó con todas sus fuerzas: – ¿Quieren llevarse todo lo que hay aquí? Los rateros, asustados, dijeron: – ¡Habla bajito, no vayas a despertar a alguien! ... (ver texto completo)
Pegó él unos brincos entre unos terruños y, de pronto, escabullóse en una gazapera que había estado buscando. – ¡Buenas noches, señores, pueden seguir sin mí! -les gritó desde su refugio, en tono de burla. Acudieron ellos al agujero y estuvieron hurgando en él con palos, pero en vano; Pulgarcito se metía cada vez más adentro; y como la noche no tardó en cerrar, hubieron de reemprender su camino enfurruñados y con las bolsas vacías. Cuando Pulgarcito estuvo seguro de que se habían marchado, salió ... (ver texto completo)
Pero Pulgarcito, que había oído la proposición, agarrándose a un pliegue de los calzones de su padre, se encaramó hasta su hombro y le murmuró al oído: – Padre, dejame que vaya; ya volveré. Entonces el leñador lo cedió a los hombres por una bonita pieza de oro. – ¿Dónde quieres sentarte? -le preguntaron. – Ponme en el ala de vuestro sombrero; podré pasearme por ella y contemplar el paisaje: ya tendré cuidado de no caerme. Hicieron ellos lo que les pedía, y, una vez Pulgarcito se hubo despedido de ... (ver texto completo)
Al verlo Pulgarcito, gritó: – ¡Padre, aquí estoy, con el carro, bájame a tierra! El hombre sujetó el caballo con la mano izquierda, mientras con la derecha sacaba de la oreja del rocín a su hijito, el cual se sentó sobre una brizna de hierba. Al ver los dos forasteros a Pulgarcito quedaron mudos de asombro, hasta que, al fin, llevando uno aparte al otro, le dijo: – Oye, esta menudencia podría hacer nuestra fortuna si lo exhibiésemos de ciudad en ciudad. Comprémoslo. -Y, dirigiéndose al leñador, dijeron: ... (ver texto completo)
– ¡Toma! -exclamó uno-, ¿qué es esto? Ahí va un carro, el carretero le grita al caballo y, sin embargo, no se le ve por ninguna parte. – ¡Aquí hay algún misterio! -asintió el otro-. Sigamos el carro y veamos adónde va. Pero el carro entró en el bosque, dirigiéndose en línea recta al sitio en que el padre estaba cortando leña.
Pulgarcito sobre el Caracol

Cuando sonó la hora convenida, la madre enganchó el caballo y puso a Pulgarcito en su oreja; y así iba el pequeño dando órdenes al animal: « ¡Arre! ¡Soo! ¡Tras!». Todo marchó a pedir de boca, como si el pequeño hubiese sido un carretero consumado, y el carro tomó el camino del bosque. Pero he aquí que cuando, al doblar la esquina, el rapazuelo gritó: « ¡Arre, arre!», acertaban a pasar dos forasteros.
Un día en que el leñador se disponía a ir al bosque a buscar leña, dijo para sí, hablando a media voz: « ¡Si tuviese a alguien para llevarme el carro!». – ¡Padre! -exclamó Pulgarcito-, yo te llevaré el carro. Puedes estar tranquilo; a la hora debida estará en el bosque. Se puso el hombre a reír, diciendo: – ¿Cómo te las arreglarás? ¿No ves que eres demasiado pequeño para manejar las riendas? – No importa, padre. Sólo con que madre enganche, yo me instalaré en la oreja del caballo y lo conduciré adonde ... (ver texto completo)
Y dijeron los padres: – Es tal como lo habíamos deseado, y lo querremos con toda el alma. En consideración a su tamaño, le pusieron por nombre Pulgarcito. Lo alimentaban tan bien como podían, pero el niño no crecía, sino que seguía tan pequeño como al principio. De todos modos, su mirada era avispada y vivaracha, y pronto mostró ser listo como el que más, y muy capaz de salirse con la suya en cualquier cosa que emprendiera.
Sucedió que la mujer se sintió descompuesta, y al cabo de siete meses trajo al mundo un niño que, si bien perfectamente conformado en todos sus miembros, no era más largo que un dedo pulgar.
Dijo el hombre: – ¡Qué triste es no tener hijos! ¡Qué silencio en esta casa, mientras en las otras todo es ruido y alegría! – Sí -respondió la mujer, suspirando-. Aunque fuese uno solo, y aunque fuese pequeño como el pulgar, me daría por satisfecha. Lo querríamos más que nuestra vida.
Pulgarcito

Érase un pobre campesino que estaba una noche junto al hogar atizando el fuego, mientras su mujer hilaba, sentada a su lado.
Al final se casaron entre cánticos, bailes y confetis. En otra historia al mejor esto no habría ocurrido, pero ya se sabe que los cuentos siempre terminan bien y nunca dejan un sabor amargo en la boca.
Entonces el príncipe se acordo de la muchacha que le había librado del encantamiento. ¿Podía ser realmente ella la desconocida del palacio de enfrente? Salio del ataúd de un salto, avergonzado, pues no sabía como pedir perdón. Pero justamente en ese momento llegaron las tres hadas en medio de una gran pompa y le dijeron que estaba perdonando y que su señora le esperaba.
– ¡Mira que eres estupido! ¿Y por el amor de una mujer has llegado a esto?
Al oir aquel bullicio, la princesa se asomó a la ventana y, al ver que el vivo fingía que esta muerto, gritó:
– ¡Sólo me casaría contigo si te viese encerrado en un ataúd!- respondió la princesa, y el príncipe no espero a que se lo dijeran dos veces: se tumbó en un ataúd y luego ordenó a los criados que le llevaran en procesión por la calle, llorando como si fueran a un funeral.
Le hicieron saber que debía dejarla en paz, porque ella no quería volverle a ver, pero él, obstinado, envió a alguien para que le preguntase si se dignaba a casarse con él.
Las hadas la llevaron corriendo a casa y cerraron la puerta con llave, dejando fuera al príncipe mientras se tiraba del pelo.
-Ay, ay, me ha picado una avispa que estaba escondida entre las flores! ¡Traidor, tu quieres verme muerta!
Esta vez ella también salió, dio dos pasos y luego gritó:
Todo contento, el príncipe ordenó a sus súbditos que recogieran jazmines de sol a sol. Quien no obedeciera sería castigado con la pena de muerte. En pocos días acumuló tres palmos frente a la puerta de la princesa.
El príncipe estaba desesperado porque la princesa se estaba haciendo la ofendida y había dejado de asomarse a la ventana. Sin embargo, al final ella le mandó un mensaje diciendo que iría a visitarle, pero sólo caminando sobre tres palmos de jazmines, siempre que fueran frescos, claro.
Las criadas (que en realidad eran las hadas) la llevaron dentro en brazos y, una vez en casa, empezaron a reírse: la historia de la espina era toda una invención y habían sido ellas mismas las que habían aconsejado a la princesa que se comportara así.
– Ay, ay, se me ha clavado una espina!- y se desmayó.
Entonces la princesa se puso su vestido más bonito y salió por la puerta con las criadas sosteniéndole la cola. Pero no había dado ni dos pasos cuando chilló:
Al instante, el príncipe ordenó que recogieran todas las rosas del reino y cientos de mujeres pasaron la noche deshojándolas hasta que entre los dos palacios hubo una alfombra de pétalos con la altura adecuada.
– Porir, iría- respondió la princesa- pero tengo los pies tan delicados que sólo puedo caminar sobre dos palmos de pétalos de rosa. Si de verdad quieres que vaya a tu casa, cumple mi petición.
- ¿Por qué no vienes a hacerme una visita y así te enseño los jardines de palacio?
Cuando el príncipe vio aquella maravilla de muchacha en la ventanade enfrentese enamoró y empezó a decirle piropos. Ella sonreía y le seguía el juego, y al final él dijo:
-Todo lo que debes hacer es asomarte a la ventanay cuando él te dirija la palabra, tú respóndele con amabilidad, Pero si te invita a su casa, dile que antes debe extender una lafombra de pétalos de rosa de dos palmos de alto entre tu puerta y la suya.
Las hadas agitaron la varita y en un instante estaban delante del palacio del príncipe, todo de mármol y oro. Ni cortas ni perezosas, hicieron aparecer otro palacio mil veces más bonito justamente en la otra parte de la calle y luego dijeron a la princesa:
-Ahora sólo nos queda ir a la ciudad de ese ingrato y allí fingiremos que tú eres la señora y nosotras las criadas.
La tercera le regaló trajes y joyas, y cuando se los puso adquirió el porte de una emperatriz.
La segunda el acarició el pelo, que le cayó sobre los hombros con rizos y ondulaciones.
La primera le pasó la mano por el rostro, cuya piel volvió a ser suave y clara.
– No te preocupes, nosotras nos encargaremos- dijeron las hadas.
-Pobrecita, ¿qué te ha sucedido?-le preguntaron, y ella les habló de la paloma que en realidad era un príncipe y de todo lo que había pasado por él.
La princesa se puso a vagar por el bosque, llorando y sollozando, y el destino quiso que se encontrara con tres hadas que iban de paseo.
- ¡Pero qué fea estás! ¿Y por el amor de un hombre te has quedado así? Vete, tu y yo no tenemos nada que hablar.
Después de un año, un mes y un día, por fin el príncipe se convirtió en hombre definitivamente y decidió regresar a su palacio. Pero antes fue a ver qué había pasado con la muchacha, y cuando la vió con la piel oscura y gruesa como el cuero curtido, y el pelo erizado, la echó de su casa diciendo:
Mientras tanto, el sol le resecaba la piel y el viento enredaba su pelo. Su aspecto cambió tanto que al poco tiempo ni siquiera sus padres la habrían reconocido.
Pasaron los días, pasaron los meses, y la princesa seguía sentada, mirando la montaña.
En un abrir y cerrar de ojos, se hicieron novios. Luego el joven se volvió a convertir en paloma y emprendió el vuelo mientras ella se quedaba esperándole.
– Yo podría ser esa muchacha.
La princesa sin pensárselo dos veces, se sentó junto a la ventana y dijo:
– Pues resulta que ciertas hadas me ha lanzado un encantamiento: mientras estoy dentro de la casa soy hombre, pero cuando salgo fuera me convierto en paloma. Será siempre así hasta que encuentre una muchacha que se quede asomada a la ventana de esta casa durante una año, un mes y un día, sin moverse nunca y con los ojos fijos en la montaña que ves allá arriba.
– ¿Cómo puede ser?
– Claro que la he visto. ¡Esa paloma soy yo!