Mensajes de ALCONCHEL DE LA ESTRELLA (Cuenca) enviados por Qnk:

- ¡Ciertamente eso es lo que el desastre de mi Ahmed debe llegar a ser, un astrólogo! -pensó la mujer del zapatero- y corrió a su casa tan rápido como la llevaron sus pies.
El zapatero al verla en su casa preguntó:
Ésta iba todos los días a los baños de Hammam y siempre encontraba a alguien allí que la producía celos. Un día espió a una señora que vestía un traje espléndido, joyas en todos los dedos de la mano y perlas en las orejas y a la que atendían muchas personas. Cuando preguntó quién podía ser aquella dama, la contestaron:
-La mujer del jefe de los astrólogos.
EL ZAPATERO QUE SE CONVIRTIÓ EN ASTRÓLOGO
Vivía en la ciudad de Isfahan un pobre zapatero llamado Ahmed, que tenía una esposa especialmente codiciosa y ambiciosa.
Mi primer recuerdo de la madrugada de Viernes Santo, es junto a mi madre, yendo a la Plaza Mayor para llevar el bocadillo de tortilla a mi padre que formaba parte de las Turbas, envuelta en el maremágnum de los distintos colores de túnicas y capuces, en el estruendo de tambores y clarines.

Ver la Plaza Mayor llena de gente y cómo de pronto se hacía el silencio, cómo la turba se callaba ante la llegada de la Virgen; algo que me impresionaba y no entendía. Hoy, con el paso de los años, sigo acudiendo ... (ver texto completo)
Al día siguiente, una gran muchedumbre se agolpaba en torno al viejo roble: la tempestad de la noche anterior había arrancado las raíces del árbol, que ahora yacía tumbado. Algunos de los congregados no pudieron evitar verter unas lágrimas, pues el roble les había guiado hasta la costa en más de una ocasión. Pero aquel sueño glorioso fue en realidad el último sueño del viejo roble.
Desearía que todos ellos, todos los que conocí, los que me acompañaron y los que pasaron por aquí para luego emprender su camino hacia lugares lejanos,... desearía compartir con ellos esta grata sensación. -Estamos aquí -decían los pájaros en su sueño-. ¡Ya hemos llegado! -le anunciaban las pequeñas flores. - ¡Hemos venido! -decían los humanos a los que había conocido.
Soñó con los pequeños insectos, con las delicadas florecitas que le acompañaban apenas un día, para después desaparecer, dejando sólo el recuerdo... Y sintió una luz cegadora y brillante, una nueva savia que corría por su tronco hasta alcanzar las ramas más frágiles. Escuchaba de fondo el tañir de campañas que anunciaban la Navidad, y supo que, de alguna manera, la realidad se había mezclado con sus sueños.
Soñó también con todos aquellos que, en un momento u otro de su dilatada vida habían compartido aquel risco con él: parejas de enamorados que buscaban la sombra de su follaje para compartir secretos a media voz o alabarderos que aprovechaban un momento de descanso en la batalla para descansar apoyados en su tronco o incluso encender una hoguera para calentar las viandas y reponer fuerzas.
Y el viejo roble durmió y soñó, recordando episodios de su larga vida. Recordaba su cuna, una bellota. Y sus primeras ramas, ansiosas por crecer altas para acercarse más al sol, para recoger la energía de la vida. Sus incipientes raíces, buscando sustento y apoyo en lo más profundo de la tierra. Hacía ya casi cuatro siglos de aquello.
- ¡Duerme! -le decían los primeros hielos de la noche. - ¡Sueña! -se despedían los pájaros-. Nos veremos de nuevo en primavera. - ¡Duerme! -susurraba la escarcha-. Traeré una sábana de blanca nieve para cubrir tus ramas. Duerme, y te despertará el sol de la primavera. - ¡Sueña! -decían los vientos entre sus ramas desnudas-. Y que tengas dulces sueños.
Sin embargo el roble no podía evitar sentir lástima por los insectos, los humanos y en general, todas aquellas criaturas que tenían un período de vida menor que el suyo y a los que veía apagarse mientras él, invariable, seguía asomado al precipicio. Llegó el invierno y el árbol, ya despojado de sus vestidos, las hojas que los vientos del otoño se llevaron, se dispuso a dormir.
-Más bien creo, -continuó la mariposa- que son tus momentos los que resultan prolongados: tres estaciones de vigilia y un invierno de sueño se me antojan larguísimos. Despiertas en primavera, disfrutas del verano, te acuestas a dormir en otoño, y pasas toda una estación durmiendo. Tu tiempo es tan largo que ni siquiera puedo calcularlo, pero creo que nuestros momentos son igualmente intensos.
Había también en aquel paraje cercano al mar, una pequeña mariposa que nació por la mañana. Volaba entre las flores y las hierbas próximas al roble cuando éste se dirigió a ella: - ¡Pobre mariposa! -le dijo- Apenas un día de vida y morirás, es muy breve tu existencia. - ¿Breve? -respondió ella, orgullosa- tengo infinidad de momentos agradables en lo que tú llamas corta vida.
EL ÚLTIMO SUEÑO DEL VIEJO ROBLE
Había una vez un roble que crecía al borde de la ladera. Era viejo, pues trescientos sesenta y cinco años llevaban sus raíces enterradas en esas tierras. Casi cuatro siglos asomado al borde del risco, como un faro que buscaban los marinos cuando se acercaban a tierra. Sin embargo, los robles miden el tiempo de forma diferente a los humanos, y mientras nosotros dormimos y soñamos cada noche, para ellos el periodo de sueño es todo el invierno.
En el cielo, cuando Dios encargó a un ángel que le trajera de la tierra las dos cosas más bellas que encontrara, éste regresó con el corazón del Príncipe Feliz y el cuerpo de la golondrina.
En la fundición, el encargado estaba sorprendido: -Qué raro: por más que aumento la temperatura, el corazón de la estatua no se funde -y lo tiró a la basura, junto al cuerpo inerte de la golondrina.
-Y no hay oro recubriéndole, -dijo el alcalde- realmente no tiene sentido que siga siendo una estatua. ¡Fundidlo y haced una mía! Y tirad ese pájaro muerto a la basura.
-Ya no está el rubí que adornaba su espada añadió un tercero.
-Le faltan los zafiros de los ojos hizo notar otro.
Al día siguiente, el alcalde y los regidores de la ciudad se sorprendieron al ver la estatua: -Hay una golondrina muerta junto a él -observó uno de ellos.
Pero llegaron la nieve y el hielo, las láminas de oro se agotaban y a medida que aumentaba el frío, la golondrina estaba más y más débil, ya casi no podía volar. Reuniendo todas sus fuerzas, se alzó hasta besar los labios del Príncipe, y cayó muerta a sus pies.
- ¡Podremos comprar leña! -decían otros.
- ¡Ya podremos comer! -gritaban los pobres a los que encontraba la golondrina.
-Entonces golondrina, si te quedas a mi lado, arranca las finas láminas de oro que recubren mi cuerpo, y repártelas entre los que tengan hambre o frío, dáselas a ellos.
Al volver junto al Príncipe, la golondrina le anunció: -Ahora que estás ciego, voy a quedarme a tu lado para siempre -pues lo cierto es que, aunque debería estar junto a sus hermanas, contemplando la Esfinge de Egipto, se había enamorado de la estatua del Príncipe.
Una noche más el Príncipe pidió a la golondrina que se quedara para entregar el otro zafiro de sus ojos: -En la plaza hay una niña descalza y sin abrigo. Vende fósforos. Se le han caído en el barro y ahora no los puede vender. Su padre se enfadará si no lleva el dinero a casa. -Príncipe, entonces, ¡te quedarás ciego! -exclamó la golondrina, pero él asintió y ella entregó la joya a la niña, cuyos ojos se iluminaron de felicidad.
-Golondrina, si te quedaras una noche más conmigo, -dijo el Príncipe a la noche siguiente-, podrías llevar uno de los zafiros de mis ojos a aquel escritor que habita esa buhardilla: está hambriento y no tiene leña para calentarse, está tan débil que quizá no pueda entregar a tiempo la obra al director de teatro. -Debería estar en Egipto, junto a las pirámides, viendo a los leones bajar a beber al Nilo, pero haré como tú deseas -y se sintió realmente feliz al hacerlo.
-Golondrina, en una de las callejuelas, -prosiguió el Príncipe- hay una mujer bordando el vestido que lucirá una bella dama en el baile de Palacio. Su hijo llora, enfermo, en el lecho, y ella sólo puede darle agua, porque es muy pobre. Golondrina, por favor, llévale el rubí de mi espada. -Ya debería estar junto a mis compañeras sobrevolando el Nilo, pero lo haré -dijo la golondrina. Y al dejar el rubí junto a la costurera, sintió el calor de la satisfacción.
- ¿No te llaman el Príncipe Feliz? ¿Cómo es que lloras? -Lloro porque en vida era humano y vivía en la Mansión de la Despreocupación, alejado de la fealdad y la miseria. Lloro porque ahora, desde aquí arriba, puedo comprobar el sufrimiento que se extiende fuera de los muros de aquel lugar. Y lloro porque tengo los pies pegados a este pedestal, no puedo moverme. Pero… si tú quisieras ser mi mensajera...
Se acercaba el frío invierno, y las golondrinas comenzaban sus vuelos migratorios hacia Egipto. Una de ellas, que había postergado su partida, eligió la estatua del Príncipe Feliz como refugio. Acurrucada ya para dormir, sintió una gota en el pico. Después otra, y más tarde, otra más. Al alzar la vista, vio que los ojos de la estatua estaban llenos de lágrimas, y éstas eran las que caían sobre ella.
EL PRÍNCIPE FELIZ
La estatua del Príncipe Feliz, sobre una alta columna, dominaba toda la ciudad. Estaba recubierta por láminas de oro, sus ojos eran dos zafiros de azul profundo y en la espada brillaba un enorme rubí. Los habitantes de aquella ciudad estaban orgullosos de vivir en un lugar tan bellamente adornado y todos, niños y grandes, lo tomaban como modelo y ejemplo a seguir. -Es realmente bonito, como un ángel -decían- parece tan feliz, nunca llora.
Gafur y la princesa vivieron felices juntos. Cada viernes distribuían cientos de monedas entre los pobres. Cuando el rey murió, no dejando hijos varones, Gafur se convirtió en el soberano. De esta manera, de ser un esclavo llegó a ser un Rey y fue sinceramente querido por todos.
- ¡Que viváis juntos en verdadera felicidad y tengáis muchos hijos!
El oro y las joyas nunca menguaron, pues estaban en sacos encantados que volvían a llenarse tan pronto como se quedaban vacíos.
Cuando el hijo y los sirvientes oyeron esto, suplicaron ser perdonados. Gafur alegremente los perdonó a todos, pues no había rencor en su corazón.
Así, Gafur y la princesa se unieron en matrimonio y en la fiesta de bodas, junto con otros regalos, aparecieron sacos de oro y joyas. Los cortesanos miraban con asombro, maravillados, estos tesoros pensando que Gafur debía ser casi tan rico como el mismo rey. Entonces la voz del hada dijo a los oídos de la pareja:
-No temas. Desde este momento yo te declaro un hombre libre. Pondré una bolsa de oro a tu disposición y te adopto como segundo hijo. Mi familia es noble y con solera, así que serás bien recibido en la corte.
-Pero yo no soy lo suficientemente bueno para ella. ¿Cómo crees que yo, un humilde esclavo, puede ser recibido en la corte? -dijo Gafur desalentado
-Querido Gafur -exclamó el noble al ver la miniatura- ¡esta no es otra que la princesa Shiraz, la hija del rey! Si se ha enamorado de ti, entonces eres verdaderamente un hombre de suerte, pues el rey no le niega nunca nada a su hija. Por consiguiente, actuaré en tu beneficio y te propondré como su futuro yerno. La princesa está en edad casadera y el rey debe estar buscando un joven de buen carácter para casarle con ella.
Entonces le contó a su amo que estaba enamorado de una dama de alta condición que le había entregado su retrato a través de una sirvienta con un mensaje de amor.
Dicho esto se calló, para dejar que el efecto de sus palabras calara hondo. Al oír todo esto, Abdul Azim lo abrazó y le dijo que todo aquello no había sido más que una prueba y que, en realidad, no iba a salir en peregrinación. Luego le contó a Gafur cómo cierta gente había hecho levantar sospechas sobre él y había tenido que descubrir si eran ciertas. De este modo gracias a su hada protectora, Gafur se salvó.
-Señor, yo no quiero estar a cargo de todo cuando tu te vayas de casa. Permíteme ir contigo, disfrazado así, de manera que pueda seguirte y protegerte en caso de que caigas entre ladrones o tengas que ser rescatado de algún incidente. Tengo cien monedas de oro cosidas a este viejo manto, si pierdes tu dinero yo todavía tendré suficiente para los dos. Déjame ir contigo, porque tu hijo ha de ser el cabeza de familia en tu ausencia y no yo pues soy indigno en grado sumo.
Ataviado de esta manera esperó a que la mirada de su señor se posara sobre él desde la ventana.
-Gafur, ¿por qué estás vestido como un derviche errante? ¿cuál es el significado de esta mascarada?
Gafur empezó a preguntarse si habría soñado todo aquello, pero se dio cuenta que si el hada era realmente su protectora, él haría bien en hacer lo que ella había dicho.
Así que a la mañana siguiente y muy temprano, se vistió con un harapiento manto, con remiendos y parches y hecho jirones, en cuyo forro cosió cien piezas de oro, toda su fortuna en este mundo.
-No te preocupes de eso, solucionaré ese asunto también. ¡Paz y bendiciones sean contigo! Y dicho esto se desvaneció del centro de la fuente que continuó tintineando dentro del estanque de mármol, bañado en la luz de la luna.
-Sí, lo recordaré -dijo Gafur- pero, además, estoy enamorado de una noble dama que parece pertenecer a la casa del rey ¿cómo puedo conocer su nombre o incluso arreglármelas para verla?
-Mañana te vistes con una túnica andrajosa en cuyo forro coserás cien piezas de oro y preséntate a tu señor. Le dirás: Señor, yo no puedo quedarme aquí y hacerme cargo de todo en tu ausencia, pues no soy digno. En vez de eso, pon a tu hijo en la dirección de todos los asuntos y déjame ir contigo, te lo suplico, adonde quiera que vayas, aunque sea al fin del mundo.
-Habla, soy todo oídos -afirmó Gafur y guardó silencio.
-Es una treta, dice eso para ver cómo te comportas mientras él está lejos. Atiende mi consejo y escucha lo que tengo que decirte -contestó el hada.
-Mi amo va en peregrinación y yo llevaré el control de su casa ¿es que acaso eso indica que ya no confía en mí? -exclamó Gafur.
- ¡Oh, sí que tienes mi pobre niño!, está el hijo de tu amo y todos los sirvientes de tu casa. Ahora el noble mismo está en contra tuya, por lo tanto te diré como recuperar sus favores, de otra manera no lo conseguirás
- ¿Peligro? ¿qué clase de peligro? ¡no tengo un solo enemigo en todo el mundo!
El hada rió otra vez.