Mensajes de SAN PEDRO DE MERIDA (Badajoz) enviados por Críspulo Cortés Cortés:

Después cesaron todos los movimientos, la agita-ción, y la gran casona quedó totalmente silenciosa como si fuese una tumba.
Saltando por la ventana Hausman se sentó ante un plato que había quedado intacto y empezó a comer.
Comía a grandes bocados, como si temiera que lo interrumpiesen de pronto y él no pudiese engullir bastante comida.
Escuchó.
Toda la casa parecía estremecerse.
Se cerraban las puertas, rápidos pasos corrían por el entarimado del piso de arriba.
El Brigadista, inquieto, prestaba oídos a aquellos confusos rumores; luego oyó ruidos sordos, como si unos cuerpos hubieran caído en la tierra blanda, al pie de los muros de la casa, con si fuesen los cuerpos de seres humanos que saltaban al campo desde el primer piso.
Después cesaron todos los movimientos, la agita-ción, y la gran casona quedó totalmente silenciosa como si fuese una tumba.
En dos escasos segundos la estancia quedó vacía, abandonada, con una enorme mesa cubierta de un sabroso condumio frente al soldado Hausman que estaba estupefacto y seguía de pie ante la ventana.
Tras unos instantes de vacilación, nuestro hombre salvó el antepecho y avanzó hacia los platos.
Su hambre desesperada le hacia temblar como un calenturiento.
Pero el terror lo retenía, lo paralizaba aún.
Escuchó.
Toda la casa parecía estremecerse.
Se cerraban las puertas, rápidos pasos corrían por el entarimado del piso de arriba.
El Brigadista, inquieto, prestaba oídos a aquellos confusos rumores; luego oyó ruidos sordos, como si unos cuerpos hubieran caído en la tierra blanda, al pie de los muros de la casa, con si fuesen los cuerpos de seres humanos que saltaban al campo desde el primer piso.
Resonó primero un grito, un único grito, formado por ocho gritos lanzados en ocho diferentes tonos, un grito de horripilante espanto, y después hubo un tumultuoso levantarse, alocado atropellarse y una barahúnda, seguida de la enloquecida huida hacia la puerta del fondo.
Las sillas se caían, los hombres aterrados derriba-ban a los demás pasando por encima de ellos.
En dos escasos segundos la estancia quedó vacía, abandonada, con una enorme mesa cubierta de un sabroso condumio frente al soldado Hausman que estaba estupefacto y seguía de pie ante la ventana.
Tras unos instantes de vacilación, nuestro hombre salvó el antepecho y avanzó hacia los platos.
Su hambre desesperada le hacia temblar como un calenturiento.
Pero el terror lo retenía, lo paralizaba aún.
_ ¡Camaradas!
Dijo uno de ellos y continuó:
_ ¡Son los rojos que nos atacan de nuevo!
Resonó primero un grito, un único grito, formado por ocho gritos lanzados en ocho diferentes tonos, un grito de horripilante espanto, y después hubo un tumultuoso levantarse, alocado atropellarse y una barahúnda, seguida de la enloquecida huida hacia la puerta del fondo.
Las sillas se caían, los hombres aterrados derriba-ban a los demás pasando por encima de ellos.
Ocho falangistas que cenaban en torno a una gran mesa, estaban celebrando sus conquistas de guerra. Pero de repente, uno de ellos se quedo con la boca abierta, dejando caer su vaso de vino al suelo, con los ojos fijos.
¡Todas las miradas de los comensales siguieron a la suya!
¡Y entonces todos ellos aterrados, contemplaron en el marco de la ventana al enemigo rojo!
_ ¡Camaradas!
Dijo uno de ellos y continuó:
_ ¡Son los rojos que nos atacan de nuevo!
Y bruscamente, sin reflexionar en lo más mínimo, nuestro hombre apareció en el marco de la ventana con su casco y con cara de miserable pordiosero vio a los fascistas.
Ocho falangistas que cenaban en torno a una gran mesa, estaban celebrando sus conquistas de guerra. Pero de repente, uno de ellos se quedo con la boca abierta, dejando caer su vaso de vino al suelo, con los ojos fijos.
¡Todas las miradas de los comensales siguieron a la suya!
¡Y entonces todos ellos aterrados, contemplaron en el marco de la ventana al enemigo rojo!
Antes de llegar, se tropezó con la casona de piedra de un cortijo y por una de las ventanas de la planta baja que estaba iluminada y abierta, percibió un in-tenso olor de carne guisada que se escapaba por el hueco, un olor que le penetró bruscamente por la nariz y que le siguió hasta el fondo del vientre de Hausman, lo crispó, le hizo jadear, atrayéndolo irresistiblemente, infundiendo en su débil corazón una desesperada audacia.
Y bruscamente, sin reflexionar en lo más mínimo, nuestro hombre apareció en el marco de la ventana con su casco y con cara de miserable pordiosero vio a los fascistas.
Pero cuando la noche oscureció la llanura, el sol-dado republicano Hausman salió muy lentamente desde la zanja que le había ocultado hasta ahora y se puso a caminar, encorvado, temeroso, con el co-razón palpitante, al pueblo del castillo, prefiriendo entrar allí que en el otro pueblo, que le parecía tan temible como una guarida llena de tigres.
Antes de llegar, se tropezó con la casona de piedra de un cortijo y por una de las ventanas de la planta baja que estaba iluminada y abierta, percibió un in-tenso olor de carne guisada que se escapaba por el hueco, un olor que le penetró bruscamente por la nariz y que le siguió hasta el fondo del vientre de Hausman, lo crispó, le hizo jadear, atrayéndolo irresistiblemente, infundiendo en su débil corazón una desesperada audacia.
Entonces enloqueció, imaginándose que ya estaba a punto de desmayarse por la extrema debilidad y que no podría caminar y ya se disponía a lanzarse hacia el pueblo, resuelto a atreverse a todo, a desa-fiar todo, cuando vio a tres campesinos que cami-naban hacia los campos con las horquillas al hom-bro, y volvió a hundirse en su escondrijo.
Pero cuando la noche oscureció la llanura, el sol-dado republicano Hausman salió muy lentamente desde la zanja que le había ocultado hasta ahora y se puso a caminar, encorvado, temeroso, con el co-razón palpitante, al pueblo del castillo, prefiriendo entrar allí que en el otro pueblo, que le parecía tan temible como una guarida llena de tigres.
Después veía visiones de los animales, animalillos de todas clases, que se acercaban a su cadáver y empezaban a comérselo, atacándolo por todas par-tes a la vez y deslizándose debajo de las ropas para morder su piel fría, mientras un enorme cuervo le sacaba los ojos con su pico afilado.
Entonces enloqueció, imaginándose que ya estaba a punto de desmayarse por la extrema debilidad y que no podría caminar y ya se disponía a lanzarse hacia el pueblo, resuelto a atreverse a todo, a desa-fiar todo, cuando vio a tres campesinos que cami-naban hacia los campos con las horquillas al hom-bro, y volvió a hundirse en su escondrijo.
¡El temor de morir de hambre!
Ya se veía extendido en el fondo de un hoyo, de espaldas, con los ojos cerrados.
Después veía visiones de los animales, animalillos de todas clases, que se acercaban a su cadáver y empezaban a comérselo, atacándolo por todas par-tes a la vez y deslizándose debajo de las ropas para morder su piel fría, mientras un enorme cuervo le sacaba los ojos con su pico afilado.
La aurora se alzó de nuevo sobre su fría cabeza y todavía no se había movido del sitio.
Reanudó su observación.
Pero el campo seguía tan vacío como la víspera; un nuevo temor penetró en el espíritu de Hausman:
¡El temor de morir de hambre!
Ya se veía extendido en el fondo de un hoyo, de espaldas, con los ojos cerrados.
Esperó hasta que llegase la noche profunda, su-friendo horrorosamente, sin ver más que vuelos de cuervos y sin oír nada más que los sordos lamentos de sus tripas.
Y la larga noche volvió a caer sobre él.
Se tendió en el fondo de su refugio y Hausman se durmió con un sueño febril, poblado de pesadillas, con un sueño de hombre hambriento.
La aurora se alzó de nuevo sobre su fría cabeza y todavía no se había movido del sitio.
Reanudó su observación.
Pero el campo seguía tan vacío como la víspera; un nuevo temor penetró en el espíritu de Hausman:
Ningún ser aislado aparecía en el horizonte.
Allá abajo, hacia la derecha, veía un pueblecito que enviaba al firmamento el humo de sus tejados.
¡Es el humo de las cocinas!
Pensó muerto de hambre.
Allá, algo más a la izquierda, distinguía al final del encinar, donde veía la grácil silueta del castillo de Belálcazar.
Esperó hasta que llegase la noche profunda, su-friendo horrorosamente, sin ver más que vuelos de cuervos y sin oír nada más que los sordos lamentos de sus tripas.
Y la larga noche volvió a caer sobre él.
Se tendió en el fondo de su refugio y Hausman se durmió con un sueño febril, poblado de pesadillas, con un sueño de hombre hambriento.
Entonces se quitó el antiguo casco, que eran restos de la primera Guerra Mundial, que llevaban los de la Brigada Internacional, y que podía traicionarle, y sacó toda la cabeza por entre el borde del hoyo, con infinitas precauciones.
Ningún ser aislado aparecía en el horizonte.
Allá abajo, hacia la derecha, veía un pueblecito que enviaba al firmamento el humo de sus tejados.
¡Es el humo de las cocinas!
Pensó muerto de hambre.
Allá, algo más a la izquierda, distinguía al final del encinar, donde veía la grácil silueta del castillo de Belálcazar.
Hasta que al final una de las ideas le pareció lógica y práctica; consistía en acechar el paso de un al-deano solo, sin armas, y sin aperos peligrosos, y en correr hacia él y ponerse en sus manos, haciéndole comprender claramente que se rendía.
Entonces se quitó el antiguo casco, que eran restos de la primera Guerra Mundial, que llevaban los de la Brigada Internacional, y que podía traicionarle, y sacó toda la cabeza por entre el borde del hoyo, con infinitas precauciones.
El estómago le dolía.
Se levantó, dio unos pasos, sintió una flojera en las piernas, y volvió a sentarse para reflexionar.
Durante dos o tres largas horas más pesó los pros y los contras, cambando a cada instante de decisión, dudoso, desgraciado, atraído por las razones más encontradas.
Hasta que al final una de las ideas le pareció lógica y práctica; consistía en acechar el paso de un al-deano solo, sin armas, y sin aperos peligrosos, y en correr hacia él y ponerse en sus manos, haciéndole comprender claramente que se rendía.
Cuando se despertó, a Hausman le pareció que el sol había llegado, más o menos, al centro del cielo, ya que debía ser mediodía. Ningún ruido turbaba la taciturna paz de esos campos y entonces cuando se dio cuenta de que lo que le pasaba, era que tenía mucha hambre y Hausman se lamentó.
Bostezaba, la boca se le hacia agua al pensar en el salchichón, en el buen salchichón de los soldados;
El estómago le dolía.
Se levantó, dio unos pasos, sintió una flojera en las piernas, y volvió a sentarse para reflexionar.
Durante dos o tres largas horas más pesó los pros y los contras, cambando a cada instante de decisión, dudoso, desgraciado, atraído por las razones más encontradas.
Entonces lo inundó un inmenso alivio; sus miem-bros se relajaron, descansados de pronto, su cora-zón se apaciguó y entonces se le cerraron los ojos y se durmió.
Cuando se despertó, a Hausman le pareció que el sol había llegado, más o menos, al centro del cielo, ya que debía ser mediodía. Ningún ruido turbaba la taciturna paz de esos campos y entonces cuando se dio cuenta de que lo que le pasaba, era que tenía mucha hambre y Hausman se lamentó.
Bostezaba, la boca se le hacia agua al pensar en el salchichón, en el buen salchichón de los soldados;
Tras interminables horas y angustias de condenado vio a través del apretado techo de ramajes, que el cielo clareaba.
Entonces lo inundó un inmenso alivio; sus miem-bros se relajaron, descansados de pronto, su cora-zón se apaciguó y entonces se le cerraron los ojos y se durmió.
Desencajaba sus grandes ojos para tratar de ver en las sombras y a cada momento se imaginaba que él oía pasos cerca.
Tras interminables horas y angustias de condenado vio a través del apretado techo de ramajes, que el cielo clareaba.
Los chillidos de las lechuzas en la noche le desga-rraban el alma, invadiéndola con miedos repenti-nos, tan dolorosos, como su fuesen producidos por una herida de bala.
Desencajaba sus grandes ojos para tratar de ver en las sombras y a cada momento se imaginaba que él oía pasos cerca.
Un conejo, al golpear con la culera el borde de una madriguera, a punto estuvo de hacerle escapar despavorido a Hausman.
Los chillidos de las lechuzas en la noche le desga-rraban el alma, invadiéndola con miedos repenti-nos, tan dolorosos, como su fuesen producidos por una herida de bala.
La noche había caído del todo, la noche muda y negra. Nada en el vasto campo andaluz de la Sierra se movía, mientras tanto el brigadista Internacional se estremecía con todos los ruidos desconocidos y ligeros que cruzan por las tinieblas.
Un conejo, al golpear con la culera el borde de una madriguera, a punto estuvo de hacerle escapar despavorido a Hausman.
Ya oía las detonaciones irregulares de los soldados tumbados entre los jarales, mientras él, de pie en el centro de un campo, caía herido, agujereado como un colador por unas balas que él ya sentía penetrar en su carne.
Volvió a sentarse, desesperado.
Su situación le parecía sin salida.
La noche había caído del todo, la noche muda y negra. Nada en el vasto campo andaluz de la Sierra se movía, mientras tanto el brigadista Internacional se estremecía con todos los ruidos desconocidos y ligeros que cruzan por las tinieblas.
¿Y si se encontraba con el propio ejército fascista?
Los hombres de vanguardia lo tomarían por explo-rador rojo, por un atrevido y astuto y osado solda-do que había salido de reconocimiento y tirarían a matar sobre él.
Ya oía las detonaciones irregulares de los soldados tumbados entre los jarales, mientras él, de pie en el centro de un campo, caía herido, agujereado como un colador por unas balas que él ya sentía penetrar en su carne.
Volvió a sentarse, desesperado.
Su situación le parecía sin salida.
¿Y si se encontraba con falangistas?
Los falangistas, insensatos sin ley ni disciplina, lo fusilarían para divertirse, por pasar el rato sólo por reírse viendo su cara.
Y se veía ya pegado al muro frente a doce cañones de fusil, cuyos agujeritos redondos y negros parecían mirarlo.
¿Y si se encontraba con el propio ejército fascista?
Los hombres de vanguardia lo tomarían por explo-rador rojo, por un atrevido y astuto y osado solda-do que había salido de reconocimiento y tirarían a matar sobre él.
¿Y si se encontraba con campesinos?
Muy posiblemente estos, al descubrir a un militar extranjero perdido y además soldado Internacional armado, él lo pasaría muy mal.
¡Lo matarían como a un perro vagabundo!
¡Lo destrozarían con sus horquillas, sus picos, sus hoces, sus palas!
Lo harían papilla y picadillo, con el ensañamiento de los vencedores exasperados.
¿Y si se encontraba con falangistas?
Los falangistas, insensatos sin ley ni disciplina, lo fusilarían para divertirse, por pasar el rato sólo por reírse viendo su cara.
Y se veía ya pegado al muro frente a doce cañones de fusil, cuyos agujeritos redondos y negros parecían mirarlo.
Si se decidía a hacerlo ahora, debía correr terribles peligros, aventurándose solo, con su casco y con su arma, por la campiña.
¿Y si se encontraba con campesinos?
Muy posiblemente estos, al descubrir a un militar extranjero perdido y además soldado Internacional armado, él lo pasaría muy mal.
¡Lo matarían como a un perro vagabundo!
¡Lo destrozarían con sus horquillas, sus picos, sus hoces, sus palas!
Lo harían papilla y picadillo, con el ensañamiento de los vencedores exasperados.
Pero se quedo inmóvil, asaltado de pronto por unas enojosas reflexiones y por sus nuevos terrores.
¿Donde entregarme prisionero?
¿Como?
¿Hacia que lado?
Y al instante las espantosas imágenes de la muerte, invadieron su alma.
Si se decidía a hacerlo ahora, debía correr terribles peligros, aventurándose solo, con su casco y con su arma, por la campiña.
Y de inmediato tomo una resolución definitiva.
¡Intentaría entregarse como prisionero de guerra!
Se levantó muy resuelto a ejecutar su proyecto sin perder un minuto.
Pero se quedo inmóvil, asaltado de pronto por unas enojosas reflexiones y por sus nuevos terrores.
¿Donde entregarme prisionero?
¿Como?
¿Hacia que lado?
Y al instante las espantosas imágenes de la muerte, invadieron su alma.
Estaría a salvo, alimentado, alojado, a cubierto de las balas y de bayonetas que ensartaban la carne, sin el menor recelo de estar muerto en combate, en una buena cárcel bien custodiada.
¡Prisionero!
¡Que sueño!
Y de inmediato tomo una resolución definitiva.
¡Intentaría entregarse como prisionero de guerra!
Se levantó muy resuelto a ejecutar su proyecto sin perder un minuto.
De repente pensó:
¡Si al menos me hubieran hecho prisionero!
Y fue entonces cuando el corazón se estremeció de deseo y de una ambición violenta, inmoderada, de ser hecho prisionero por los fascistas.
¡Prisionero!
Estaría a salvo, alimentado, alojado, a cubierto de las balas y de bayonetas que ensartaban la carne, sin el menor recelo de estar muerto en combate, en una buena cárcel bien custodiada.
¡Prisionero!
¡Que sueño!
Se encontraba, así, solo, con armas, de uniforme, en un territorio que podía ser del enemigo, lejos de quienes podían defenderlo.
Leves temblores corrían por su piel.
De repente pensó:
¡Si al menos me hubieran hecho prisionero!
Y fue entonces cuando el corazón se estremeció de deseo y de una ambición violenta, inmoderada, de ser hecho prisionero por los fascistas.
¡Prisionero!
Si no hubiera tenido necesidad de comer, aquella perspectiva no le hubiese aterrado demasiado; pero había que comer, y todos los días.
Se encontraba, así, solo, con armas, de uniforme, en un territorio que podía ser del enemigo, lejos de quienes podían defenderlo.
Leves temblores corrían por su piel.
Él no tendría la energía necesaria, ni el coraje para soportar más las largas marchas, ni tampoco podía afrontar los ingentes peligros a cada minuto:
¿Que hacer?
No podía quedarse en aquel barranco y ocultarse allí hasta el final de las hostilidades.
¡No!, claro que no podía.
Si no hubiera tenido necesidad de comer, aquella perspectiva no le hubiese aterrado demasiado; pero había que comer, y todos los días.
¡Tendría que volver a empezar la horrible vida de angustias, de espantos, de fatigas y de sufrimientos que llevaba desde el inicio de la guerra!
¡No!
¡Se sentía ya sin valor para eso!
Él no tendría la energía necesaria, ni el coraje para soportar más las largas marchas, ni tampoco podía afrontar los ingentes peligros a cada minuto:
¿Que hacer?
No podía quedarse en aquel barranco y ocultarse allí hasta el final de las hostilidades.
¡No!, claro que no podía.
Caía la noche, llenando de sombras el barranco.
El soldado se puso a meditar.
¿Que iba a hacer?
¿Que sería de él?
¿Reunirse de nuevo con el ejército republicano?...
Pero... ¿como?
¿Y por donde?
¡Tendría que volver a empezar la horrible vida de angustias, de espantos, de fatigas y de sufrimientos que llevaba desde el inicio de la guerra!
¡No!
¡Se sentía ya sin valor para eso!
De pronto algo se removió cercano a él.
¡Tuvo un espantoso sobresalto!
Pero era un vulgar pajarito que, habiéndose posado en una rama, agitaba las hojas secas.
Durante casi una hora larga, el agitado corazón del brigadista Hausman palpitó con latidos acelerados.
Caía la noche, llenando de sombras el barranco.
El soldado se puso a meditar.
¿Que iba a hacer?
¿Que sería de él?
¿Reunirse de nuevo con el ejército republicano?...
Pero... ¿como?
¿Y por donde?
Después, poco a poco, los clamores de la lucha se debilitaron y de repente cesaron.
Todo volvía a estar mudo y calmo.
De pronto algo se removió cercano a él.
¡Tuvo un espantoso sobresalto!
Pero era un vulgar pajarito que, habiéndose posado en una rama, agitaba las hojas secas.
Durante casi una hora larga, el agitado corazón del brigadista Hausman palpitó con latidos acelerados.
Después se detuvo y se sentó de nuevo, agazapado como si fuese una liebre entre las altas hierbas se-cas y los espinos que le rodeaban por doquier.
En estas condiciones, nuestro hombre oyó durante cierto tiempo, infinidad de detonaciones, de gritos y quejas.
Después, poco a poco, los clamores de la lucha se debilitaron y de repente cesaron.
Todo volvía a estar mudo y calmo.
Como el agujero revelador podía traicionar su pre-sencia, lo disimulo como bien pudo, y después se arrastró con precaución, a cuatro patas, hasta el fondo de aquel hoyo, bajo el techo de ramajes entrelazados escandiéndose lo más deprisa que podía y pretender así escabullirse del lugar del combate.
Después se detuvo y se sentó de nuevo, agazapado como si fuese una liebre entre las altas hierbas se-cas y los espinos que le rodeaban por doquier.
En estas condiciones, nuestro hombre oyó durante cierto tiempo, infinidad de detonaciones, de gritos y quejas.
Al levantar los ojos, vio el cielo por el agujero que había hecho al penetrar su cuerpo en el hoyo.
Como el agujero revelador podía traicionar su pre-sencia, lo disimulo como bien pudo, y después se arrastró con precaución, a cuatro patas, hasta el fondo de aquel hoyo, bajo el techo de ramajes entrelazados escandiéndose lo más deprisa que podía y pretender así escabullirse del lugar del combate.
Pasó como una flecha, a través de una espesa capa de jaras y de zarzas espinosas y puntiagudas que le desollaron la cara y las manos, y después se cayó pesadamente sentado sobre un lecho de piedras.
Al levantar los ojos, vio el cielo por el agujero que había hecho al penetrar su cuerpo en el hoyo.
Entonces, divisando a seis pasos de él una ancha zanja llena de malezas, que estaba cubierta de ho-jarasca seca, saltó a ella a pies juntillas, sin pensar siquiera en su profundidad, como se salta desde un puente al río.
Pasó como una flecha, a través de una espesa capa de jaras y de zarzas espinosas y puntiagudas que le desollaron la cara y las manos, y después se cayó pesadamente sentado sobre un lecho de piedras.
Después, le asaltó un loco deseo de salir a escape; pero pensó, al punto que corría como una lenta tor-tuga, en comparación con los entrenados fascistas que llegaban en tropel saltando como un rebaño de cabras, que estaba perdido, que estaba muerto.
Entonces, divisando a seis pasos de él una ancha zanja llena de malezas, que estaba cubierta de ho-jarasca seca, saltó a ella a pies juntillas, sin pensar siquiera en su profundidad, como se salta desde un puente al río.
Hausman se quedo inmóvil al principio por tan te-rrible susto y tan sorprendido y enloquecido que ni se le ocurrió huir.
Después, le asaltó un loco deseo de salir a escape; pero pensó, al punto que corría como una lenta tor-tuga, en comparación con los entrenados fascistas que llegaban en tropel saltando como un rebaño de cabras, que estaba perdido, que estaba muerto.
Ahora bien, cuando los soldados republicanos ba-jaban con toda tranquilidad a un vallecillo cortado por profundos barrancos, una violenta descarga de fusilaría los detuvo en seco, derribando heridos o muertos a cerca de veinte hombres; y una tropa de francotiradores, saliendo repentinamente por entre los altos canchos de granito, se lanzo hacia delan-te, con la bayoneta calada.
Hausman se quedo inmóvil al principio por tan te-rrible susto y tan sorprendido y enloquecido que ni se le ocurrió huir.
Todo lo que les rodeaba parecía calmado en la alta campiña cordobesa; nada les indicaba una posible resistencia que ya estuviese preparada de antema-no por el enemigo.
Ahora bien, cuando los soldados republicanos ba-jaban con toda tranquilidad a un vallecillo cortado por profundos barrancos, una violenta descarga de fusilaría los detuvo en seco, derribando heridos o muertos a cerca de veinte hombres; y una tropa de francotiradores, saliendo repentinamente por entre los altos canchos de granito, se lanzo hacia delan-te, con la bayoneta calada.