EL ALEMÁN DE LA BRIGADA
Desde que Hausman efectuó su entrada en España para tratar de poder integrarse en las brigadas de combatientes internacionales, para poder combatir por la libertad de elección de todos los pueblos a poder gobernarse democráticamente a su forma y manera, en este caso era a favor de la defensa de la nueva República española que había sido elegida por el pueblo. El súbdito alemán que era originario del estado de Baviera y se apellidaba Hausman por la mayor desgracia de su difunto padre que había muerto en combate en la primera Guerra Mundial. Creía, que por su manera de ser y de comportarse ante los demás miembros de su entorno social, que era el más desdichado de los hombres.
Desde que Hausman efectuó su entrada en España para tratar de poder integrarse en las brigadas de combatientes internacionales, para poder combatir por la libertad de elección de todos los pueblos a poder gobernarse democráticamente a su forma y manera, en este caso era a favor de la defensa de la nueva República española que había sido elegida por el pueblo. El súbdito alemán que era originario del estado de Baviera y se apellidaba Hausman por la mayor desgracia de su difunto padre que había muerto en combate en la primera Guerra Mundial. Creía, que por su manera de ser y de comportarse ante los demás miembros de su entorno social, que era el más desdichado de los hombres.
Era de talla excesivamente gorda y voluminosa, le costaba bastante esfuerzo caminar, lo que dificulta sobre manera sus resuellos, cuando pretendía hacer cualquier clase de ejercicios físicos para tratar de adelgazar. Además le dolían espantosamente unos formidables pies, gastaba de zapatos el número 46, y porque el desdichado ciudadano alemán los tenía planos y excesivamente gruesos.
Amén de todas estas dificultades añadidas, nuestro bueno y compasivo hombre, era un ser de carácter ciertamente pacifico y bondadoso, aunque no fuese magnánimo, tampoco es sanguinario ni cruel con los demás seres que habitualmente le asediaban. Era padre de cuatro hermosos hijos a los cuales él adoraba con verdadera pasión y ternura y nuestro bondadoso alemán estaba esposado con una joven y proporcionada rubia, llamada Bárbara, de cuyas ternuras cuidados y besos nuestro brigadista echaba terriblemente de menos, pero sobre todo lo superfluo él añoraba las caricias y los besos de su amada esposa cuando el brigadista alemán se enfrentaba por las noches con su propia conciencia y su afán por recordar cuando se le aproximaba el silencio y la obscuridad, a sus seres queridos.
Le gustaba levantarse tarde y acostarse pronto, co-mer lentamente cosas buenas y tomarse una cerve-za en las cervecerías.
Pensaba además que todas las dulzuras de la exis-tencia desaparecen con la vida y encerraba entre lo más recóndito del corazón, un odio espantoso, ins-tintivo y racional al mismo tiempo, hacia los ca-ñones, los fusiles, los revólveres y los sables, pero sobre todo hacia las bayonetas, sintiéndose incapaz de manejar adecuadamente a esta arma rápida para defender su grueso vientre.
Cuando se acostaba en el suelo, llegada la noche, envuelto en su capote junto a unos camaradas, que roncaban, pensaba largamente en los suyos, deja-dos allí lejos, en los ingentes peligros que alfom-braban su camino:
Sí a él lo mataban:
¿Que seria de los niños?
¿Quien los alimentaría y los educaría?
Incluso, ahora no eran ricos, pese a las deudas que él había contraído al marchar para dejarles algún dinero.
Sí a él lo mataban:
¿Que seria de los niños?
¿Quien los alimentaría y los educaría?
Incluso, ahora no eran ricos, pese a las deudas que él había contraído al marchar para dejarles algún dinero.
Hausman lloraba a veces.
Al comenzar una batalla sentía tal debilidad en las piernas, que se habría dejado caer al suelo, si no hubiera pensado que el ejército entero del enemigo pasaría sobre su cuerpo muerto.
El silbido de las balas al pasar le ponía los pelos de punta.
Al comenzar una batalla sentía tal debilidad en las piernas, que se habría dejado caer al suelo, si no hubiera pensado que el ejército entero del enemigo pasaría sobre su cuerpo muerto.
El silbido de las balas al pasar le ponía los pelos de punta.
Desde hacia varios meses vivía, así, aterrorizado y angustiado.
Cuando el Cuerpo de Ejército al que pertenecía la Brigada Internacional, avanzaba hacia el frente de Valsequillo, lo enviaron de reconocimiento con un reducido destacamento que debería limitarse a ex-plorar esta parte de la sierra cordobesa, y después replegarse a continuación.
Todo lo que les rodeaba parecía calmado en la alta campiña cordobesa; nada les indicaba una posible resistencia que ya estuviese preparada de antema-no por el enemigo.
Ahora bien, cuando los soldados republicanos ba-jaban con toda tranquilidad a un vallecillo cortado por profundos barrancos, una violenta descarga de fusilaría los detuvo en seco, derribando heridos o muertos a cerca de veinte hombres; y una tropa de francotiradores, saliendo repentinamente por entre los altos canchos de granito, se lanzo hacia delan-te, con la bayoneta calada.
Hausman se quedo inmóvil al principio por tan te-rrible susto y tan sorprendido y enloquecido que ni se le ocurrió huir.
Después, le asaltó un loco deseo de salir a escape; pero pensó, al punto que corría como una lenta tor-tuga, en comparación con los entrenados fascistas que llegaban en tropel saltando como un rebaño de cabras, que estaba perdido, que estaba muerto.
Entonces, divisando a seis pasos de él una ancha zanja llena de malezas, que estaba cubierta de ho-jarasca seca, saltó a ella a pies juntillas, sin pensar siquiera en su profundidad, como se salta desde un puente al río.
Pasó como una flecha, a través de una espesa capa de jaras y de zarzas espinosas y puntiagudas que le desollaron la cara y las manos, y después se cayó pesadamente sentado sobre un lecho de piedras.
Al levantar los ojos, vio el cielo por el agujero que había hecho al penetrar su cuerpo en el hoyo.
Como el agujero revelador podía traicionar su pre-sencia, lo disimulo como bien pudo, y después se arrastró con precaución, a cuatro patas, hasta el fondo de aquel hoyo, bajo el techo de ramajes entrelazados escandiéndose lo más deprisa que podía y pretender así escabullirse del lugar del combate.
Después se detuvo y se sentó de nuevo, agazapado como si fuese una liebre entre las altas hierbas se-cas y los espinos que le rodeaban por doquier.
En estas condiciones, nuestro hombre oyó durante cierto tiempo, infinidad de detonaciones, de gritos y quejas.
En estas condiciones, nuestro hombre oyó durante cierto tiempo, infinidad de detonaciones, de gritos y quejas.
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