Mensajes de SAN PEDRO DE MERIDA (Badajoz) enviados por Críspulo Cortés Cortés:

El mesonero al escuchar lo que Chupahuesos le or-denaba se apresuró a cumplimentar estos deseos de inmediato y saliendo para hacer estos menesteres, dejó solos a tan distinguidos y extraños huéspedes, que habían traído abundancia y felicidad al pueblo.
Cuando después de lavarse y de cambiar los atuen-do en sus diminutos roperos con ropa más a menos a tono para estos casos, nuestros hombres bajaron al mesón y cuando asomaban sus cuerpos gentiles por la puerta del comedor los escasos habitantes de ... (ver texto completo)
Los peces (que estaban exquisitamente aliñados) se devoraron en poco tiempo sin pausa ni respiro y a falta del trigo para hacer el pan, la mesonera les había preparado unas exquisitas y calientes tortas de maíz que fueron una delicia para todos.
¡Ahora mismo bajamos!
Le dijo Chupahuesos de mal humor, exigiéndole:
-Traed unas jofainas que tengan agua limpia para asearnos un poco y dígale a las gentes del pueblo que aguarden un instante. Anuncie de nuestra parte que desde ahora comienza para la gente del pueblo una era de felicidad y prosperidad.
El mesonero al escuchar lo que Chupahuesos le or-denaba se apresuró a cumplimentar estos deseos de inmediato y saliendo para hacer estos menesteres, dejó solos a tan distinguidos y extraños huéspedes, que habían traído abundancia y felicidad al pueblo.
Cuando después de lavarse y de cambiar los atuen-do en sus diminutos roperos con ropa más a menos a tono para estos casos, nuestros hombres bajaron al mesón y cuando asomaban sus cuerpos gentiles por la puerta del comedor los escasos habitantes de ... (ver texto completo)
- ¡Despertar señorías, el alimento espera! La gente del pueblo quiere que sus señorías les acompañen en la cena y cómo tienen el hambre atrasada, no se si podré contenerlos por más tiempo.
- ¿Deseáis bajar al comedor ahora vuestras señorias ó al contrario desean vuestras mercedes descansar algún tiempo más?
¡Ahora mismo bajamos!
Le dijo Chupahuesos de mal humor, exigiéndole:
-Traed unas jofainas que tengan agua limpia para asearnos un poco y dígale a las gentes del pueblo que aguarden un instante. Anuncie de nuestra parte que desde ahora comienza para la gente del pueblo una era de felicidad y prosperidad.
Rascahuertos se despertó al sentir un suave roce en la cara que le hacía con delicadeza y con temor el mesonero, a la vez que insistentemente les decía:
- ¡Despertar señorías, el alimento espera! La gente del pueblo quiere que sus señorías les acompañen en la cena y cómo tienen el hambre atrasada, no se si podré contenerlos por más tiempo.
- ¿Deseáis bajar al comedor ahora vuestras señorias ó al contrario desean vuestras mercedes descansar algún tiempo más?
Mientras el obeso marido trataba de reanimar a la obesa mesonera, Rascahuertos y Chupahuesos, se encauzan fatigados escaleras arriba penetrando en la primera estancia que encuentran, dejándose caer exhaustos sobre los mullidos lechos, quedándose al instante dormidos por la intensa fatiga.
Rascahuertos se despertó al sentir un suave roce en la cara que le hacía con delicadeza y con temor el mesonero, a la vez que insistentemente les decía:
La gorda mesonera cuando vio tantos peces espar-cidos en el mostrador se desmayo estrepitosamente en el mismo dintel de la cocina.
Mientras el obeso marido trataba de reanimar a la obesa mesonera, Rascahuertos y Chupahuesos, se encauzan fatigados escaleras arriba penetrando en la primera estancia que encuentran, dejándose caer exhaustos sobre los mullidos lechos, quedándose al instante dormidos por la intensa fatiga.
Capitulo 8
El tabernero al ver tanta abundancia de comida, se puso a gritar llamando a su señora la mesonera que se moría de pena y tristeza en la vacía cocina, al contemplar sus apagados y solitarios fogones y sus paupérrimas alacenas.
La gorda mesonera cuando vio tantos peces espar-cidos en el mostrador se desmayo estrepitosamente en el mismo dintel de la cocina.
Quiero que convoques a los aldeanos que queden aún vivos en la taberna por la noche a las diez en punto y ahora buen hombre indícame en que lugar se encuentran nuestras estancias, que nuestros más fervientes deseos son ahora el descargar nuestros cuerpos del agotamiento de los fatigosos caminos que los dos hemos recorrido sin parar.
Avísenos vuestra merced, en cuanto este a punto la pitanza, porque nuestra hambruna puede más que nuestro sueño y la mucha fatiga que tenemos.
Capitulo 8
El tabernero al ver tanta abundancia de comida, se puso a gritar llamando a su señora la mesonera que se moría de pena y tristeza en la vacía cocina, al contemplar sus apagados y solitarios fogones y sus paupérrimas alacenas.
-Toma la mitad de los peces para pagar la posada y con el resto de peces prepara un festín para mí y para todos los habitantes del pueblo.
Dijo Rascahuertos y continuó:
Quiero que convoques a los aldeanos que queden aún vivos en la taberna por la noche a las diez en punto y ahora buen hombre indícame en que lugar se encuentran nuestras estancias, que nuestros más fervientes deseos son ahora el descargar nuestros cuerpos del agotamiento de los fatigosos caminos que los dos hemos recorrido sin parar.
Avísenos vuestra merced, en cuanto este a punto la pitanza, porque nuestra hambruna puede más que nuestro sueño y la mucha fatiga que tenemos.
Echando mano de sus zurrones, que estaban reple-tos de apetitosos peces y los vertieron encima del vetusto mostrador, desparramando por doquier los plateados peces, dejando embobado al hambriento tabernero.
-Toma la mitad de los peces para pagar la posada y con el resto de peces prepara un festín para mí y para todos los habitantes del pueblo.
Dijo Rascahuertos y continuó:
-Rascahuertos y Chupahuesos no salían del asom-bro por la pobre miseria del tabernero, entonces se acordaron de esa historia que les había relatado el carretero; que le había previno de la terrible y caó-tica miseria en que se hallaba la aldea.
Echando mano de sus zurrones, que estaban reple-tos de apetitosos peces y los vertieron encima del vetusto mostrador, desparramando por doquier los plateados peces, dejando embobado al hambriento tabernero.
- ¡Calmaros de vuestros enfados buena gente!
Les rogaba el mesonero de la posada saliendo de la cocina y añadió:
-Perdonen los señores, pero la fonda que poseo se halla prácticamente en la ruina y ningún cristiano desde hace mucho tiempo traspasa el umbral de la puerta de mi posada. Si queréis tomar algo de vino aún dispongo. Porque si al contrario lo que deseáis es comer, podéis marcharos por el mismo camino por donde habéis llegado, porque no tengo comida, ni para mí mismo.
-Rascahuertos y Chupahuesos no salían del asom-bro por la pobre miseria del tabernero, entonces se acordaron de esa historia que les había relatado el carretero; que le había previno de la terrible y caó-tica miseria en que se hallaba la aldea.
- ¡Ha de la casa!
- ¿Es que ninguno se acerca a paliar el hambre y la sed de los viajeros en esta aldea?
- ¡Voto a bríos!
-Que ninguna culpa tenemos los peregrinos de los males que todos vosotros tengáis.
- ¡Es que no hay ningún cristiano en esta fonda!
- ¡Calmaros de vuestros enfados buena gente!
Les rogaba el mesonero de la posada saliendo de la cocina y añadió:
-Perdonen los señores, pero la fonda que poseo se halla prácticamente en la ruina y ningún cristiano desde hace mucho tiempo traspasa el umbral de la puerta de mi posada. Si queréis tomar algo de vino aún dispongo. Porque si al contrario lo que deseáis es comer, podéis marcharos por el mismo camino por donde habéis llegado, porque no tengo comida, ni para mí mismo.
Resignados por tan solitaria acogida, pero a la vez muy decididos, nuestros hombres penetraron en el vació local y apoyándose sobre el viejo mostrador de roble, que estaba bastante destartalado, soltaron las palabras con sus poderosas voces, diciendo:
- ¡Ha de la casa!
- ¿Es que ninguno se acerca a paliar el hambre y la sed de los viajeros en esta aldea?
- ¡Voto a bríos!
-Que ninguna culpa tenemos los peregrinos de los males que todos vosotros tengáis.
- ¡Es que no hay ningún cristiano en esta fonda!
Cuando sus pasos traspasaron el umbral de la vieja taberna, la umbría le cegó la visión de lo que había dentro y al ver que ese local estaba completamente vacío, se extrañaron más por ser la hora punta del mediodía, en la cual todas las tabernas del mundo suelen estar llenas de gente, que por otro motivo.
Resignados por tan solitaria acogida, pero a la vez muy decididos, nuestros hombres penetraron en el vació local y apoyándose sobre el viejo mostrador de roble, que estaba bastante destartalado, soltaron las palabras con sus poderosas voces, diciendo:
Rascahuertos, después de analizar en compañía de Chupahuesos las hermosas esculturas de la fuente, recogieron sus escasas pertenencias y se dirigieron sin titubeo alguno hacía la fonda que se anunciaba llamativamente en un letrero de madera colgado en la plaza.
Cuando sus pasos traspasaron el umbral de la vieja taberna, la umbría le cegó la visión de lo que había dentro y al ver que ese local estaba completamente vacío, se extrañaron más por ser la hora punta del mediodía, en la cual todas las tabernas del mundo suelen estar llenas de gente, que por otro motivo.
Debajo, había una inscripción en letra gótica y en arcaico latín, que decía:
Desanda los ocho caminos que te arrastraban hasta la muerte y encontraras lo que de verdad anhelas.
Rascahuertos, después de analizar en compañía de Chupahuesos las hermosas esculturas de la fuente, recogieron sus escasas pertenencias y se dirigieron sin titubeo alguno hacía la fonda que se anunciaba llamativamente en un letrero de madera colgado en la plaza.
La Octava cara, representaba un acto de fe, en el cual, se quemaba vivó en una plaza pública de una ciudad a un anciano caballero con la cruz grabada en su peto metálico que apuntaba con el dedo de la mano y con el brazo extendido hacía un balcón de la plaza. En el balcón hacía donde el reo apuntaba, estaba un Rey coronado que miraba complacido el suplicio del reo.
Debajo, había una inscripción en letra gótica y en arcaico latín, que decía:
Desanda los ocho caminos que te arrastraban hasta la muerte y encontraras lo que de verdad anhelas.
En la séptima cara, se ve un claro del bosque, lleno de vegetación sin señal de que en el lugar existiese edificación alguna. Sólo una montaña que tiene su cima con forma de cara humana se halla grabada al final de la espesura de un tupido bosque.
La Octava cara, representaba un acto de fe, en el cual, se quemaba vivó en una plaza pública de una ciudad a un anciano caballero con la cruz grabada en su peto metálico que apuntaba con el dedo de la mano y con el brazo extendido hacía un balcón de la plaza. En el balcón hacía donde el reo apuntaba, estaba un Rey coronado que miraba complacido el suplicio del reo.
En la quinta cara, se representaba a los caballeros arrojando cadáveres, por el hueco de un edificio de piedra con la forma de campana; que recogían de un montón de monjes, siervos y animales muertos. En la sexta cara, se ven a los mismos caballeros, tapando con tierra y barro, la edificación de piedra con forma de campana que habían construido los monjes anteriormente.
En la séptima cara, se ve un claro del bosque, lleno de vegetación sin señal de que en el lugar existiese edificación alguna. Sólo una montaña que tiene su cima con forma de cara humana se halla grabada al final de la espesura de un tupido bosque.
En la cuarta cara de la fuente, estaba esculpido un cofre que tenía dos Ángeles con las alas extendi-das labrados encima de la tapa y estaba rodeado de caballeros y monjes arrodillados delante en actitud de devota oración.
En la quinta cara, se representaba a los caballeros arrojando cadáveres, por el hueco de un edificio de piedra con la forma de campana; que recogían de un montón de monjes, siervos y animales muertos. En la sexta cara, se ven a los mismos caballeros, tapando con tierra y barro, la edificación de piedra con forma de campana que habían construido los monjes anteriormente.
En la tercera cara, un grupo de monjes trabajaban en la construcción de una casa redonda parecida a un templo, en un claro redondo de un espeso y exuberante bosque de montaña.
En la cuarta cara de la fuente, estaba esculpido un cofre que tenía dos Ángeles con las alas extendi-das labrados encima de la tapa y estaba rodeado de caballeros y monjes arrodillados delante en actitud de devota oración.
En la segunda cara, estaba grabada una comitiva de caballeros y de bestias de carga que transportan un pesado objeto que tiene forma de arca y que se hallaba cargado sobre una carreta que es arrastrada por dos cansinos bueyes.
En la tercera cara, un grupo de monjes trabajaban en la construcción de una casa redonda parecida a un templo, en un claro redondo de un espeso y exuberante bosque de montaña.
En la primera cara, un personaje de la iglesia con la tiara papal y con báculo, entregaba en la mano a un caballero con yelmo y coraza, un pergamino del cual colgaba el sello del Pontífice Vaticano.
En la segunda cara, estaba grabada una comitiva de caballeros y de bestias de carga que transportan un pesado objeto que tiene forma de arca y que se hallaba cargado sobre una carreta que es arrastrada por dos cansinos bueyes.
La sonora fuente de granito labrado, vertía el agua por los cuatro chorros que brotaban desde la boca de cuatro cabezas de dragones bellamente talladas. La pileta en donde vertían los cuatro chorros esta-ba construida con la base y la forma octogonal con preciosos grabados en las ocho caras y en cada una se representaba escenas de Caballeros y de monjes en una laboriosa y extraña labor.
En la primera cara, un personaje de la iglesia con la tiara papal y con báculo, entregaba en la mano a un caballero con yelmo y coraza, un pergamino del cual colgaba el sello del Pontífice Vaticano.
Mientras el sonido de las ruedas resonaba todavía lejanas y apagadas por las empedradas calles de la aldea, Chupahuesos miró atentamente los edificios que circundaban la bella plaza de corte medieval.
La sonora fuente de granito labrado, vertía el agua por los cuatro chorros que brotaban desde la boca de cuatro cabezas de dragones bellamente talladas. La pileta en donde vertían los cuatro chorros esta-ba construida con la base y la forma octogonal con preciosos grabados en las ocho caras y en cada una se representaba escenas de Caballeros y de monjes en una laboriosa y extraña labor.
Una vez que les fue contada tan trágica historia, el carretero enmudeció el resto del camino, hasta que penetró el carro por las estrechas calles de la aldea. Cuando se detuvo el vehiculo en el mismo centro, donde estaba la plaza de pueblo y Rascahuertos y Chupahuesos se apearon, agradeciendo al carretero tan caritativo servicio con una buena provisión de peces, se quedaron en la plaza observando al carro, hasta que el vehiculo desapareció de su vista al do-blar por la primera calleja del pueblo.
Mientras el sonido de las ruedas resonaba todavía lejanas y apagadas por las empedradas calles de la aldea, Chupahuesos miró atentamente los edificios que circundaban la bella plaza de corte medieval.
-Pero como este hecho aún no ha sucedido, porque nadie quiere morir, el pueblo continúa proveyendo los víveres aunque estén muriéndose poco a poco por falta de alimentos que suministrar a los ogros y también por el hambre del pueblo.
Una vez que les fue contada tan trágica historia, el carretero enmudeció el resto del camino, hasta que penetró el carro por las estrechas calles de la aldea. Cuando se detuvo el vehiculo en el mismo centro, donde estaba la plaza de pueblo y Rascahuertos y Chupahuesos se apearon, agradeciendo al carretero tan caritativo servicio con una buena provisión de peces, se quedaron en la plaza observando al carro, hasta que el vehiculo desapareció de su vista al do-blar por la primera calleja del pueblo.
-La única prerrogativa que tienen los aldeanos, era el sacrificio de dos varones adultos, porque al día siguiente de este trágico suceso finalizará la mal-dición y será sólo a partir de entonces, cuando los hombres y mujeres que queden vivos puedan vivir en paz el resto de sus vidas.
-Pero como este hecho aún no ha sucedido, porque nadie quiere morir, el pueblo continúa proveyendo los víveres aunque estén muriéndose poco a poco por falta de alimentos que suministrar a los ogros y también por el hambre del pueblo.
-Cuando falte el suministro de la comida por terce-ra vez, dos de los habitantes de la aldea, un varón y una hembra elegidos por sorteo, serán sacrifica-dos y entregaran sus cuerpos a los monstruos para calmar el feroz canibalismo que hay en las cuevas y al siguiente día estos restos serán sepultados por los aldeanos delante de la gruta.
-La única prerrogativa que tienen los aldeanos, era el sacrificio de dos varones adultos, porque al día siguiente de este trágico suceso finalizará la mal-dición y será sólo a partir de entonces, cuando los hombres y mujeres que queden vivos puedan vivir en paz el resto de sus vidas.
-La segunda vez, si carecen de alimentos, sacrifi-caran a la virgen más bella y hermosa de la aldea y dejaran su cadáver a la entrada de la cueva y hacer lo mismo por la mañana.
-Cuando falte el suministro de la comida por terce-ra vez, dos de los habitantes de la aldea, un varón y una hembra elegidos por sorteo, serán sacrifica-dos y entregaran sus cuerpos a los monstruos para calmar el feroz canibalismo que hay en las cuevas y al siguiente día estos restos serán sepultados por los aldeanos delante de la gruta.
-Todos los 365 amaneceres que tiene el año, tienen los aldeanos que retirar de la entrada de las cuevas, todos los desperdicios y osamentas ensangrentadas de las bestias devoradas por estos misteriosos seres durante la noche. Y si por cualquier circunstancia no dispone la aldea de animales ó de otros géneros para entregar, deberán sacrificar la primera vez, al más joven varón y dejar el cadáver a la entrada de la cueva al anochecer, para retirar los huesos hu-manos por la mañana.
-La segunda vez, si carecen de alimentos, sacrifi-caran a la virgen más bella y hermosa de la aldea y dejaran su cadáver a la entrada de la cueva y hacer lo mismo por la mañana.
-Todas las 365 noches que tiene el año; tienen los aldeanos la obligación de dejar en la puerta de la cueva, 3 ovejas, 6 capones, 12 gansos, 24 arrobas de vino, 48 litros de aceite y 96 quintales de trigo.
-Todos los 365 amaneceres que tiene el año, tienen los aldeanos que retirar de la entrada de las cuevas, todos los desperdicios y osamentas ensangrentadas de las bestias devoradas por estos misteriosos seres durante la noche. Y si por cualquier circunstancia no dispone la aldea de animales ó de otros géneros para entregar, deberán sacrificar la primera vez, al más joven varón y dejar el cadáver a la entrada de la cueva al anochecer, para retirar los huesos hu-manos por la mañana.
El arriero les miro fijamente y con cierta pena en su rostro les contesto:
- Solamente os relatare unas terribles obligaciones que impusieron desde ese día a todos los habitantes de la aldea unos sanguinarios y poderosos seres que moran desde esta trágica noche en las cuevas.
-Todas las 365 noches que tiene el año; tienen los aldeanos la obligación de dejar en la puerta de la cueva, 3 ovejas, 6 capones, 12 gansos, 24 arrobas de vino, 48 litros de aceite y 96 quintales de trigo.
Rascahuertos y Chupahuesos, que son curiosos por naturaleza propia é intrigados por saber el final de tan fascinante historia, le preguntan:
- ¿Que sucedió dentro del redil?
El arriero les miro fijamente y con cierta pena en su rostro les contesto:
- Solamente os relatare unas terribles obligaciones que impusieron desde ese día a todos los habitantes de la aldea unos sanguinarios y poderosos seres que moran desde esta trágica noche en las cuevas.
Capitulo 7
El carretero enmudeció de repente su relato, como no queriendo acordarse de las tragedias pasadas, y arreando a las dos bestias reemprendió de nuevo el cansino viaje.
Rascahuertos y Chupahuesos, que son curiosos por naturaleza propia é intrigados por saber el final de tan fascinante historia, le preguntan:
- ¿Que sucedió dentro del redil?
- ¡Alejaos de este maldito lugar! ¡No oséis penetrar en las cuevas! Y dicho eso, el alguacil no dijo nada más, porque al instante se desplomó sin vida sobre el suelo de roca de la entrada.
Capitulo 7
El carretero enmudeció de repente su relato, como no queriendo acordarse de las tragedias pasadas, y arreando a las dos bestias reemprendió de nuevo el cansino viaje.
-Al instante apareció el alguacil por la puerta con el cuerpo destrozado y sangrante, mientras gritaba desesperado a los que había fuera.
- ¡Alejaos de este maldito lugar! ¡No oséis penetrar en las cuevas! Y dicho eso, el alguacil no dijo nada más, porque al instante se desplomó sin vida sobre el suelo de roca de la entrada.
-Cuando sintieron fuertes gritos y los lamentos que salían del interior de las cuevas y temiendo por sus hombres todas se pusieron a gritar, llevándose las manos a la cabeza con desesperación.
-Al instante apareció el alguacil por la puerta con el cuerpo destrozado y sangrante, mientras gritaba desesperado a los que había fuera.
-Las mujeres que iban por detrás de los hombres, llegaron muy intranquilas deteniéndose a la puerta de las cuevas impacientes por saber lo sucedido.
-Cuando sintieron fuertes gritos y los lamentos que salían del interior de las cuevas y temiendo por sus hombres todas se pusieron a gritar, llevándose las manos a la cabeza con desesperación.
Cuando los hombres y las mujeres, con las picas y los palos pensando que podía ser el ataque de los lobos, estaban cerca de la entrada de la cueva y los primeros ya llegaban hasta la cerca que rodeaba la entrada, un raro silencio les sobrecogió y cuando descubrieron que la puerta del redil estaba destro-zada y las ovejas y las cabras silenciosas, la duda y el miedo les atemorizó, hasta que los más decidi-dos con el alguacil del pueblo al frente penetraron en su interior.
-Las mujeres que iban por detrás de los hombres, llegaron muy intranquilas deteniéndose a la puerta de las cuevas impacientes por saber lo sucedido.
-La gente que se hallaba trabajando en la montaña se alarmó y fueron todos corriendo hacía la cueva, para tratar saber, que fiera o que lobo, inquietaba al ganado.
Cuando los hombres y las mujeres, con las picas y los palos pensando que podía ser el ataque de los lobos, estaban cerca de la entrada de la cueva y los primeros ya llegaban hasta la cerca que rodeaba la entrada, un raro silencio les sobrecogió y cuando descubrieron que la puerta del redil estaba destro-zada y las ovejas y las cabras silenciosas, la duda y el miedo les atemorizó, hasta que los más decidi-dos con el alguacil del pueblo al frente penetraron en su interior.
-Al principio los pastores no se extrañaron, porque pensaban que seria una clásica nube de verano que podía descargar agua en cualquier momento. Pero todo cambió cuando de repente escucharon fuertes balidos que salían de una cueva donde se guarecía de las heladas al ganado.
-La gente que se hallaba trabajando en la montaña se alarmó y fueron todos corriendo hacía la cueva, para tratar saber, que fiera o que lobo, inquietaba al ganado.
-Todo sucedió durante la más esplendida noche de verano que podéis imaginar. Es una de esas noches en que el firmamento resplandece con el esplendor de miríadas de estrellas y los pastores tranquilos y relajados se deleitaban con esta magnifica noche al contarse leyendas y relatos muy antiguos, cuando de repente apareció sobre la cima de la montaña la misma nube negra que ahora contemplan vuestros ojos.
-Al principio los pastores no se extrañaron, porque pensaban que seria una clásica nube de verano que podía descargar agua en cualquier momento. Pero todo cambió cuando de repente escucharon fuertes balidos que salían de una cueva donde se guarecía de las heladas al ganado.
-Pero sucedió, que un aciago día los que vivían del monte que ahora veis y del ganado que pastaba en él, son de repente salvajemente agredidos por una fuerza extraña que transformó la vida de todos los habitantes de la aldea que depende de los animales que pastan en esa montaña.
-Todo sucedió durante la más esplendida noche de verano que podéis imaginar. Es una de esas noches en que el firmamento resplandece con el esplendor de miríadas de estrellas y los pastores tranquilos y relajados se deleitaban con esta magnifica noche al contarse leyendas y relatos muy antiguos, cuando de repente apareció sobre la cima de la montaña la misma nube negra que ahora contemplan vuestros ojos.
-Hace mucho…mucho tiempo, en esa montaña que ahora veis, vivían unos apacibles pastores con sus familias; y cuidaban con todo el cariño y primor a sus rebaños de ovejas y cabras.
-Pero sucedió, que un aciago día los que vivían del monte que ahora veis y del ganado que pastaba en él, son de repente salvajemente agredidos por una fuerza extraña que transformó la vida de todos los habitantes de la aldea que depende de los animales que pastan en esa montaña.
- ¡Escuchar y poner mucha atención!
Les dijo el arriero con voz grave.
-Hace mucho…mucho tiempo, en esa montaña que ahora veis, vivían unos apacibles pastores con sus familias; y cuidaban con todo el cariño y primor a sus rebaños de ovejas y cabras.
-La pirámide de roca que veis tiene una maldición apocalíptica para los hombres.
- ¿Y cual puede, sí quitamos la muerte, lo que los hombres no puedan sobrellevar?
Dijo Rascahuertos.
- ¡Escuchar y poner mucha atención!
Les dijo el arriero con voz grave.
- ¿Es por caso un tirano el amo de la montaña?
El arriero mirándole de reojo, (negó con la cabeza a la par que detenía el carro) y le dijo:
-La montaña que veis no tiene amo ni tiene dueño alguno, que yo sepa.
- ¿Entonces?
Preguntó Rascahuertos mientras mesaba su espesa barba y se arrascaba con preocupación el cogote; pensando en la escasa lucidez que tenía el arriero.
-La pirámide de roca que veis tiene una maldición apocalíptica para los hombres.
- ¿Y cual puede, sí quitamos la muerte, lo que los hombres no puedan sobrellevar?
Dijo Rascahuertos.
El carretero, que estaba silbando una bella tonada mientras conducía el carro, le miró y dijo.
-Más le valdría a vuestra merced ser ciego, porque lo que ahora veis, nosotros no lo queremos ver.
Rascahuertos, al escuchar tan extraña explicación, pensó que podía tener la montaña en una región en donde se respira paz y tranquilidad y le pregunto:
- ¿Es por caso un tirano el amo de la montaña?
El arriero mirándole de reojo, (negó con la cabeza a la par que detenía el carro) y le dijo:
-La montaña que veis no tiene amo ni tiene dueño alguno, que yo sepa.
- ¿Entonces?
Preguntó Rascahuertos mientras mesaba su espesa barba y se arrascaba con preocupación el cogote; pensando en la escasa lucidez que tenía el arriero.