Mensajes de SAN PEDRO DE MERIDA (Badajoz) enviados por Críspulo Cortés Cortés:
La insidia y la traición se estaban instalando en el viejo Valle sin permiso de ningún mortal.
Los seres que habitan en el antiguo Valle, serán los únicos testigos sensoriales de esta tragedia humana que estaba ordenando sin descanso el viejo espíritu del bosque lebaniego.
Estaban sonando las últimas campanadas de las doce horas del mediodía, cuando Remigio abría con una doble llave una portilla anexa a la puerta principal, que supuestamente estaba inutilizada de hacía bastante tiempo.
La insidia y la traición se estaban instalando en el viejo Valle sin permiso de ningún mortal.
Como era ya bastante tarde, Remigio no quería que nadie averiguase el nuevo vínculo que tenía con el grupo de templarios, ni con la visita a la casona de Lebeña, apresuró la marcha para llegar a la Abadía Cisterciense antes de que empezase el servicio de la comida.
Estaban sonando las últimas campanadas de las doce horas del mediodía, cuando Remigio abría con una doble llave una portilla anexa a la puerta principal, que supuestamente estaba inutilizada de hacía bastante tiempo.
Ahora era miembro del Temple por propia derecho y pondría todos los medios que ahora disponía para seguir perteneciendo a esa bendita Orden Sagrada de Cristo, en donde no cejaría jamás de agradecer a Cristo su inestimable ayuda.
Como era ya bastante tarde, Remigio no quería que nadie averiguase el nuevo vínculo que tenía con el grupo de templarios, ni con la visita a la casona de Lebeña, apresuró la marcha para llegar a la Abadía Cisterciense antes de que empezase el servicio de la comida.
El día más feliz de toda su vida le había llegado al final, entrando a raudales en su distinto corazón de legítimo Caballero Templario.
Ahora era miembro del Temple por propia derecho y pondría todos los medios que ahora disponía para seguir perteneciendo a esa bendita Orden Sagrada de Cristo, en donde no cejaría jamás de agradecer a Cristo su inestimable ayuda.
Remigio, saltaba de alegría y contento mientras se encaminaba al domicilio de su pariente el Guardia Civil para devolver el uniforme.
El día más feliz de toda su vida le había llegado al final, entrando a raudales en su distinto corazón de legítimo Caballero Templario.
Finalizó de platicar para despedir emocionado el Maestre Corona.
Remigio, saltaba de alegría y contento mientras se encaminaba al domicilio de su pariente el Guardia Civil para devolver el uniforme.
-Muchas gracias y muchísima suerte, mí estimado caballero Remigio.
Finalizó de platicar para despedir emocionado el Maestre Corona.
- Para que no tener que desplazaros continuamente hasta aquí y por la seguridad vuestra os entregara cuando os vayáis el intendente Argos, una emisora GPS por si disponéis de informaciones que precise el Temple.
-Muchas gracias y muchísima suerte, mí estimado caballero Remigio.
-Tenéis la puerta abierta para cuando queráis servir a Cristo desde el Temple pero la Orden, mi querido Remigio, os recompensa desde hoy con el titulo de Caballero Templario.
- Para que no tener que desplazaros continuamente hasta aquí y por la seguridad vuestra os entregara cuando os vayáis el intendente Argos, una emisora GPS por si disponéis de informaciones que precise el Temple.
-Alabado seáis…mi samaritano…gracias…gracias a Cristo que os ha guiado hasta la casa en donde se defiende de verdad la fe en su Padre y sus humanos evangelios. Palabras sagradas que se hallan henchidas de caridad y de piedad, para que los hombres del Creador consigan sobrevivir en armonía con las especies vivas de la Tierra.
-Tenéis la puerta abierta para cuando queráis servir a Cristo desde el Temple pero la Orden, mi querido Remigio, os recompensa desde hoy con el titulo de Caballero Templario.
Tornándose hacía Remigio se aproximó y tomando al monje en sus brazos arrancó a llorar sin consuelo alguno, diciéndole:
-Alabado seáis…mi samaritano…gracias…gracias a Cristo que os ha guiado hasta la casa en donde se defiende de verdad la fe en su Padre y sus humanos evangelios. Palabras sagradas que se hallan henchidas de caridad y de piedad, para que los hombres del Creador consigan sobrevivir en armonía con las especies vivas de la Tierra.
Corona, no sabía cómo reaccionar por el asombro y la extraordinaria fortuna que ahora tenía el Temple. Porque Corona considera que era una valiosa señal que le ofrecía Cristo para poder recuperar el Arca.
Tornándose hacía Remigio se aproximó y tomando al monje en sus brazos arrancó a llorar sin consuelo alguno, diciéndole:
Termino de hablar Remigio, mirando de soslayo al Gran Maestre Corona y tratar de observar en él alguna reacción.
Corona, no sabía cómo reaccionar por el asombro y la extraordinaria fortuna que ahora tenía el Temple. Porque Corona considera que era una valiosa señal que le ofrecía Cristo para poder recuperar el Arca.
-Ellos saben todo, porque tienen un espía infiltrado entre sus caballeros Señoría y las órdenes concretas para exterminar a todos los caballeros del Temple que aún queden en toda Europa, proviene del Papa y de una vieja congregación para salvaguardar la fe en Dios, llamada Inquisición.
Termino de hablar Remigio, mirando de soslayo al Gran Maestre Corona y tratar de observar en él alguna reacción.
-Ellos saben, que un caballero del Temple encontró en la mar, por casualidad, el cofre que se perdió en una galerna en el Cantábrico cuando viaja a Roma en barco Alexis un viejo monje del Monasterio de Santo Toribio en el invierno del año 1050.
-Ellos saben todo, porque tienen un espía infiltrado entre sus caballeros Señoría y las órdenes concretas para exterminar a todos los caballeros del Temple que aún queden en toda Europa, proviene del Papa y de una vieja congregación para salvaguardar la fe en Dios, llamada Inquisición.
-El Papa ha enviado a España al Cardenal Mariani con sus milicias de especialistas para acabar con el Temple antes de que vuestra Orden tenga operativa la clave secreta para conocer el último refugio que dio Dios al Arca de su Alianza con los hombres.
-Ellos saben, que un caballero del Temple encontró en la mar, por casualidad, el cofre que se perdió en una galerna en el Cantábrico cuando viaja a Roma en barco Alexis un viejo monje del Monasterio de Santo Toribio en el invierno del año 1050.
-Hace bastante tiempo Señoría, que estoy inquieto por unos los graves sucesos que he presenciado en el Monasterio de Santo Toribio. Se conoce Señoría de que está en marcha una canallesca conspiración en contra de la Orden del Temple, fomentada por una Iglesia que no quiere perder sus muchos privilegios a base de engañar por miedo y la condenación a sus fieles seguidores cristianos.
-El Papa ha enviado a España al Cardenal Mariani con sus milicias de especialistas para acabar con el Temple antes de que vuestra Orden tenga operativa la clave secreta para conocer el último refugio que dio Dios al Arca de su Alianza con los hombres.
-Si su Señoría tiene a bien escuchar podrá entender enseguida el motivo de mi presencia en su casa de Lebeña.
Remigio se paro un instante y continuó:
-Hace bastante tiempo Señoría, que estoy inquieto por unos los graves sucesos que he presenciado en el Monasterio de Santo Toribio. Se conoce Señoría de que está en marcha una canallesca conspiración en contra de la Orden del Temple, fomentada por una Iglesia que no quiere perder sus muchos privilegios a base de engañar por miedo y la condenación a sus fieles seguidores cristianos.
- Alabado sea el Señor.
Dijo Remigio desde el dintel de la puerta, antes de penetrar en la estancia de Corona.
- Pase vuestra merced y acomódese a su gusto.
Respondió el Maestre, algo más calmado.
-Si su Señoría tiene a bien escuchar podrá entender enseguida el motivo de mi presencia en su casa de Lebeña.
Remigio se paro un instante y continuó:
Cuando entro el cocinero del Monasterio de Santo Toribio, en los aposentos de Corona, iba disfrazado con un uniforme de la Guardia Civil que Remigio se había procurado en casa de un primo suyo que era policía. Corona al ver a un monje disfrazado de esa guisa, le entro una risa tan convulsiva, que casi se atora de la fuerte tos que de pronto le agobió.
El monje Remigio, aunque era reservado y muy serio, comprendía lo muy ridículo que era el disfraz para un monje que se preciara de serlo.
- Alabado sea el Señor.
Dijo Remigio desde el dintel de la puerta, antes de penetrar en la estancia de Corona.
- Pase vuestra merced y acomódese a su gusto.
Respondió el Maestre, algo más calmado.
16
Campo Corona había recibido una extraña nota que le notificaba la visita secreta y personal de un fraile de la Orden de San Benito llamado Remigio.
Cuando entro el cocinero del Monasterio de Santo Toribio, en los aposentos de Corona, iba disfrazado con un uniforme de la Guardia Civil que Remigio se había procurado en casa de un primo suyo que era policía. Corona al ver a un monje disfrazado de esa guisa, le entro una risa tan convulsiva, que casi se atora de la fuerte tos que de pronto le agobió.
El monje Remigio, aunque era reservado y muy serio, comprendía lo muy ridículo que era el disfraz para un monje que se preciara de serlo.
Mientras las intrigas y los desatinos del hombre se multiplicaban por toda la Tierra, los flexibles copos de una intensa nevada recubrían las capas de hielo que se había formado en la superficie. Mientras, los abetos del vecino bosque se torcían con una pesada carga de nieve, soportando estoicamente el peso sin rasgar el ramaje.
16 Campo Corona había recibido una extraña nota que le notificaba la visita secreta y personal de un fraile de la Orden de San Benito llamado Remigio.
-Hay que borrar de la faz de la Tierra, al Temple.
Terminó de hablar Reinaldo, mientras se asentaba en la mesa del despacho.
Mientras las intrigas y los desatinos del hombre se multiplicaban por toda la Tierra, los flexibles copos de una intensa nevada recubrían las capas de hielo que se había formado en la superficie. Mientras, los abetos del vecino bosque se torcían con una pesada carga de nieve, soportando estoicamente el peso sin rasgar el ramaje.
-Nada de simplezas ni de compasión para esa gente criminal y despiadada que pretende terminar con la tradición que establece el Apóstol Pedro en Roma.
-Hay que borrar de la faz de la Tierra, al Temple.
Terminó de hablar Reinaldo, mientras se asentaba en la mesa del despacho.
-Afirmo que ha sido la economía la que a logrado que el Temple pueda sobrevivir hasta hoy con la pujanza necesaria que les da el oro que ellos tienen escondido.
-Nada de simplezas ni de compasión para esa gente criminal y despiadada que pretende terminar con la tradición que establece el Apóstol Pedro en Roma.
-Es cierto que jamás nos asignamos los tesoros que tenía la orden templaria esparcidos por Europa.
-Afirmo que ha sido la economía la que a logrado que el Temple pueda sobrevivir hasta hoy con la pujanza necesaria que les da el oro que ellos tienen escondido.
Mirando al Cardenal, el Prior dirigió sus palabras a la oronda figura de Monseñor:
-Habéis traído, Eminencia, el bálsamo de la Iglesia y del Santo Padre, con los mejores efluvios para la práctica del fuerte deseo, de terminar ahora, con las migajas que quedan del Temple en la Tierra.
-Es cierto que jamás nos asignamos los tesoros que tenía la orden templaria esparcidos por Europa.
-La prevaricación nos está acechando sin respiro en el corazón de los antirreligiosos, que no desean que la Iglesia de Pedro disfrute de bonanza alguna, en los templos y ni en las parroquias del mundo, fieles a la Iglesia y creyentes en Dios.
Mirando al Cardenal, el Prior dirigió sus palabras a la oronda figura de Monseñor:
-Habéis traído, Eminencia, el bálsamo de la Iglesia y del Santo Padre, con los mejores efluvios para la práctica del fuerte deseo, de terminar ahora, con las migajas que quedan del Temple en la Tierra.
-Mis devotos fraternos de la Iglesia del Señor.
-Hoy estamos inmersos entre las piadosas plegarias y oraciones a la Inmaculada María, madre de Jesús el Cristo; el que fue enviado por el Creador para el tormento de la Cruz; un hecho que fue trazado por los judíos en Jerusalén y al que vosotros mancilláis todos los días sin recato alguno.
-La prevaricación nos está acechando sin respiro en el corazón de los antirreligiosos, que no desean que la Iglesia de Pedro disfrute de bonanza alguna, en los templos y ni en las parroquias del mundo, fieles a la Iglesia y creyentes en Dios.
Cuando al fin, después de vaciar la mesa de bollos y chuchearías, dio término a su desmedido apetito, la reunión de ese día comenzó con unas palabras de introducción que decía siempre el Abad:
-Mis devotos fraternos de la Iglesia del Señor.
-Hoy estamos inmersos entre las piadosas plegarias y oraciones a la Inmaculada María, madre de Jesús el Cristo; el que fue enviado por el Creador para el tormento de la Cruz; un hecho que fue trazado por los judíos en Jerusalén y al que vosotros mancilláis todos los días sin recato alguno.
Reinaldo, sentado en su despacho, espera paciente-mente pensando en que finalizase de comer de una vez, el tragón del Cardenal, antes de que produjera su enorme glotonería el confirmado ataque de gota que su Eminencia padecía de continuo.
Cuando al fin, después de vaciar la mesa de bollos y chuchearías, dio término a su desmedido apetito, la reunión de ese día comenzó con unas palabras de introducción que decía siempre el Abad:
Los demás se conformaban con mirar con el rabillo del ojo al experto manejo del desayuno que tenía el príncipe de la Iglesia.
Reinaldo, sentado en su despacho, espera paciente-mente pensando en que finalizase de comer de una vez, el tragón del Cardenal, antes de que produjera su enorme glotonería el confirmado ataque de gota que su Eminencia padecía de continuo.
La mesa estaba repleta de golosinas y de bizcochos calientes, que acompañaban al bienoliente café que tomaba el Cardenal Mariani.
Los demás se conformaban con mirar con el rabillo del ojo al experto manejo del desayuno que tenía el príncipe de la Iglesia.
Mientras el instinto frío y calculador de Remigio se afanaba en planificar convenientemente su taimada traición al Cardenal y al Prior, otros personajes y el Cardenal, tenían la rutinaria reunión en el despacho del Abad.
La mesa estaba repleta de golosinas y de bizcochos calientes, que acompañaban al bienoliente café que tomaba el Cardenal Mariani.
Ahora estaba a punto de dar el paso definitivo, para ayudar al Temple y preparaba minuciosamente un encuentro con el Maestre, porque Remigio ya savia por espías de la Iglesia que llegaban al Monasterio, que los caballeros templarios estaban en la zona de Santa María de Lebeña.
Mientras el instinto frío y calculador de Remigio se afanaba en planificar convenientemente su taimada traición al Cardenal y al Prior, otros personajes y el Cardenal, tenían la rutinaria reunión en el despacho del Abad.
Victoriano, sin imaginarse que había sido recono-cido por sus muchas andanzas mujeriegas por toda Cantabria, fue ayudado sin mesura por el cocinero mayor, aún sabiendo el riesgo que corría si el espía es descubierto dentro de los muros del complejo de la Iglesia.
Ahora estaba a punto de dar el paso definitivo, para ayudar al Temple y preparaba minuciosamente un encuentro con el Maestre, porque Remigio ya savia por espías de la Iglesia que llegaban al Monasterio, que los caballeros templarios estaban en la zona de Santa María de Lebeña.
Victoriano es conocido como caballero de la Orden del Temple por Remigio y por sus muchas aventuras con los caballeros templarios del pueblo de Los Corrales de Buelna, cercano a Torrelavega.
Victoriano, sin imaginarse que había sido recono-cido por sus muchas andanzas mujeriegas por toda Cantabria, fue ayudado sin mesura por el cocinero mayor, aún sabiendo el riesgo que corría si el espía es descubierto dentro de los muros del complejo de la Iglesia.
Aunque Remigio no era un caballero templario, sus maneras y su comportamiento se parecían mucho a los gestos y a la manera de ser de los servidores de Cristo y estaba decidido a darle su ayuda al Temple por encima de alguna duda que más razonable para tener que abandonar ese descabellado proceder.
Victoriano es conocido como caballero de la Orden del Temple por Remigio y por sus muchas aventuras con los caballeros templarios del pueblo de Los Corrales de Buelna, cercano a Torrelavega.
Pero sobre todo, después de la dura purga de jalapa que les metió a Monseñor y al Prior en el excelente banquete de bienvenida al Monasterio.
Aunque Remigio no era un caballero templario, sus maneras y su comportamiento se parecían mucho a los gestos y a la manera de ser de los servidores de Cristo y estaba decidido a darle su ayuda al Temple por encima de alguna duda que más razonable para tener que abandonar ese descabellado proceder.
Remigio sabía que estaba siendo vigilado por órdenes de Reinaldo.
Pero sobre todo, después de la dura purga de jalapa que les metió a Monseñor y al Prior en el excelente banquete de bienvenida al Monasterio.
El carácter generoso del maestro cocinero, le hacía enfrentase de continuo con el Prior del Monasterio, a sabiendas que ese comportamiento le perjudicaba las posteriores acciones contra la Iglesia que ahora parecía defender.
Remigio sabía que estaba siendo vigilado por órdenes de Reinaldo.
Remigio, mientras la guardia vigilaba sus piadosas vidas, se entrega sólo a los rezos y maitines, algo antes de prender con la leña seca los fogones de las cocinas de hierro y así disponer el desayuno para la clientela de tan belicosa época.
El carácter generoso del maestro cocinero, le hacía enfrentase de continuo con el Prior del Monasterio, a sabiendas que ese comportamiento le perjudicaba las posteriores acciones contra la Iglesia que ahora parecía defender.
La rutina se anquilosaba, por la diaria rutina dentro del viejo Monasterio y Reinaldo el Abad sabía, que esa sorprendente relajación, era enormemente delicada para todos. En cualquier momento el Temple podía atacar el Monasterio y eliminarlos a todos.
Remigio, mientras la guardia vigilaba sus piadosas vidas, se entrega sólo a los rezos y maitines, algo antes de prender con la leña seca los fogones de las cocinas de hierro y así disponer el desayuno para la clientela de tan belicosa época.
Los turnos de la vigilancia diaria, se repartían entre los curas Dominicos, Rufino, Claudio y Basilio por orden expresa del Cardenal Mariano y porque este no deseaba dejar su vida entre las manos inexpertas de los oficiales de la guardia Papal.
La rutina se anquilosaba, por la diaria rutina dentro del viejo Monasterio y Reinaldo el Abad sabía, que esa sorprendente relajación, era enormemente delicada para todos. En cualquier momento el Temple podía atacar el Monasterio y eliminarlos a todos.
Basilio el viejo inquisidor de Roa, estaba esa noche de encargado del servicio de la guardia y el sueño le estaba haciendo mella en su fatigoso organismo.
Los turnos de la vigilancia diaria, se repartían entre los curas Dominicos, Rufino, Claudio y Basilio por orden expresa del Cardenal Mariano y porque este no deseaba dejar su vida entre las manos inexpertas de los oficiales de la guardia Papal.
Las órdenes eran concretas y simples, disparar ente la duda, contra todo ser vivo que se aproximara al complejo defensivo exterior.
Basilio el viejo inquisidor de Roa, estaba esa noche de encargado del servicio de la guardia y el sueño le estaba haciendo mella en su fatigoso organismo.
Eran las cinco de la mañana y la guardia nocturna que estaba de servicio en el interior y en el exterior del complejo defensivo del Monasterio, se alegraba del buen final de esta jornada de fatigoso trabajo de vigilancia.
Las órdenes eran concretas y simples, disparar ente la duda, contra todo ser vivo que se aproximara al complejo defensivo exterior.
15
La estancia se hallaba repleta de guardias del Papa durmiendo apaciblemente en las literas distribuidas por las paredes de una nave, las armas automáticas de los apacibles durmientes estaban en el centro del pasillo, apoyadas unas contra las otras, esperando a los guardias del Santo Padre.
Eran las cinco de la mañana y la guardia nocturna que estaba de servicio en el interior y en el exterior del complejo defensivo del Monasterio, se alegraba del buen final de esta jornada de fatigoso trabajo de vigilancia.
-Cífrala en retruécano y envíala ahora mismo.
Le dijo Corona a Maica a la par que abandonaba el laboratorio y se retiraba a sus aposentos.
15
La estancia se hallaba repleta de guardias del Papa durmiendo apaciblemente en las literas distribuidas por las paredes de una nave, las armas automáticas de los apacibles durmientes estaban en el centro del pasillo, apoyadas unas contra las otras, esperando a los guardias del Santo Padre.