Mientras mi adorada Pitita tomaba el sol en Panjón, un servidor, camuflado bajo el sombrero de paja, mucho más cómodo que la gorra de quepis, se dio una vuelta por las calles aledañas a la playa.
Subí hasta un templo cercano que pretende remedar el arte de Gaudí y, una vez en la puerta, observé al diácono Pachi, mientras impedía a una jovenzuela muy bien parecida, ataviada con un escaso bikini y un vaporoso pareo, el acceso al sagrado recinto.
La joven protestó con el ímpetu propio de la edad:
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Subí hasta un templo cercano que pretende remedar el arte de Gaudí y, una vez en la puerta, observé al diácono Pachi, mientras impedía a una jovenzuela muy bien parecida, ataviada con un escaso bikini y un vaporoso pareo, el acceso al sagrado recinto.
La joven protestó con el ímpetu propio de la edad:
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