Nada como disfrutar de la vista de los arbotantes de 30 m de altura, descubrir insólitas perspectivas de
arcos dentro de otros arcos. O simplemente, dejarse llevar por los pasillos de arena entre muros de pizarra, como en una imponente y caprichosa nave central. Y siempre, los pies en la arena y la cabeza en el
cielo. Estamos en la
catedral del
mar.