SAN PEDRO DE MERIDA: Recordaba como su padre al verles, se puso tan contento,...

Después del triunfo del Frente Popular, en las elecciones de febrero del 1936, algunos jefes del ejército encabezados por Mola y Franco, que contaban con el soporte de sectores de la derecha, preparan una sublevación militar para poner un punto y final al régimen republicano.
La sublevación se inició en Marruecos el 17 de julio de 1936 y al siguiente día se alzaron en armas varias guarniciones militares contra el gobierno de la Republica.

En Madrid, Barcelona, Bilbao, Asturias y en otros muchos núcleos urbanos de la península, la resuelta reacción popular impidió el triunfo de los militares sublevados que se proclamaron nacionales.
Fue para el pueblo llano un estimuló especial en los primeros momentos de rebelión militar para que se iniciase en toda España un amplio proceso revolucionario.
Un hecho histórico que se inicio en el campo y continuó en las otras provincias de España.

Mientras en las zonas de Galicia, el norte de Castilla, en Navarra, en Cáceres, en Sevilla, en las Baleares y en las islas Canarias, los sublevados permanecieron fieles al General Franco y a Mola, en Asturias, en el País Vasco, Cataluña, Valencia, Madrid, en el sur de Castilla y en la Andalucía, los militares de los cuarteles se mantuvieron fieles a la República.

El día 6 de agosto la guarnición de Melilla mandada por el General Yagüe, cruzó el estrecho y avanzando por las provincias andaluzas y conquistando las dos provincias extremeñas.

Saliendo desde la comarca de Navarra, el General Mola conquistó la localidad fronteriza de Irún, en el día 5 de septiembre y aisló toda la cornisa cantábrica.

El 1º de octubre de 1936 los militares sublevados proclamaron al General Franco, Jefe del Estado y Generalísimo de los ejércitos que se sublevaron en contra de la joven República.
La neutralidad de los países europeos no es respetada por los gobiernos de Italia y Alemania.

Mientras el Gobierno legal de la Republica recibía la ayuda exterior de la Unión Soviética y Francia, y la efectiva, emblemática cooperación, de los miembros de las Brigadas Internacionales.

Largo Caballero es elegido Presidente de Gobierno en el mes de septiembre del 1936 dirigiendo de la Presidencia de la Nación española, la recluta y ordenamiento de las milicias republicanas, para transformarlas en un ejército regular.

En noviembre de este año los militares rebeldes iniciaron una campaña sobre Madrid, que era su objetivo principal en los primeros meses de la guerra y entonces el gobierno republicano se vio obligado a trasladarse a Valencia.
La derrota de las malamente preparadas tropas del fascis-mo italiano en la batalla de Guadalajara y en la del Jarama de marzo de 1937 imposibilitó, que el ejército de los rebeldes, los llamados nacionales, tomaran Madrid.

El día 26 de abril los aviones de la Legión Cóndor de los alemanes bombardearon la ciudad de Guernica, y el día 19 del mes de junio las tropas del General Franco ocupan la ciudad de Bilbao.

El ejército republicano inicia la gran ofensiva de Brunete el mes de julio del año 1937, a la que sigue la ofensiva de Belchite en agosto del mismo año.

Con la toma de la ciudad de Gijón y de Avilés, en el mes de octubre del mismo año, los ejércitos de los sublevados logran culminar con un completo éxito la conquista de la cornisa cantábrica.

En el mes de octubre el Gobierno Republicano, que es presidido desde el mes de agosto por Negrín, es trasladado con urgencia hasta la ciudad de Barcelona.

En el mes de diciembre del año 1937, se inició la cruel y dura batalla de Teruel, que terminó con el total triunfo de los ejércitos rebeldes y, la ciudad de Teruel fue ocupada el día 22 de marzo.
A esta derrota, tan significativa para el resultado final de la guerra, le siguió el imparable avance de las llamadas tropas nacionales hasta el Mediterráneo, que se efectuó por Vinaroz el día 15 de abril.

Con la fulminante llegada de los ejércitos nacionales ha las costas del Mediterráneo, todo el territorio español que controlada la República quedó dividido en dos pedazos totalmente aislados.
Después del triunfo nacionalista en la batalla del Ebro, un enfrentamiento que duro desde julio hasta noviembre de 1938 los ejércitos del General Franco efectúan sin tener mayores obstáculos la ocupación de Cataluña.

El día 26 enero del 39, es ocupada la ciudad catalana de Barcelona y muy pocos días después los ejércitos rebel-des llegan a la frontera francesa el día 9 de febrero.
El Gobierno de la República se derrumba a causa de las continuas derrotas.
Madrid es tomado el día 28 del mes de marzo y la ciudad de Valencia cayó el día 30 de marzo del año 1939.
Y finalmente el día 1º de abril del 1939 el mismo General Franco redacta el último parte militar, a través del cual se finalizada la Guerra Civil.
El trágico balance de los inmolados, en este feroz y sangriento enfrentamiento entre hermanos oscila en el millón de muertos. A los que tendríamos que añadir la reveladora cifra de 600.000 exilados políticos.

JULIO DE 1936
El bracero encorvado está segando bajo el implacable sol, sin un instante de paz ni reposo el alto y esplendoroso campo de trigo.
A Pulo, que así le llaman sus amigos y familia, le empapa y chorrea el sudor que humedece el descolorido y sucio jubón de lino que lleva puesto.

Tiene el cansado jornalero, tres dedos de la mano izquierda embutidos en un dedil, hecho de dura madera de encina, con el cual atropa las espigas del perfecto trigo dorado, mientras con la otra mano secciona con la afilada hoz a la base de las espigas para liberarlas de su ligazón con la tierra.

Las cuadrillas de jornaleros habían iniciado la siega antes del amanecer, para así adelantar el duro trabajo de segar antes de que despuntara en el horizonte el caluroso sol cordobés. Esto lo hacían todos los días para trabajar algunas horas con la escasa frescura de una corta madrugada. Se apresuraban a trabajar en estas cortas horas de escasa y ridícula frescura nocturna, antes de que asomase por el horizonte el implacable y ardiente verano cordobés.

Precisamente ese verano de 1937 las cuadrillas de jornaleros del pueblo serrano de Belálcazar, segaban las tierras de labor de una hacienda que tenía el Marques Blanco de la Sierra, en el pequeño pueblo llamado Dos Torres, que estaba situado en un Valle llamado de los Pedroches, que se halla en plena serranía de la provincia de Córdoba.

Cuando el agobiante sol del verano se hallaba en lo más alto del firmamento y el ardiente calor apretaba este día con verdadera crueldad, Paulino como el organizador de la siega decidió suspender la agotadora tarea a las cuatro cuadrillas que allí segaban para merendar y para reponer las fuerzas por el pulverizador trabajo que desarrollaban en el campo.

Los estómagos y cuerpos de todos los hombres y mujeres que allí había, estaban exhaustos, vacíos y deshidratados por la permanente y prolongada sudoración. Las barrigas se estremecían con gran violencia en sus vacías entrañas, no pudiendo aliviarlos de tanta fatiga la dilatada ingestión de agua que bebían de los enormes botijos recalentados por el implacable sol del estío.

El mayoral del Marques, que contrataba a los segadores y a las cuadrillas, es un descarado déspota y un desalmado cacique para los hombres y las mujeres que este déspota personaje tenía bajo su mando.

Acostumbrado a imponer su voluntad, por la miseria y el hambre de los demás, ordenó también a su señora el ama que hacía la cocinera para los segadores, detenerse para merendar.
Ese espabilado bribón, no lo hacía por el placer del atajo de rojos hambrientos, cómo les llamaba incesantemente para irritarlos y hostigarlos, sino por que él y su mujer estaban los dos hambrientos y sedientos.

El Marques recomendaba constantemente al mayoral, que para poder incriminar al jornalero a que rindiera algo más en el penoso trabajo, su señora la cocinera debía nutrirles convenientemente con cuantiosa caldereta para que todos los mozos recobrasen nuevas energías y así recolectasen sus campos con más brío, empeño y frenesí.

El carretón que hacía de cocina y llevaba las mantas, con la intendencia, se hallaba estacionado cerca del tronco de una encina, donde la mujer del capataz, que era la cocinera autorizada para guisar para todos, había preparado la comida.

Una sobrellevada subsistencia de crisis, que el Marques les suministraba y que estaba unida a los miserables jornales, para que los desorganizados y resignados braceros segasen el trigo de sus campos.

El jornalero Paulino Godoy malvivía con los dos hijos y su mujer en el pueblo de Belálcazar, él no segaban esta jornada en la campiña cordobesa, el trigo sólo, tenía al lado a Marcos y a Roberto, con 16 y con 15 años, unos estupendos hijos que se atareaban a su vera con mucho más constancia y más brío que experiencia.

Toda la familia del humilde jornalero estaba obliga a trabajar en lo que fuese, por penuria y la miseria que tenían en la vivienda del pueblo. Eso obligaba a todos los miembros de la familia de Paulino a tener que trabajar muy intensamente en los escasos meses del agobiante verano, en los cuales al menos había faena de siega.

Después que finalizada la penosa labor de todo el verano, los miembros de la humilde familia de jornaleros volvían a quedarse parados. Cómo se quedarán inmovilizados el resto del año los jornaleros del pueblo en los agobiantes meses del largísimo periodo del otoño y del invierno, en los cuales no había trabajo alguno para nadie.

Aunque los dos hijos de Paulino le retrasasen un poco el trabajo por sus escasos años y tan ridícula experiencia. Sus hijos con la diligente ayuda de su padre, mantenían la labor en la cuadrilla y por ello la faena de siega iba en consonancia con las demás cuadrillas que eran bastante duchas en el antiguo oficio de la siega y tenían mucha más experiencia que sus dos inexpertos hijos. Y por esto, las otras cuadrillas de jornaleros al ver el avance del tajo de Paulino, se asombraban por tan titánica fuerza y por su enorme tesón, y no le podían reclamar nada porque llevaba en perfecto orden el corte de las fanegas de trigo que a su cuadrilla les había tocado segar.

En lo más insondable de sus corazones los jornaleros del pueblo valoraban esa fuerza y este tesón de un padre por ayudar a los hijos. La regordeta planta, era la clásica estampa de este experto labrador del alta y añeja Andalucía con la existencia malvivida y como bien podía.

Paulino Godoy tenía la figura desgarbada, chaparrita y fornida, más bien tirando hacía abajo y algo regordeta pa-ra tan escasa esbeltez. Su fisonomía y su rostro tenían la dúctil oscura y áspera piel, que es debido sobre todo a los largos días de fatigosos trabajos a pleno sol. Un aspecto que le daba a tan corta figura un cierto talante castrense y militar, un aspecto absorbente y atractivo para los demás.

Su fino y escaso pelo comenzaba en una amplia frente que arrancaba desde las dos pobladas cejas, las cuales le resaltaban recias y peludas por encima de dos ojos que parecían recelosos y desconfiados cuando se ajustaban en la nariz algo aguileña.

Todo el aspecto y el conjunto de su personalidad, daban a Paulino la consideración y un acatamiento inmensos. El experto jornalero poseía la gracia que transmite el semblante plenamente tostado por el implacable sol del estío cordobés, dentro del esplendido físico sin apenas ninguna arruga.

Su aspecto habitual hacía que Paulino se pareciese mucho en lo físico, al más joven General del ejército español apellidado Franco.

Cuando al final se sentaba en la sombra de una altísima encina con sus dos hijos, estaba reventado por tan dura mañana y por el fatigoso trabajo de la jornada que apenas había comenzado.

Y para conseguir mitigar de alguna manera tanta fatiga, Paulino apoyaba su ancha espalda contra el retorcido y atormentado tronco de la anciana encina, para aligerarse contra el árbol de este agotamiento y apresurar de alguna manera la enorme postración que hacía debilitar a su mal-trecho organismo sin pausa ni respiro.

La humeante caldereta estaba guisada con la carne de un borrego y con la abundancia de tiernas patatas triscadas y añadidas en el aceite, la cebolla y el ajo y de otras especias añadidas y adecuadas para tan elaborado y gustoso guiso tradicional y nutritivo.

Cada una de las cuadrillas de segadores recibió para co-mer la parte correspondiente de esa gustosa caldereta que la matrona del capataz había guisado para ellos.

La comieron rápidamente las cuadrillas sentados todos en torno a una única perola. Sus brazos y el apetito hacían moverse sin reposo y sosiego a las cucharas de madera y todos con diestra habilidad y gran presteza la introducían en la perola de hierro que se hallaba colocada en el centro de cada una de las cuadrillas de segadores. Recibieron este día cada uno de los grupos, además de la caldereta, una gruesa rebanada de un pan que estaba duro, para cada uno y esto fue todo.

En este hambriento día, al escaso guisó de borrego que se esfumó tan veloz, que desapareció como por encanto. Es más por la pujanza del enorme apetito que todos tenían, que por la escasa y rala cantidad de comida que los jornaleros habían recibido ese día.

Tampoco habían disfrutado en esta escasa comida, de la clásica ración de vino de pitarra para comer ese día, sólo pudieron mitigar su insaciable sed, con los dos enormes botijos de agua tibia y muy recalentada por el implacable calor.

Tanta mezquindad y tanta miseria hacía padecer mucho al dirigente socialista Paulino y mucho más estando trabajando con sus hijos se sentía más humillado que nunca. Lo había soportado hasta ahora, no por ellos, si no por la miseria y por la hambruna de las esplendidas mujeres de la sierra andaluza, que eran una mayoría en los segadores aquel día. A la mujer le interesaba más que a nadie ganar el jornal para vestir y alimentar a la interminable caterva de hijos que tenían esas pobres mujeres en sus casas. El capataz, que era el más perfecto cacique que ser humano pueda encontrar, acostumbraba a robar a los todos pobres braceros, todo lo que caía en sus manos sin ningún freno. Por la intensa hambre que los hombres y mujeres del pueblo padecían, él comía junto a su comadre separado de las cuadrillas para ocultarles su insaciable avidez y su glotonería. Se ocultaba disimulante entre las espesas jaras con su marrullera mujer para que no viésemos los demás los alimentos que los pillastres nos robaban.

La envidiosa y ansiosa ojeada a estos alimentos, de todos los segadores, no pudieron evitar de ver unas longanizas, pringosos chorizos y el oloroso y añejo queso que los dos caciques comían.

Además la ladrona pareja regodeaba todo su festín, con la añadidura de atractivas rebanadas cortadas de una enorme hogaza de pan tierno y crujiente. Los buenos manjares que comían los dos caciques, iban seguidos por tragos de vino de terrosa pitarra.

Lo que además de tan buena pitanza ayudaba a la experta pareja de aprovechados ladrones a tragarse sin problemas tan buenos alimentos.

El aire en aquellos mediodias del verano apenas se movía en el campo. El agobiante calor y el silencio envolvían a las gentes en un abrazo de calor poderoso que introducía en los cuerpos cansados de los segadores el sueño de una obligada siesta.

Pero ese día no era como todos los demás, porque se notaba algo especial en la albergada de los segadores.
Alguna cosa percibían en ese tirante ambiente para que todos ellos se quedaran despiertos y atentos a los extraños eventos que la gente intuía.

Nadie dormía la obligada siesta andaluza, aunque ya había pasado bastante tiempo desde el instante que los segadores habían terminado de comerse las pocas viandas que les habían dado. Sentían en lo más recóndito de sus corazones una razón imperiosa de finalizar de una vez por todas con la degradación y esa desigualdad que padecían los pobres en Andalucía.

Paulino se encontraba enfurecido consigo mismo por haber consentido en silencio los diarios abusos del manijero del Marques de Dos Torres y estaba además bastante enfadado con los segadores de las cuadrillas que trabajaban allí, porque había notado en todos ellos un resignado y fatal conformismo. Los veía como esos aduladores que se someten sin protesta alguna y estaban siempre al libre albedrío del miserable trato que todos ellos recibían del aprovechado capataz, que se beneficiaba descaramente de todos los que contrataba en el pueblo.

El reconocía la inmoral corrupción del Marques, para explotar al pueblo interesadamente y el aristocrático personajillo oprimía cada año más si cabe, a los braceros que contrataba para sus grandes fincas cordobesas. El lucro, en una miserable paga que les daba, eran beneficios para él y era miseria para las gentes que no tenían ninguna otra posibilidad que acatar sus santas voluntades. Pero Paulino conocía, como lo sabían todos los demás, que el capataz les robaba una parte sustancial de la miseria que cobraban y comían. De continuó les sustraía el vino, el tocino, el pan y casi la mitad de las comidas. Y la mísera desfachatez de quedarse con una parte de la paga que les daba por el trabajo.

Pulo ya arto de tanta injusticia decidió poner las cosas en su justo lugar y le dijo a sus hijos:
¡Preparad todos los avios que hoy seguro nos vamos al pueblo! ¡Porque a ese cabrón de capataz yo le voy a decir dos palabritas que no le van a gustar!
¿Usted no se corte padre, que para miserias, ya tenemos suficientes con las nuestras?
Lo tengo que hacer aunque sólo sea por principio y por los derechos de los trabajadores.

Con las nuevas leyes de la Republica que estaban en marcha ahora podían reclamar más justicia para el pueblo.
Y él lo haría para dar ejemplo a sus hijos, que estaban más debilitados que antes de comer.

Conocía el alimento básico que el Marques les asignaba a cada uno de sus braceros de la siega como rancho para comer y cenar, y ello consistía, en una buena ración de caldereta de borrego junto con un buen pedazo de tocino fresco, todo ello acompañado de la cuartilla de vino y de media hogaza de pan tierno.
Ese añadido básico faltaba todos los días en la siega y lo robaba descaradamente el capataz y su desvergonzada mujer.

Además si alguno de los segadores se atrevía a reclamar alguna cosa, enseguida era desalojado del trabajo y no podía segar más para el Marques.
Mientras contratase en la plaza del pueblo este capataz nunca más el jornalero que protestase volvería a formar parte de sus cuadrillas.

Paulino como no resistía ya más se levantó con la rabia contenida desde hacía muchos años y acumulada en la cabeza desde su más tierna infancia.

Reclamaría por todos los recuerdos de larga miseria que soportaron sus abuelos, sus padres y ahora el pueblo entero, sin que los grandiosos señores tuvieran misericordia ninguna hacía ellos.
El terrateniente desde hacía siglos estaba sostenido por el tradicional capataz adulador, que como soez cacique prosperaba a la sombra del latifundista de turno, a costa de explotar a las familias pobres en su entorno y por los pueblos del contorno en donde estaban las fincas de sus señores.

Paulino, habló con coraje y valentía en la fogosa tarde cordobesa. Hablo con potente voz y salio en defensa de los desesperados jornaleros, alargando el brazo, señaló al capataz y a su mujer diciendo:

_ ¡Compañeros!
_ Ese explotador que tenéis ahí delante, los días de siega nos roba con descaro el jornal y la comida.
_ Ese voraz glotón y su despiadada hembra, abusando de nuestra necesidad desean matarnos de hambre y engordar con nuestro sudor. El Marques nos paga un mísero sala-rio por el fatigoso trabajo y nosotros se lo aceptamos por necesidad y porque aún no hay en nuestro pueblo otra cosa mejor. Pero también sabemos que el Marques no escatima la comida a sus segadores, dando unas raciones que por lo menos tienen que ser abundantes y justas. Lo que el dueño de estas tierras ordena a la mujer del capataz que nos prepare todos los días de siega para comer, se compone de la caldereta de borrego para el almuerzo y de una ración de tocino seguido de un cuarto de litro de vino de pitarra y de medio pan tierno por persona.

_ ¡Compañeros!
_ ¿Que nos han ofrecido hoy estos dos miserables para comer?
_ Solamente nos han dado una mezquina y muy pobre ración de caldereta con un trozo de pan duro y nada más.
_ Pero para mí y para mis hijos camaradas, se acabó el robo y el pillaje, desde ahora se terminaron las rapiñas y los abusos de estos explotadores.
_ ¡Acuso al capataz y a su mujer, aquí y ahora, de ser un miserable y unos ladrones! Y le acuso delante de todos, de robar con descaro una parte de nuestro salario. Dinero que necesitamos imperiosamente para que puedan malcomer nuestros hijos.
Es un salario miserable, que nosotros nos ganamos con esfuerzo y con tantas penalidades para que sobrevivan nuestras familias.

Paulino después de pronunciar estas palabras giró la mirada en su entorno, observando a la variopinta multitud que había en el campo entre las cuadrillas de segadores.

Cuando Paulino los vio estaban todos avergonzados con la cabeza gacha no osando ninguno mirarle la cara. Muy resignado por tanta cobardía, enmudeció de su discurso y desanimado le ordenó a sus hijos que recogieran los avíos porque se iban rápidamente al pueblo.

El desalmado capataz, que en el preciso instante en que Paulino hablaba se encontraba en la delicada faena de masticar un enorme trozo de lomo.
Al escuchar la fogosa perorata de Paulino, se atragantó, y su rostro se tornó rojo como la grana por el exceso de carne y por la abundancia de ira.

Al ver en ese estado a su marido la mujer violenta por las verdades de Pulo, se abalanzó desesperada sobre el marido dándole con bizarra energía, fuertes golpes con las dos manos en la espalda, hasta que al final logró que su esposo expulsara impetuoso por la boca la parte de la comida junto con el buen trozo de lomo.

El capataz tosiendo con gran violencia se levantó respirando entrecortadamente con dificultad hasta que poco a poco se restableció del peliagudo trago que había pasado por cacique y ramplón.

La mueca de asombro entre la mayoría de los segadores le dio alas suficientes para creerse que aún dominada la situación.
Entonces con esa prepotencia clásica de todos los cabos de vara, que piensan que con la amenaza y con el miedo pueden dominar a los demás, se dirigió con im-periosa voz al grupo donde estaba la gente del colérico

Paulino diciendo:
_ ¡Socialistas ingratos de mierda!... La culpa es solo mía por dar de comer a gente de vuestra calaña. ¡Largaros de inmediato de estas tierras! ¡Los de tu ralea no trabajareis jamás para mí!

Paulino encolerizado le respondió:
_ ¡Los solos y únicos asquerosos de mierda que hay aquí, sois tú y tu ladrona mujer!
¡Paganos ahora lo que nos de-bes que nos marchamos!

El revuelo fue general.
Los demás segadores que conocían muy bien los ruines trucos del capataz y porque estaban también cansados de que les robara el sudor de su trabajo aprovecharon la oca-sión para reclamar al capataz que les abonara también las soldadas que habían ganado porque también abandona-ban la siega.

El capataz viendo lo que se le venía encima y por temor a que lo allí ocurrido llegara a los oídos del Marques, trató de calmarlos ofreciéndoles algo más comida y una paga integra de toda la soldada cuando se finalizara la siega de la finca.

Paulino consulto con la mirada a los demás y viendo los gestos afirmativos de todos, decidió que era mejor conti-nuar el trabajo. Más adelante todos tendrían tiempo de marcharse del trabajo si el capataz del Marques no cumplía fielmente su palabra.
El período de los abusos indiscriminados de capataces y de señoritos se había terminado.

Con la llegada de la República a España algunos obreros ya comenzaban a levantar la cabeza, en contra la explotación y continuo desprecio de las clases dominantes.

La mujer a una orden del manijero, muy acelerada, distribuyó de inmediato entre el hambriento personal parte de las raciones robadas. Los segadores, aprovechando el grato momento, comieron con verdadero placer y ganas, largas lonchas de tocino, con ristras de chorizos.
Todo ello regado con el dulce y agradable vino de pitarra, que era acompañado con el pan tierno que pudieron comer.

Cuando Paulino, que ahora es por derecho propio el portavoz de los segadores, lo creyó conveniente, volvieron al trabajo a su mandato y recomenzaron el durísimo tajo con renovada energía.
Segaron sin detenerse un solo instante, hasta que la caída de la noche impidió que continuasen trabajando.

Cuando llego la oscuridad de la noche y las gentes abandonaron el trabajo, todos se retiraron cansados hacía el carro de cocina en donde les esperaba una copiosa cena.
Después de haber cenado bien, sé acostaron radiantes y rendidos, para recomenzar de nuevo la sudorosa tarea al despuntar el alba.
La caldereta con el tocino y pan que había preparado la cocinera esa noche fue tan abundante que sobró.

Al capataz se le había tragado la tierra.
Después de tan acalorada discusión, el personaje había desaparecido del campo dejando a la mujer la tarea de alimentarlos.

Cuando la noche bochornosa descendía implacable hacía los campos de la alta Andalucía, se acostaron los jornaleros entre los mullidos haces de la paja seca.
Entonces los segadores sintieron que por primera vez en sus miserables vidas eran tratados como seres humanos.

DOS TORRES, LA MISMA NOCHE
El terrateniente Blanco de la Sierra, era Marques por haber comprado el título nobiliario a la Corona de España, como otros muchos nuevos aristócratas. Aun cuando este dejaba bastante que desear, por la escasa educación en el protocolo y en las diarias maneras de su bastardo e inculto proceder.
Aunque era también, por la tenue penuria que ese ostentoso personaje había adquirido en lo cultural y en la clase social.

Esa noche, el pomposo Marques había congregado en su casona de Dos Torres a todos los mandos de la falange de la zona. Las escuadras de falangistas de todos los pueblos y las aldeas del Valle de los Pedroches, estaban reunidas en su despacho. Los hombres que estaban implicados en la rebelión contra el Gobierno de la Republica se encontraban reunidos en la gran casona de piedra de sillería en donde residía junto con su familia Blanco de la Sierra.

Faltaban solamente dos días para que se iniciase el tan esperado levantamiento militar en contra de la República y la gran premura para prepararlo todo convenientemente era evidente entre los allí reunidos.
Los responsables de cada zona de Valle sabían que la urgente reunión se había convocado para iniciar el golpe militar.

Todas las jurisdicciones de milicianos que fuesen fieles a la República y todas las milicias armadas debían de ser neutralizadas por los falangistas y por todas las personas que fuesen fieles al alzamiento.
Ellos, con los guardias civiles leales y con el factor sorpresa, debían de ocupar el 17 de julio, y mejor de noche, todos los puntos clave de cada uno de los pueblos del Valle.
Pero la primera acción para ganar esa batalla esencial, es que ocupemos primero todos los ayuntamientos de la comarca, decía el Marques Blanco de la Sierra, y como oficial retirado del ejército y el máximo responsable de esta revuelta contra la República en la zona del Valle de los Pedroches, tomó rápidamente la palabra y se dirigió con su voz grave a los allí reunidos:

_ ¡Camaradas falangistas!
_ El levantamiento que ordena hacer el General Franco y Mola, espera de todos nosotros un total sacrificio y la disciplina requerida para que la gloriosa cruzada nacional se inicie con la precisión necesaria para el bien de la pa-tria y para el bien de todos los que estamos involucrados en ello.

Debemos de terminar con el descontrolado movimiento anárquico y con el sistema comunista en esta zona que es estratégica para que triunfe nuestro alzamiento.
Los grandes movimientos militares comenzarán en todas las plazas fuertes en el norte de África el día 18 de julio a las doce en punto de la noche si los informes secretos son exactos.
La primera acción que deben realizar nuestras aguerridas tropas que llegan desde África será la más delicada para todos nosotros.

Trasladar todas estas tropas adictas en los barcos disponibles hasta las costas del sur de la península, es la prueba que determinará la liberación final de los territorios del sur de nuestra querida Patria.

Debemos eliminar a estas sanguijuelas rojas que pululan a su libre albedrío por toda Andalucía y Extremadura. y eso será el punto final de una nueva reconquista que se escribirán en los futuros libros de historia como una gran azaña que determine una victoria final para nuestra santa causa.

He recibido órdenes secretas y directas del General Mola, especificando con puntualidad los objetivos que tendre-mos que liberar en el día del alzamiento en esta provincia cordobesa. Una vez logrados esos objetivos emprenderemos el inaplazable trabajo de eliminar físicamente a las unidades revolucionarias que encontremos en los pueblos del Valle.

Tengo órdenes concretas para ocupar de golpe y debido al factor sorpresa la capital, Córdoba. Y una vez que hayamos ocupado la capital emprenderemos la liberación del mayor número de pueblos posibles por toda la provincia, incluida la serranía alta y todos los pueblos de este Valle.
Los jefes locales de la CEDA y de Falange que estaban presentes en la reunión, se revolvieron inquietos en sus asientos, porque todos sabían lo trascendental que era aquel instante y estaban muy intranquilos e inquietos hasta pasar las largas horas que faltaban aún para el levan-tamiento armado.

El capataz del Marques que estaba presente en la reunión levantó el brazo y pidió la palabra como responsable de falange de un pueblo llamado el Viso, que estaba cerca de Dos Torres.
_ ¡Camaradas ¡
Proclamó en voz alta el capataz del Marques con enér-gica tonalidad castrense.

_ Aunque la falange se encuentra preparada para el día del alzamiento en los pueblos del Valle, todos sabéis que bajan muchísimo nuestros medios técnicos y también que escasean los compañeros que preparados adecuadamente para el combate. Y a pesar de todo eso, aún carecemos de los pertrechos necesarios ni tenemos la munición necesaria para poder atacar y neutralizar a tantos milicianos que mangonean a su antojo por este Valle.
Porque todos los milicianos rojos se hallan bien armados y ocupando todos los ayuntamientos del Valle de los Pedroches.

_ Los rojos están mejor armados que nosotros y nos dominan en número y en preparación militar en los pueblos de la sierra. Para enfrentarnos a ellos con algún éxito, nosotros precisamos el apoyo logístico de los militares y que sólo nos pueden hacer llegar desde los depósitos y los polvorines que el ejército tiene en Córdoba.

El silencio fue total entre los golpistas que estaban allí reunidos.
Los abundantes gestos de afirmación y aprobación ante las acertadas palabras del capataz falangista, le obligó a dirigir la palabra al Capitán Blanco de la Sierra al ver la gran desmoralización de su gente. Tenía que retomar de inmediato la dirección de la importante reunión, antes de que se le escapase de las manos, diciendo:
_ De los pueblos que tiene el Valle solo puedo asegurar con verdadera certeza de uno entre todos los demás y es la lealtad de Pozoblanco.

_ Todos vosotros ya sabéis que es la única población que responderá este día a nuestra llamada para el alzamiento y por lo tanto es una ciudad ya nuestra y los camaradas que tengáis indiscutibles y serias cargas en estos pueblos, deberán concentrarse algo antes de las cero horas del día 18 de julio con sus familias en Pozoblanco.

_ Y los que no lo hayan conseguido hacer para esta fecha posiblemente estarán totalmente aislados de los demás y por lo tanto sus vidas y la de toda su familia correrán desde este momento serio peligro.

_ La orden que ahora os doy, es para que la ejecutéis sin tardar un instante todos los camaradas adictos a esta cru-zada de liberación nacional.

_ Debéis de evacuar los pueblos en absoluto secreto, sa-cando primero de ellos a todos los camaradas que estén más comprometidos con el alzamiento.

_ Los que estén más preparados para esas misiones deben de ayudar a los demás a evacuarlos de la zona sin peligro.

_ Tengo ordenes de que todas las personas de derechas y todas sus familias se encuentren en la capital del Valle antes de que todos nosotros comencemos la sublevación armada.

_ Las pistolas y los fusiles que tenemos aquí se hallan a vuestra completa disposición y serán distribuidos entre todos vosotros.
_ Debéis de utilizar las pocas armas que tenemos sin nin-gún temor y eficazmente en contra del enemigo común.
_ Y si alguno de vosotros fuera sorprendido por las milicias rojas es mucho mejor que muera matando a los rojos antes de tener que entregarse a ellos.
_ ¡Arriba España!
Grito el Capitán Blanco en cuanto terminó de hablar.

Cuando los reunidos se retiraron a los pueblos de destino, el oficial Blanco de la Sierra tenía ya todo preparado para irse en coche a Córdoba con toda su familia ya que el mando no quería que el jefe de la rebelión en la zona de la sierra quedase atrapado en el Valle como un conejo. Su experiencia militar era muy necesaria en la capital.

Además de su gran ambición personal y del grado de Capitán y Marques que tenía, todo ello le podía promocionar su carrera entre los representantes de la burguesía oficial.

BELÁLCAZAR 17 DE JULIO DE 1936.
Paulino Godoy estaba sentado en el centro de la mesa consistorial en una reunión política que había convocado urgentemente en el salón de actos del primer piso del Ayuntamiento.
Como máximo responsable del Partido Socialista en este pueblo tenía el deber de informar a sus amigos del rumor que corrían por el país de una inminente insurrección de algunos militares en las capitales de España y del norte de África en contra de la República.

Levantó el puño y pidiendo silenció habló:
_ ¡Camaradas!
_ La defensa de nuestras vidas, de nuestra libertad y de la República, está ahora más que nunca en nuestras manos y en nuestra propia capacidad de reacción.
_ Nosotros camaradas nos rozamos todos los días en las calles y plazas de nuestro pueblo con todos los fascistas que están comprometidos en la sublevación de la derecha reaccionaria. Son muchas familias de interesados sediciosos que conviven con nosotros en el pueblo.

_ ¡Camaradas!
_ Nuestro empeñó y la vigilancia se tiene que volcar en localizar estas malas calañas, que desean que los pobres jornaleros vuelvan otra vez a pedirles sus limosnas, a cambió de nuestro fatigoso trabajo de esclavos. Pero esto, estimados camaradas, desapareció afortunadamente cuan-do la República derrocó a la caduca y corrupta monarquía del rey francés. La caduca y aduladora monarquía, que se tuvo que marchar de España como se dice vulgarmente, con el rabo metido entre las piernas. Debemos estar ahora más vigilantes que nunca y tomar la iniciativa ahora que aún podemos, para neutralizar todos esos posibles brotes de rebelión en el pueblo.

_ Esta noche tenemos que detener a todos los elementos de la extrema derecha católica que sean sospechosos de sedición. Pero sobre todo camaradas hay que neutralizar a todos los elementos de la falange que están escondidos en sus casas a la espera del día de la sublevación.
Cuando Paulino finalizó de hablar en el amplio salón del Ayuntamiento de Belalcázar, que estaba rebosante de la gente que había, la militancia estalló en una atronadora salva de aplausos y de gritos de muerte a los fascistas.

Algunos de los más exaltados reclamaban de inmediato las cabezas de los caciques.
Cuando la internacional se terminó de cantar con el puño en alto, milicianos armados se disgregaron por las calles del pueblo rebuscando y registrando todas las casas de aquellos elementos más sospechosos de sedición. Cuando estaba amaneciendo los milicianos no habían encontraron a ninguno que fuese propio de derechas en el pueblo. Las casas de los posibles fascistas estaban todas vacías.
Solo encontraron en ellas a algunos criados.

La terrible y despiadada Guerra Civil entre padres, hijos y hermanos, estaba ya a punto de estallar en la vieja España.

Era un desafío terrible y sangriento, por ideologías y por religión entre los ciudadanos de las capitales de España y de los más remotos rincones de cualquier villa o aldea de la geografía española.

La caza de brujas había recomenzado en la triste historia de guerras civiles que tenía España.
La Guerra Civil número cien de los enfrentamientos entre españoles estaba a apunto de estallar.

Sangre abundante correría por las calles y por los campos de la patria.

PRISIÓN DE CÓRDOBA, 1939
El Comandante Blanco de la Sierra era jefe de la prisión de Córdoba desde el día de la ocupación de la ciudad, el 18 de julio de 1936.
La institución que mandaba el aristócrata cordobés estaba desbordada por la enorme cantidad de prisioneros que llegaban continuamente de todos los puntos de la provincia.
En las estrechas celdas que estaban abarrotadas no cabían más presos y ninguno podía dormirse en el suelo porque estaban tan apretados que dormían todos de pies, apiñados los unos contra los otros.

Y aunque en esta prisión los falangistas procuraban aligerar todos los días las celdas con continuos fusilamientos, que ejecutaban en la pared de piedra del cementerio, la cantidad de presos que llegan aumentan sin parar.

Todo ejecutado por órdenes sumarísimas del director y Comandante Marques Blanco de la Sierra como máximo responsable de la prisión de Córdoba.
El director de la cárcel tenía la obligación de identificar a cada uno de los presos que ingresaban en la cárcel.

Era un hermoso día de esplendoroso de verano, en el cual el director se hallaba en el patio revisando a los grupos de detenidos que llegaban diariamente de todos los pueblos de la provincia, cuando descubrió entre los presos que le habían enviado de Pozoblanco al jornalero de Belálcazar Paulino Godoy.
Al ver al sujeto en el patio de la cárcel el Comandante le reconoció inmediatamente porque el elemento que tenía ante sus ojos había trabajado en sus fincas cómo segador y sabía por su capataz que era un destacado y peligroso dirigente del Partido Socialista de Belálcazar. Blanco al tener delante al personaje, su primera reacción fue mandar que lo fusilaran de inmediato.
El tenía conocimiento de que el llamado Paulino era uno de los principales responsables de la muerte de patriotas falangistas y de las ejecuciones de gentes de la derecha en la zona de Belálcazar.
Unas ejecuciones que fueron decididas cuando el preso era responsable del comité de acción y vigilancia antifascista en el partido socialista de Belálcazar.

Blanco al contemplar más detenidamente al preso sintió una fuerte impresión al estar delante de una figura que le recordaba algo o alguien.
Después de observar a Paulino Godoy con mucha más calma y más atención, Blanco se dio perfecta cuenta de que el prisionero tenía un extraordinario parecido con el generalísimo Franco.
Era igual en todo, en su cuerpo, en su estampa, en su rostro, sólo era diferente en la suciedad que el preso tenía en la ropa y la cara. Pensando que podía serle de alguna utilidad decidió posponer la ejecución del preso y dio la orden de que fuera aislado y vigilado en una celda y fuese apartado de los demás reclusos.

Sin dudar ni un instante de lo que tenía que hacer con el prisionero, el director informó por escrito a Madrid de un extraordinario parecido de un cautivo con el caudillo. Y envió cifrado a Madrid un detallado informe para los servicios de información de Presidencia.
En el larguisimo y extenso comunicado informaba a los oficiales superiores, del extraordinario parecido que tenía el preso con Franco, por si a alguien en especial le convenía utilizarlo para la seguridad del Caudillo ó para otros menesteres.

Mientras esperaba pacientemente la contestación, Blanco no descansó un instante obsesionado como estaba con el físico del preso Paulino Godoy.
Y lo primero que se le ocurrió, fue asearlo bien y vestir al preso adecuadamente.

Después experimentó con el sorprendido preso de varias maneras y formas.
Le proporcionó una ropa militar de oficial superior igual a la que llevaba Franco y como se encontraba obsesionado ante su genial idea de hacer de este preso un doble del Caudillo, quería comprobar la impresión que causaría en sus subordinados la inesperada presencia en la prisión del Caudillo.

Blanco lo comprobaría un día en el despacho de la cárcel, cuando presentó al preso Paulino Godoy vestido con el uniforme de General, a dos se sus funcionarios de máxima confianza.
Cuando los subordinados vieron al preso con uniforme de General en el despacho de Blanco, emocionados levantaron de inmediato los brazos en alto y se cuadraron militarmente atónitos por la inesperada presencia del Caudillo en Córdoba.

Blanco que estaba radiante por el buen éxito de la prueba efectuada les ordenó bajo estricta pena de muerte, antes de que abandonaran su despacho, que debían mantener en celoso secreto tan inesperada presencia de Franco en la capital.

Pasados unos días las órdenes que le llegaron de Madrid fueron escuetas y claras.
Blanco debía salir lo más rápido posible hacía la capital Madrid, escoltando al citado preso y sin detenerse llevar al mismo al Palacio del Pardo directamente. Una vez allí entrarían todos en el complejo del Caudillo con los pases especiales que le enviaban junto a las órdenes.
Todo ello se debía hacer en el más estricto secreto y con la máxima prioridad. Y nadie que estuviera fuera de su jurisdicción debería de saber absolutamente nada de esta secreta operación que debía realizar.

Había una apostilla en el margen del documento que le indicaba:
El preso debe de viajar en un furgón hermético y cerrado.
El individuo en cuestión deberá de estar durante todo el trayecto con la cabeza tapada.
Sólo el Comandante Blanco tendrá contacto con el preso y viajará siempre con el en la parte trasera del vehículo. Llevaran toda clase de alimentos y los útiles necesarios para que en el trayecto el preso no tuviese que bajarse del vehículo.
Si cualquiera de los miembros de la escolta oficial en ese recorrido, viera el rostro del prisionero debe ser ejecutado de inmediato bajo la responsabilidad del Jefe del Estado.

PALACIO DEL PARDO, 1939
El jornalero de Belálcazar Paulino Godoy no salía de su asombro al contemplar todos los acontecimientos que le estaban sucediendo.
Desde el mismo instante que había ingresado en la prisión de Córdoba para él todo esto era sorprendente y muy extraño.
Primero, su aislamiento en una celda individual, le hizo sospechar desde el principio que seguramente los falangistas iban a torturarle para sacarle algún nombre de sus camaradas, antes de fusilarle.

El reconocía su completa responsabilidad en los hechos acaecidos en Belalcázar, pero él reconocía también que estos desmanes se habían producido por el odio acumulado en los siglos de opresión y de miseria.
El pueblo llano no tenía culpa alguna de poder sacudirse alguna vez en la vida de los terratenientes y de los caciques que les habían explotado durante cientos de años.

Cuando le capturaron los militares fascistas en el frente de Valsequillo, Paulino yacía herido y medio enterrado, sin conocimiento, entremezclado con los cadáveres con una herida superficial de bala en la cadera.
Estaba mezclado con los milicianos muertos en combate, que los prisioneros enterraban en una fosa común cercana a la zona de las trincheras en donde había sido herido.

Al ver que uno de los que parecían cadáveres rojos estaba aún vivo, el sargento que mandaba el equipo de enterradores pensó en rematarle allí mismo, pero la tenue sombra del destino de las personas y la suerte, acompañaron a Paulino este trágico día.
El fascista que estaba deseando rematar al herido, desistió porque había testigos que presenciaban los enterramientos masivos.
Había un grupo de oficiales superiores, acompañados por algunos sacerdotes que rezaban por la salvación de las negras conciencias de esa caterva de rojos, como llamaban a los muertos con acento burlón, despreciando la vida de seres humanos.
El suboficial al ver allí a tanto jefe se acobardó ante los personajes y les mandó que curasen al miliciano herido a los sanitarios.
Ordenó que después de curar al herido este fuese enviado al campo de concentración de Pozoblanco para poder interrogarle y averiguar quien era el miliciano.

Dada la confusión del momento que estaba unida a la escasa capacidad sanitaria del campo de prisioneros de la capital del Valle de los Pedroches, el herido en compañía de otros milicianos con heridas de guerra, fueron enviados a la prisión de Córdoba para una vez allí tener el oportuno interrogatorio, para después darles el tratamiento expeditivo más eficaz para cada uno de estos presos.
La casualidad y su gran parecido con el General Franco le habían salvado de momento la vida.

Ahora se encontraba bastante bien.
Se hallaba cómodamente instalado en una habitación del sótano del Pardo, aseado, limpio, uniformado, alimentado y asombrado a la espera de próximos e inesperados acontecimientos.
Ahora Paulino se consideraba un afortunado de la vida, la comida era buena, abundante y el ejercicio nulo y la ropa que le daban era de gran calidad.

Paulino se extrañó sobremanera al comprobar que los trajes que le mandaban poner eran siempre los de un militar de alta graduación con botas altas de cuero negro y la ropa interior y las camisas de algodón fino.

La formación a que le estaban de continuo sometiendo era muy sencilla y escueta. Tenía que vocalizar repetida e insistentemente todos los discursos de Franco, imitando su penetrante voz afeminada a todas horas sin pausa ni respiro alguno.
Escuchaba continuamente estos discursos grabados en los discos y el único trabajo que él tenía que hacer era repetirlos con fanática obstinación hasta que lo pronunciaba a la perfección.

También le fueron educando en las difíciles artes de la diplomacia y el protocolo, ante ficticias personalidades, que por la pinta que todos ellos tenían debían de ser los escoltas del Generalísimo que estaban disfrazados para su mejor adiestramiento.

El ascendido Coronel y Marques Blanco de la Sierra, era el único humano que podía dialogar con él, porque para esa misión concreta había sido ascendido al grado superior de Coronel.
Franco le había nombrado por sus muchos méritos y por haber encontrado por su cuenta y riesgo al doble del Caudillo, el segundo jefe de la guardia personal de su Excelencia.

El Marques, que se había trasladado con su familia desde Córdoba hasta el pabellón que en el Pardo había para los jefes de la escolta del Caudillo, trabajaba en la educación personal del sosias de Franco.

La única misión del Coronel era sólo la preparación de Paulino, para poder hacer perfecto el papel de doble del Caudillo y todo su entrenamiento y toda la preparación, iban encaminados en la misma dirección.

Paulino había tenido que jurar, bajo la amenaza de pena de muerte en el mismo día que llegó al Pardo, que se olvidaba para siempre de su pasado y que desde ahora su único trabajo era ser el doble de Franco con entera fidelidad al régimen.

Para que esta extraordinaria ocupación funcionara perfec-tamente era entrenado por el Coronel Blanco con fe y con dedicación.
Aprendía memorizando como actuaba la persona del Caudillo, en sus gestos, sus maneras y en todas las pautas del quehacer de su vida diaria, de su conducta y del timbre de su voz.

Alguna vez salía siguiendo al Coronel a pasear por los jardines del Pardo y los escoltas cuanto veían al doble del generalísimo se cuadraban sin notar diferencia alguna en el Caudillo real ó el falso.
Porque ninguno de ellos sabía que había un doble del Caudillo.

Cuando pasado un periodo corto tiempo Blanco confirmó a Franco que su doble estaba operativo, el Caudillo muy satisfecho por el empeño del Coronel, decidió que ya era hora de que comenzara el socialista, como Franco decía, a ganarse el sustento.

Y fue entonces cuando el antiguo dirigente y el jornalero Paulino Godoy de Belalcázar, empezó a trabajar de doble del Caudillo, a principios de la primavera de 1940.
Todo un carácter obrero, enfrentado con el poder.

Los pensamientos de un hombretón como Paulino, que había sido toda su vida un don nadie y fue uno de los millares de miserables asalariados del campo andaluz, le hacían retroceder en su pensamiento a su infancia en Belalcázar.
Allí junto a sus padres vivía al aire y al capricho de los capataces de los terratenientes que podían hacer de todos ellos su santa voluntad en el pueblo. Recordaba que una sola familia podía salvarse de ser llamada explotadora entre los latifundistas del Valle de los Pedroches, era la familia de los Rubios de Hinojosa del Duque. Esa gente, que era buena, fue la excepción a la regla de los abusos y de la prepotencia de todos los demás latifundistas de la región. Esa familia que era importante por el patrimonio de sus grandes fincas, fueron los únicos en el Valle que pagaban bien el trabajo de sus jornaleros y los trataban con humanidad. También se portaba con los jornaleros del campo y con otras personas sencillas esta familia, que eran censurados continuamente por otros terratenientes, porque saben que con el ejemplo que dan los rubios le disminuían sus abusivos y ladinos ingresos.
La verdad os hará libres, afirma un sabio refrán.

Los braceros del campo trabajaban diariamente de sol a sol para mal comer. Muchas veces penaban durante todo el día sólo por el mísero rancho que les proporcionaba el capataz de turno a cambio de una labor agotadora.
La carrera de aduladores del poder se impuso en la dura tierra de explotación para poder sobrevivir de la miseria.

Los jornaleros para obtener los favores personales de los amos, ofrecían a los lascivos caciques, incluso la primicia de sus mujeres, sin que le importara en absoluto la llamada moral cristiana que presuntuosamente predicaban en el pulpito los curas al gusto de los caciques en la Iglesia.
Indudablemente era porque la moralina fácil de los ricos estaba desaprovechada de antemano por esos continuados siglos de miseria y de sometimiento.

Ese era el adverso clima y ambiente en el que Paulino creció y ahora se veía irónicamente a sí mismo haciendo de doble de un miserable dictador llamado Franco.
Él lo saboreaba y sentía entre lo más profundo de su egoísmo humano un sentimiento de placer real porque ahora tenía alguna cosa que compensaba el tiempo de miseria y de fatigas pasadas.
Ahora si le favorecía la suerte conseguiría planear despacio su venganza y la emplearía sólo en cuando tuviese poder absoluto y en contra de los sádicos que habían hecho sufrir a su familia.
Para conseguir esos fines, Paulino debería de aprender rápidamente todos los misterios del poder real, y para obtener esa meta lo primero que tenía que hacer era dominar sus antiguos deseos libertarios.

En algunas ocasiones mientras actuaba de Caudillo le daban muchas ganas de asfixiar con sus propias manos a los asquerosos mandos del régimen que le agasajan en la creencia que estaban en presencia del Caudillo, y empezaba a comprender el proceder interesado de los latifundistas del pueblo.
La labor de todos ellos consistía en avasallar a los pobres para poder conservar sus capitales y sus privilegios intactos.
Ellos no podían permitirse ser magnánimos ni podían demostrar debilidad alguna. Y tampoco podían permitir que las clases sociales pobres y desamparadas pudieran aproximarse a su forma de vivir, ni tampoco a sus privilegios.
Para evitar eso recreaban la condición idónea para perpetuar la dependencia abusiva, aumentada y manipulada con la ayuda de la autoridad local.
Esos hombres privilegiados que por el poder, por la clase y por su dinero hacían hundirse cada día más en la miseria a los más pobres del pueblo.

El plan que preparaba el Caudillo Rojo, se regodeaba a en la mente de su arcaica inteligencia de campesino.
Si los acontecimientos futuros y el destino no se lo impedían, daría sin ayuda de nadie un magistral golpe de estado tan diplomático que jamás ningún otro lo osaría intentar en un próximo futuro en la historia de España.

Paulino Godoy ya planificaba su montaraz venganza al rememorar aquella fatídica noche en Belalcázar. Cuando los padres fueron sacados en la madrugada de la antigua casa del pueblo por los tres caciques asesinos que como ratas asquerosas de retaguardia eran nuevos adictos al régimen.
Arrastraron por las calles delante de las silenciosas gentes al padre y a su madre, con sadismo y sin ninguna misericordia a las celdas del Ayuntamiento.
Una vez allí fueron brutalmente golpeados toda la noche sin compasión alguna, y chorreando sangre por la calle los cuerpos heridos, fueron arrastrados y ejecutados al amanecer en el cementerio del pueblo

Paulino supo de la trágica muerte de sus padres algunos días después en la cárcel de Pozoblanco, de labios de un compañero preso que le conocía del pueblo.
Desde entonces juró vengar algún día tan brutal crimen.

Cansado dejó estos recuerdos tristes en su memoria, por que impedían que se concentrase en su actual trabajo de aprendiz de dictador.
Sentado en el palco principal de un teatro, estaba viendo una Opera, como primordial actor del papel que le tocaba vivir.
Actuaba igual que el Caudillo serió y disciplinado, como un autentico militar.

Todos los ministros del Gobierno, le contemplaban desde los vecinos palcos de preferencia, inclinando las cabezas en aduladores gestos hacía su persona y este aprendiz de dictador magnánimo, se levantaba sonriendo con el brazo en alto, obligando a los aduladores y a los espectadores que había en la sala a ponerse en pie y clamar con voz potente la nacional y patriótica frase:
¡Viva Franco!
¡Arriba España!

El Caudillo autentico mientras Paulino Godoy le suplanta, dormía placenteramente en su mansión del Pardo, conquistando adictos y popularidad a costa de un sufrido Socialista del pueblo de Belálcazar.

El tiempo diría la última palabra en el inexorable destino de las personas y esta realidad es el mayor misterio que tiene la existencia humana.
Quizá la vida de Paulino debía seguir por ahora este rumbo placentero de abundancia y soberbia. Pero el tomaba sus providencias en silencio, para recompensar algún día a sus hijos de toda esa mezquindad y los reveses sufridos.

PARÍS 1942
Marcos y Roberto Godoy los hijos de Paulino el responsable del comité local del Partido Socialista de Belalcázar, tenían una reunión del Maquís en la sala secreta del Café de la Paz en París.
El café público era una de las sedes que la resistencia tenía distribuidas por París.

El debate giraba sobre el modo y la manera de atacar esa misma noche la central de la gestapo de París y liberar a unos valiosos combatientes que estaban siendo torturados en interrogatorios que la policía política alemana hacía todos los días en los calabozos subterráneos del siniestro edificio.

Los hijos de Paulino se habían separado del padre cuan-do estalló la guerra después del día 18 de julio y no ha-bían vuelto a tener entre ellos ningún contacto posterior, ni tampoco tenían noticia alguna del posible paradero de su padre ni de sus abuelos.
Ellos se habían marchado con una multitud de refugiados hasta Francia cuando estaba próximo el final y ya tenía perdida la guerra la República.

Unos hermanos que siempre habían permanecido juntos en todos los frentes durante la guerra.
Habían escapado de España huyendo del acoso de las tropas fascistas y se habían escapado entre las montañas de los Pirineos. Algunos días más tarde terminaron por engrosar las cedulas del partido Anarquista y Comunista en el exilio Español de la capital francesa.

Una vez en el país vecino los compenetrados hermanos son escondidos y bien protegidos por los miembros del frente republicano en el exilio, en donde son socorridos y amparados por el eficiente Partido Comunista Francés.

Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial y los ejércitos alemanes invaden y ocupan Francia, los dos hermanos se introducen activamente en los experimentados comandos de ataque del Maquís en la zona más boscosa de Burdeos.

Cuando ya finalizaba la ocupación alemana de Francia.
París fue liberado por el Maquís local que conquisto todos los edificios que tenían la administración militar y la policial alemana en la capital.
En esos edificios oficiales los guerrilleros del Maquis en París hicieron prisioneros a los más altos oficiales nazis.
Atacaron y tomaron con las armas el Cuartel General Militar Alemán y tanto Roberto cómo Marcos, estaba entre los guerrilleros que atacaron y tomaron los edificios que ocupaban el Gobierno militar de París, haciendo prisionero al General Von Choltiz, que ocupaba el cargo de Gobernador de esta ciudad.
Por esa hazaña los españoles recibieron después de la liberación y finalizada la II Guerra Mundial de manos del General Deguol la Legión de Honor la más alta condecoración del país vecino.

A esta alegría por la derrota de los alemanes, se unió el esperanzador sueño para derribar con las armas en la mano al dictador Franco del gobierno fascista español.

A la calurosa embriaguez de aquellos momentos históricos se unieron las altas presiones de las nuevas democracias mundiales y hizo pensar al Presidente del Gobierno republicano en el exilio, de la posible contingencia para derribar al régimen del General a través de una ofensiva armada.

Dado el complicado aislamiento que sometían al régimen de Franco todas las potencias aliadas que combatieron en contra del fascismo en la II Guerra Mundial. La enorme esperanza de poder utilizar contra Franco a los sobrantes de material de guerra que había en enormes cantidades esparcidos por el mundo, se entremetió en el corazón de los españoles entre los centros de exiliados republicanos en Francia.

El material sobrante lo controlaban los políticos de París y como en su gran mayoría eran partidos de izquierdas, deponían que los comités centrales del partido Comunista y Anarquista en el exilio se repartieran estas cantidades considerables de excedentes de la guerra.

Sobre manera en agradecimiento por el imponderable re-fuerzo en los duros combates, que los camaradas exilados prestaron a Francia vertiendo sangre española en la férrea resistencia en contra del fascismo.

Era la esperada retribución a esa valiosa colaboración en el maquís, la que dejó que los republicanos españoles se armaran y organizaran un pequeño ejército de voluntarios para derrocar al régimen franquista invadiendo España a través del Valle de Aran.

Para preparar el terreno y la población en tierra española para la ansiada invasión del flamante ejército republicano el Estado Mayor del Gobierno de la Republica, decidió enviar a sus expertos militares, que son los más veteranos del maquí español, en misiones de reconocimiento y de sabotaje en España, para preparar adecuadamente la zona de invasión a las tropas del flamante ejército republicano que estaban entrenando clandestinamente.

El comité anarquista y comunista en el exilio, no estaba coordinado en absoluto, debido a esa eterna rivalidad que había entre los dos partidos desde la Guerra Civil y ahora una colaboración voluntaria en esta guerra en contra del régimen fascista de Franco representaba una excepción a su habitual regla de desunión.

Cómo antes en la Guerra Civil los dos partidos rivales ya preparaban la invasión de España cada uno por su lado.
Unos partidos rivales hasta la muerte, despacharon a sus expertos guerrilleros sin ninguna coordinación a España, en misiones muy peligrosas.
Estaban tan enfrentados los unos con los otros, que en algunos actos de sabotaje se obstaculizaban entre ellos por ejecutar al mismo tiempo iguales objetivos.

Cada partido por su cuenta envió por separado en tierra española, a comandos armados para acciones de guerra a las personalidades más comprometidas del régimen y así efectuar sabotajes selectivos en todas las infraestructuras de fabricación y transporte franquista.

Los hijos de Paulino Godoy, que actuaron en el maquí con la rivalidad y con el antagonismo de los dos partidos, entraron en territorio español por separado.

Lo más triste del litigio eterno entre los dos partidos de izquierdas, es que los dos hermanos al militar uno en el anarquismo y el otro comunismo no estaban dispuestos a colaborar para conseguir los mismos fines.
Y como todos ellos trabajaban por libre, cada saboteador desconocía la misión que el otro debía ejecutar.

Marcos fue enviado en la misión del Partido Comunista y su cometido es perpetrar un atentado contra el Caudillo, individual y selectivo.
Su hermano Roberto debería hacer la misma labor para el Partido Anarquista, utilizando un comando muy veterano y armado hasta los dientes, que estaba entrenado para las acciones peligrosas de sabotajes, con los nuevos y más potentes explosivos.

El objetivo final era el mismo para los dos comandos, sin coordinación alguna entre ellos, por la desunión de los dos partidos que perdieron la Guerra Civil en España al estar todos desorganizados en la lucha contra los ejércitos de Franco.
Era el destino de la ignorancia, que continuaba inflexible en las clases obreras dominantes.

PARÍS SEDE DEL MAQUÍ, ENERO 1944
Marcos examinaba el parte que le habían enviado del ma-quís de Normandía, en el cual le informaban de la dejadez y rutina de las tropas alemanas que acantonadas desde el Havre hasta Brest.
La información que le mandaban desde el Estado Mayor de los guerrilleros, decía que los soldados de las divisio-nes hitlerianas, que estaban distribuidas por toda la zona, se componían en su mayoría de soldados que eran voluntarios de los países ocupados del este.
Tropas que tenían bajísima disciplina y escasa moral de lucha.

Estos datos son a continuación enviados vía la radio hasta Londres para que los aliados aprovechen los importantes informes, para utilizarlos en la intensa preparación de la futura invasión del continente.

A cambió de estos puntuales y continuos informes, los aviones aliados les parachutaban de noche, dentro de los puntos ya preestablecidos, víveres, armas y municiones, que junto a toda clase de material de comunicaciones ayudaban al maquís a sobrellevar la enorme presión de la gestapo y de las tropas de ocupación alemanas.

Marcos antes de que comenzase la II Guerra Mundial en Europa, fue mandado por órdenes del Comité Central del Partido Comunista a la Unión Soviética, para finalizar su preparación militar.

Una vez en Moscú el camarada Marcos es inscrito en la academia del espionaje soviético en donde es adiestrado en cursos intensivos de sabotaje bajo la protección de la Embajada rusa de París antes de la ocupación alemana de Francia.

Cuando Marcos volvió a Francia, preparado como agente de la KGB, llego con el tiempo justo para evitar el ser capturado por la gestapo alemana y así se libró de los tristes campos de exterminio nazis.

Después de su vuelta a Francia, Marcos retomó el mando, junto con su hermano Roberto, del maquís de la región de Burdeos.
Era un maquís compuesto en su mayor parte de veteranos luchadores republicanos con mucha experiencia en la Guerra Civil española.

Las atrevidas y osadas acciones de sabotaje del comando de guerrilleros españoles fueron espectaculares y devas-tadoras para los soldados del ejército ocupante.
Tanto daño ocasionó el maquís a las tropas alemanas en la hermosa y zona francesa que se vieron impotentes para normalizar el tráfico de trenes militares y el movimiento de las tropas por toda la región.

Pero todo este entusiasmo finalizó, cuando las SS de elite enviaron unidades asesinas para limpiar la zona de civiles y dejaron el bosque de la región de Burdeos asolado e inservible para cualquier forma posterior de una posible resistencia armada. Los dos hermanos y sus comandos no tuvieron otra alternativa que huir para refugiarse en los Pirineos, renunciando por el momento a cualquier acto de sabotaje selectivo en zona tan vigilada por el enemigo.
Las tropas de elite de las SS habían ganado esta partida pero no habían ganado todavía la Guerra.

Ahora en París esperaba el anunció inminente del desembarco aliado, un hecho que se efectuaría en cualquier parte de la costa francesa del canal.

Aún cuando no se sabía con certeza la fecha exacta de tan anhelada invasión aliada, todos esperaban ansiosos una comunicación en clave de Londres y lanzar a todos los efectivos guerrilleros que tenían en contra la retaguardia alemana. Cuando llegue el ansiado momento, someterán a los alemanes a toda clase de sabotaje, para ralentizar el envió de refuerzos enemigos a los puntos de desembarco aliados.

Marcos recordaba siempre que tenía unos instantes libres a Belalcázar, su pueblo cordobés, pensando en que estarían haciendo ahora sus abuelos si todavía estaban vivos.
Marcos desconocía aún, que fueron pasadas por las armas después de soportar muchas vejaciones y durísimas torturas, por el capricho de unos aprovechados y supuestos falangistas, que eran los más borrachos y sanguinarios que inteligencia humana pudiese imaginar.

Su querido padre era el que le removía muchos y tiernos recuerdos de la juventud. Recordaba cuando salían los tres juntos por las noches a robar bellotas o lo que desplumaran en los cortijos vecinos al pueblo y que cuando regresaban a casa con bastante miedo y con desconfianza al amanecer, ya tenían los cinco sentidos puestos para descubrir a las patrullas de la Guardia Civil que rondaban por los alrededores del pueblo para evitar que los pobres roben la comida de los cerdos para no morirse de hambre.

Cuando un guardia detenía a algunos desgraciados ham-brientos, primero les quitaban el zurrón con las cuatro be-llotas que traían y después les majaban a palos entre burlas y desprecios.
Actuaban en contra del pueblo, que es la esencia de ellos mismos, con inhumano salvajismo y sin la misericordia y la clemencia que todo ser humano debería de tener hacía sus propios semejantes.

Recordaba también con sonrisa más bien triste al maestro que supuestamente les enseñaba en una miserable escuela del pueblo.
El maestro, un brutal individuo, que pegaba más a los pobres que a los ricos.
El que les decía despectivo, a los andrajosos niños y niñas de su aula, que para trabajar en la tierra no hacían falta latines porque con ellos perdía su precioso tiempo.
Decía que jamás el hijo de un jornalero podía concentrar sus pensamientos en aprender las letras por el hambre que pasaba en su casa.

Recordaba, el fatídico día 18 de julio, cuando se inició el levantamiento en Belalcázar. Su hermano y el se encon-traban en casa de los abuelos cuando dio comienzo un in-tenso tiroteo hacía el edificio del Ayuntamiento, en donde se habían atrincherado, bien armados, los elementos fascistas para conquistar el pueblo y entregárselo a los rebeldes.
Los dos hermanos habían salido corriendo de casa, desoyendo los gritos de los abuelos que temían por sus vidas.

Cuando llegaron cerca de la plaza, las balas silbaban por todas partes y se encontraron allí con su padre que estaba disparando contra las ventanas del Ayuntamiento con una largísima escopeta de carga delantera, acompañado por los camaradas del Partido Socialista, que estaban haciendo por las calles del pueblo lo mismo que su padre hacía; defender unas libertades conseguidas por primera vez en la historia por la República en unas votaciones libres y democráticas.

Recordaba como su padre al verles, se puso tan contento, que le entregó orgulloso una pistola del nueve largo para cada uno con abundante munición.
Les decía a los compañeros orgullosos y a todo el que pudiese escucharle, que las había entregado, para que sus dos hijos aprendieran a socorrer a la República y terminar de una vez por todas con la rebelión fascista.
Respuestas ya existentes para el anterior mensaje:
Los hijos del Socialista Paulino Godoy dispararon ese día con unas pistolas, con valiente arrojo y sorprendente coraje. Es muy posible que ninguno de los hermanos ati-nase a dar en el blanco de los fascistas emboscados en el Ayuntamiento, pero la historia les premiará algún día por el ciego valor de luchar por el bienestar de su padre y de todos los demás jornaleros de Belálcazar. Y aprendieron que no sólo por ellos, ni tampoco por el sonido de unos disparos, se gana un ataque ni menos la guerra. ... (ver texto completo)