SAN PEDRO DE MERIDA: El capataz viendo lo que se le venía encima y por temor...

Después del triunfo del Frente Popular, en las elecciones de febrero del 1936, algunos jefes del ejército encabezados por Mola y Franco, que contaban con el soporte de sectores de la derecha, preparan una sublevación militar para poner un punto y final al régimen republicano.
La sublevación se inició en Marruecos el 17 de julio de 1936 y al siguiente día se alzaron en armas varias guarniciones militares contra el gobierno de la Republica.

En Madrid, Barcelona, Bilbao, Asturias y en otros muchos núcleos urbanos de la península, la resuelta reacción popular impidió el triunfo de los militares sublevados que se proclamaron nacionales.
Fue para el pueblo llano un estimuló especial en los primeros momentos de rebelión militar para que se iniciase en toda España un amplio proceso revolucionario.
Un hecho histórico que se inicio en el campo y continuó en las otras provincias de España.

Mientras en las zonas de Galicia, el norte de Castilla, en Navarra, en Cáceres, en Sevilla, en las Baleares y en las islas Canarias, los sublevados permanecieron fieles al General Franco y a Mola, en Asturias, en el País Vasco, Cataluña, Valencia, Madrid, en el sur de Castilla y en la Andalucía, los militares de los cuarteles se mantuvieron fieles a la República.

El día 6 de agosto la guarnición de Melilla mandada por el General Yagüe, cruzó el estrecho y avanzando por las provincias andaluzas y conquistando las dos provincias extremeñas.

Saliendo desde la comarca de Navarra, el General Mola conquistó la localidad fronteriza de Irún, en el día 5 de septiembre y aisló toda la cornisa cantábrica.

El 1º de octubre de 1936 los militares sublevados proclamaron al General Franco, Jefe del Estado y Generalísimo de los ejércitos que se sublevaron en contra de la joven República.
La neutralidad de los países europeos no es respetada por los gobiernos de Italia y Alemania.

Mientras el Gobierno legal de la Republica recibía la ayuda exterior de la Unión Soviética y Francia, y la efectiva, emblemática cooperación, de los miembros de las Brigadas Internacionales.

Largo Caballero es elegido Presidente de Gobierno en el mes de septiembre del 1936 dirigiendo de la Presidencia de la Nación española, la recluta y ordenamiento de las milicias republicanas, para transformarlas en un ejército regular.

En noviembre de este año los militares rebeldes iniciaron una campaña sobre Madrid, que era su objetivo principal en los primeros meses de la guerra y entonces el gobierno republicano se vio obligado a trasladarse a Valencia.
La derrota de las malamente preparadas tropas del fascis-mo italiano en la batalla de Guadalajara y en la del Jarama de marzo de 1937 imposibilitó, que el ejército de los rebeldes, los llamados nacionales, tomaran Madrid.

El día 26 de abril los aviones de la Legión Cóndor de los alemanes bombardearon la ciudad de Guernica, y el día 19 del mes de junio las tropas del General Franco ocupan la ciudad de Bilbao.

El ejército republicano inicia la gran ofensiva de Brunete el mes de julio del año 1937, a la que sigue la ofensiva de Belchite en agosto del mismo año.

Con la toma de la ciudad de Gijón y de Avilés, en el mes de octubre del mismo año, los ejércitos de los sublevados logran culminar con un completo éxito la conquista de la cornisa cantábrica.

En el mes de octubre el Gobierno Republicano, que es presidido desde el mes de agosto por Negrín, es trasladado con urgencia hasta la ciudad de Barcelona.

En el mes de diciembre del año 1937, se inició la cruel y dura batalla de Teruel, que terminó con el total triunfo de los ejércitos rebeldes y, la ciudad de Teruel fue ocupada el día 22 de marzo.
A esta derrota, tan significativa para el resultado final de la guerra, le siguió el imparable avance de las llamadas tropas nacionales hasta el Mediterráneo, que se efectuó por Vinaroz el día 15 de abril.

Con la fulminante llegada de los ejércitos nacionales ha las costas del Mediterráneo, todo el territorio español que controlada la República quedó dividido en dos pedazos totalmente aislados.
Después del triunfo nacionalista en la batalla del Ebro, un enfrentamiento que duro desde julio hasta noviembre de 1938 los ejércitos del General Franco efectúan sin tener mayores obstáculos la ocupación de Cataluña.

El día 26 enero del 39, es ocupada la ciudad catalana de Barcelona y muy pocos días después los ejércitos rebel-des llegan a la frontera francesa el día 9 de febrero.
El Gobierno de la República se derrumba a causa de las continuas derrotas.
Madrid es tomado el día 28 del mes de marzo y la ciudad de Valencia cayó el día 30 de marzo del año 1939.
Y finalmente el día 1º de abril del 1939 el mismo General Franco redacta el último parte militar, a través del cual se finalizada la Guerra Civil.
El trágico balance de los inmolados, en este feroz y sangriento enfrentamiento entre hermanos oscila en el millón de muertos. A los que tendríamos que añadir la reveladora cifra de 600.000 exilados políticos.

JULIO DE 1936
El bracero encorvado está segando bajo el implacable sol, sin un instante de paz ni reposo el alto y esplendoroso campo de trigo.
A Pulo, que así le llaman sus amigos y familia, le empapa y chorrea el sudor que humedece el descolorido y sucio jubón de lino que lleva puesto.

Tiene el cansado jornalero, tres dedos de la mano izquierda embutidos en un dedil, hecho de dura madera de encina, con el cual atropa las espigas del perfecto trigo dorado, mientras con la otra mano secciona con la afilada hoz a la base de las espigas para liberarlas de su ligazón con la tierra.

Las cuadrillas de jornaleros habían iniciado la siega antes del amanecer, para así adelantar el duro trabajo de segar antes de que despuntara en el horizonte el caluroso sol cordobés. Esto lo hacían todos los días para trabajar algunas horas con la escasa frescura de una corta madrugada. Se apresuraban a trabajar en estas cortas horas de escasa y ridícula frescura nocturna, antes de que asomase por el horizonte el implacable y ardiente verano cordobés.

Precisamente ese verano de 1937 las cuadrillas de jornaleros del pueblo serrano de Belálcazar, segaban las tierras de labor de una hacienda que tenía el Marques Blanco de la Sierra, en el pequeño pueblo llamado Dos Torres, que estaba situado en un Valle llamado de los Pedroches, que se halla en plena serranía de la provincia de Córdoba.

Cuando el agobiante sol del verano se hallaba en lo más alto del firmamento y el ardiente calor apretaba este día con verdadera crueldad, Paulino como el organizador de la siega decidió suspender la agotadora tarea a las cuatro cuadrillas que allí segaban para merendar y para reponer las fuerzas por el pulverizador trabajo que desarrollaban en el campo.

Los estómagos y cuerpos de todos los hombres y mujeres que allí había, estaban exhaustos, vacíos y deshidratados por la permanente y prolongada sudoración. Las barrigas se estremecían con gran violencia en sus vacías entrañas, no pudiendo aliviarlos de tanta fatiga la dilatada ingestión de agua que bebían de los enormes botijos recalentados por el implacable sol del estío.

El mayoral del Marques, que contrataba a los segadores y a las cuadrillas, es un descarado déspota y un desalmado cacique para los hombres y las mujeres que este déspota personaje tenía bajo su mando.

Acostumbrado a imponer su voluntad, por la miseria y el hambre de los demás, ordenó también a su señora el ama que hacía la cocinera para los segadores, detenerse para merendar.
Ese espabilado bribón, no lo hacía por el placer del atajo de rojos hambrientos, cómo les llamaba incesantemente para irritarlos y hostigarlos, sino por que él y su mujer estaban los dos hambrientos y sedientos.

El Marques recomendaba constantemente al mayoral, que para poder incriminar al jornalero a que rindiera algo más en el penoso trabajo, su señora la cocinera debía nutrirles convenientemente con cuantiosa caldereta para que todos los mozos recobrasen nuevas energías y así recolectasen sus campos con más brío, empeño y frenesí.

El carretón que hacía de cocina y llevaba las mantas, con la intendencia, se hallaba estacionado cerca del tronco de una encina, donde la mujer del capataz, que era la cocinera autorizada para guisar para todos, había preparado la comida.

Una sobrellevada subsistencia de crisis, que el Marques les suministraba y que estaba unida a los miserables jornales, para que los desorganizados y resignados braceros segasen el trigo de sus campos.

El jornalero Paulino Godoy malvivía con los dos hijos y su mujer en el pueblo de Belálcazar, él no segaban esta jornada en la campiña cordobesa, el trigo sólo, tenía al lado a Marcos y a Roberto, con 16 y con 15 años, unos estupendos hijos que se atareaban a su vera con mucho más constancia y más brío que experiencia.

Toda la familia del humilde jornalero estaba obliga a trabajar en lo que fuese, por penuria y la miseria que tenían en la vivienda del pueblo. Eso obligaba a todos los miembros de la familia de Paulino a tener que trabajar muy intensamente en los escasos meses del agobiante verano, en los cuales al menos había faena de siega.

Después que finalizada la penosa labor de todo el verano, los miembros de la humilde familia de jornaleros volvían a quedarse parados. Cómo se quedarán inmovilizados el resto del año los jornaleros del pueblo en los agobiantes meses del largísimo periodo del otoño y del invierno, en los cuales no había trabajo alguno para nadie.

Aunque los dos hijos de Paulino le retrasasen un poco el trabajo por sus escasos años y tan ridícula experiencia. Sus hijos con la diligente ayuda de su padre, mantenían la labor en la cuadrilla y por ello la faena de siega iba en consonancia con las demás cuadrillas que eran bastante duchas en el antiguo oficio de la siega y tenían mucha más experiencia que sus dos inexpertos hijos. Y por esto, las otras cuadrillas de jornaleros al ver el avance del tajo de Paulino, se asombraban por tan titánica fuerza y por su enorme tesón, y no le podían reclamar nada porque llevaba en perfecto orden el corte de las fanegas de trigo que a su cuadrilla les había tocado segar.

En lo más insondable de sus corazones los jornaleros del pueblo valoraban esa fuerza y este tesón de un padre por ayudar a los hijos. La regordeta planta, era la clásica estampa de este experto labrador del alta y añeja Andalucía con la existencia malvivida y como bien podía.

Paulino Godoy tenía la figura desgarbada, chaparrita y fornida, más bien tirando hacía abajo y algo regordeta pa-ra tan escasa esbeltez. Su fisonomía y su rostro tenían la dúctil oscura y áspera piel, que es debido sobre todo a los largos días de fatigosos trabajos a pleno sol. Un aspecto que le daba a tan corta figura un cierto talante castrense y militar, un aspecto absorbente y atractivo para los demás.

Su fino y escaso pelo comenzaba en una amplia frente que arrancaba desde las dos pobladas cejas, las cuales le resaltaban recias y peludas por encima de dos ojos que parecían recelosos y desconfiados cuando se ajustaban en la nariz algo aguileña.

Todo el aspecto y el conjunto de su personalidad, daban a Paulino la consideración y un acatamiento inmensos. El experto jornalero poseía la gracia que transmite el semblante plenamente tostado por el implacable sol del estío cordobés, dentro del esplendido físico sin apenas ninguna arruga.

Su aspecto habitual hacía que Paulino se pareciese mucho en lo físico, al más joven General del ejército español apellidado Franco.

Cuando al final se sentaba en la sombra de una altísima encina con sus dos hijos, estaba reventado por tan dura mañana y por el fatigoso trabajo de la jornada que apenas había comenzado.

Y para conseguir mitigar de alguna manera tanta fatiga, Paulino apoyaba su ancha espalda contra el retorcido y atormentado tronco de la anciana encina, para aligerarse contra el árbol de este agotamiento y apresurar de alguna manera la enorme postración que hacía debilitar a su mal-trecho organismo sin pausa ni respiro.

La humeante caldereta estaba guisada con la carne de un borrego y con la abundancia de tiernas patatas triscadas y añadidas en el aceite, la cebolla y el ajo y de otras especias añadidas y adecuadas para tan elaborado y gustoso guiso tradicional y nutritivo.

Cada una de las cuadrillas de segadores recibió para co-mer la parte correspondiente de esa gustosa caldereta que la matrona del capataz había guisado para ellos.

La comieron rápidamente las cuadrillas sentados todos en torno a una única perola. Sus brazos y el apetito hacían moverse sin reposo y sosiego a las cucharas de madera y todos con diestra habilidad y gran presteza la introducían en la perola de hierro que se hallaba colocada en el centro de cada una de las cuadrillas de segadores. Recibieron este día cada uno de los grupos, además de la caldereta, una gruesa rebanada de un pan que estaba duro, para cada uno y esto fue todo.

En este hambriento día, al escaso guisó de borrego que se esfumó tan veloz, que desapareció como por encanto. Es más por la pujanza del enorme apetito que todos tenían, que por la escasa y rala cantidad de comida que los jornaleros habían recibido ese día.

Tampoco habían disfrutado en esta escasa comida, de la clásica ración de vino de pitarra para comer ese día, sólo pudieron mitigar su insaciable sed, con los dos enormes botijos de agua tibia y muy recalentada por el implacable calor.

Tanta mezquindad y tanta miseria hacía padecer mucho al dirigente socialista Paulino y mucho más estando trabajando con sus hijos se sentía más humillado que nunca. Lo había soportado hasta ahora, no por ellos, si no por la miseria y por la hambruna de las esplendidas mujeres de la sierra andaluza, que eran una mayoría en los segadores aquel día. A la mujer le interesaba más que a nadie ganar el jornal para vestir y alimentar a la interminable caterva de hijos que tenían esas pobres mujeres en sus casas. El capataz, que era el más perfecto cacique que ser humano pueda encontrar, acostumbraba a robar a los todos pobres braceros, todo lo que caía en sus manos sin ningún freno. Por la intensa hambre que los hombres y mujeres del pueblo padecían, él comía junto a su comadre separado de las cuadrillas para ocultarles su insaciable avidez y su glotonería. Se ocultaba disimulante entre las espesas jaras con su marrullera mujer para que no viésemos los demás los alimentos que los pillastres nos robaban.

La envidiosa y ansiosa ojeada a estos alimentos, de todos los segadores, no pudieron evitar de ver unas longanizas, pringosos chorizos y el oloroso y añejo queso que los dos caciques comían.

Además la ladrona pareja regodeaba todo su festín, con la añadidura de atractivas rebanadas cortadas de una enorme hogaza de pan tierno y crujiente. Los buenos manjares que comían los dos caciques, iban seguidos por tragos de vino de terrosa pitarra.

Lo que además de tan buena pitanza ayudaba a la experta pareja de aprovechados ladrones a tragarse sin problemas tan buenos alimentos.

El aire en aquellos mediodias del verano apenas se movía en el campo. El agobiante calor y el silencio envolvían a las gentes en un abrazo de calor poderoso que introducía en los cuerpos cansados de los segadores el sueño de una obligada siesta.

Pero ese día no era como todos los demás, porque se notaba algo especial en la albergada de los segadores.
Alguna cosa percibían en ese tirante ambiente para que todos ellos se quedaran despiertos y atentos a los extraños eventos que la gente intuía.

Nadie dormía la obligada siesta andaluza, aunque ya había pasado bastante tiempo desde el instante que los segadores habían terminado de comerse las pocas viandas que les habían dado. Sentían en lo más recóndito de sus corazones una razón imperiosa de finalizar de una vez por todas con la degradación y esa desigualdad que padecían los pobres en Andalucía.

Paulino se encontraba enfurecido consigo mismo por haber consentido en silencio los diarios abusos del manijero del Marques de Dos Torres y estaba además bastante enfadado con los segadores de las cuadrillas que trabajaban allí, porque había notado en todos ellos un resignado y fatal conformismo. Los veía como esos aduladores que se someten sin protesta alguna y estaban siempre al libre albedrío del miserable trato que todos ellos recibían del aprovechado capataz, que se beneficiaba descaramente de todos los que contrataba en el pueblo.

El reconocía la inmoral corrupción del Marques, para explotar al pueblo interesadamente y el aristocrático personajillo oprimía cada año más si cabe, a los braceros que contrataba para sus grandes fincas cordobesas. El lucro, en una miserable paga que les daba, eran beneficios para él y era miseria para las gentes que no tenían ninguna otra posibilidad que acatar sus santas voluntades. Pero Paulino conocía, como lo sabían todos los demás, que el capataz les robaba una parte sustancial de la miseria que cobraban y comían. De continuó les sustraía el vino, el tocino, el pan y casi la mitad de las comidas. Y la mísera desfachatez de quedarse con una parte de la paga que les daba por el trabajo.

Pulo ya arto de tanta injusticia decidió poner las cosas en su justo lugar y le dijo a sus hijos:
¡Preparad todos los avios que hoy seguro nos vamos al pueblo! ¡Porque a ese cabrón de capataz yo le voy a decir dos palabritas que no le van a gustar!
¿Usted no se corte padre, que para miserias, ya tenemos suficientes con las nuestras?
Lo tengo que hacer aunque sólo sea por principio y por los derechos de los trabajadores.

Con las nuevas leyes de la Republica que estaban en marcha ahora podían reclamar más justicia para el pueblo.
Y él lo haría para dar ejemplo a sus hijos, que estaban más debilitados que antes de comer.

Conocía el alimento básico que el Marques les asignaba a cada uno de sus braceros de la siega como rancho para comer y cenar, y ello consistía, en una buena ración de caldereta de borrego junto con un buen pedazo de tocino fresco, todo ello acompañado de la cuartilla de vino y de media hogaza de pan tierno.
Ese añadido básico faltaba todos los días en la siega y lo robaba descaradamente el capataz y su desvergonzada mujer.

Además si alguno de los segadores se atrevía a reclamar alguna cosa, enseguida era desalojado del trabajo y no podía segar más para el Marques.
Mientras contratase en la plaza del pueblo este capataz nunca más el jornalero que protestase volvería a formar parte de sus cuadrillas.

Paulino como no resistía ya más se levantó con la rabia contenida desde hacía muchos años y acumulada en la cabeza desde su más tierna infancia.

Reclamaría por todos los recuerdos de larga miseria que soportaron sus abuelos, sus padres y ahora el pueblo entero, sin que los grandiosos señores tuvieran misericordia ninguna hacía ellos.
El terrateniente desde hacía siglos estaba sostenido por el tradicional capataz adulador, que como soez cacique prosperaba a la sombra del latifundista de turno, a costa de explotar a las familias pobres en su entorno y por los pueblos del contorno en donde estaban las fincas de sus señores.

Paulino, habló con coraje y valentía en la fogosa tarde cordobesa. Hablo con potente voz y salio en defensa de los desesperados jornaleros, alargando el brazo, señaló al capataz y a su mujer diciendo:

_ ¡Compañeros!
_ Ese explotador que tenéis ahí delante, los días de siega nos roba con descaro el jornal y la comida.
_ Ese voraz glotón y su despiadada hembra, abusando de nuestra necesidad desean matarnos de hambre y engordar con nuestro sudor. El Marques nos paga un mísero sala-rio por el fatigoso trabajo y nosotros se lo aceptamos por necesidad y porque aún no hay en nuestro pueblo otra cosa mejor. Pero también sabemos que el Marques no escatima la comida a sus segadores, dando unas raciones que por lo menos tienen que ser abundantes y justas. Lo que el dueño de estas tierras ordena a la mujer del capataz que nos prepare todos los días de siega para comer, se compone de la caldereta de borrego para el almuerzo y de una ración de tocino seguido de un cuarto de litro de vino de pitarra y de medio pan tierno por persona.

_ ¡Compañeros!
_ ¿Que nos han ofrecido hoy estos dos miserables para comer?
_ Solamente nos han dado una mezquina y muy pobre ración de caldereta con un trozo de pan duro y nada más.
_ Pero para mí y para mis hijos camaradas, se acabó el robo y el pillaje, desde ahora se terminaron las rapiñas y los abusos de estos explotadores.
_ ¡Acuso al capataz y a su mujer, aquí y ahora, de ser un miserable y unos ladrones! Y le acuso delante de todos, de robar con descaro una parte de nuestro salario. Dinero que necesitamos imperiosamente para que puedan malcomer nuestros hijos.
Es un salario miserable, que nosotros nos ganamos con esfuerzo y con tantas penalidades para que sobrevivan nuestras familias.

Paulino después de pronunciar estas palabras giró la mirada en su entorno, observando a la variopinta multitud que había en el campo entre las cuadrillas de segadores.

Cuando Paulino los vio estaban todos avergonzados con la cabeza gacha no osando ninguno mirarle la cara. Muy resignado por tanta cobardía, enmudeció de su discurso y desanimado le ordenó a sus hijos que recogieran los avíos porque se iban rápidamente al pueblo.

El desalmado capataz, que en el preciso instante en que Paulino hablaba se encontraba en la delicada faena de masticar un enorme trozo de lomo.
Al escuchar la fogosa perorata de Paulino, se atragantó, y su rostro se tornó rojo como la grana por el exceso de carne y por la abundancia de ira.

Al ver en ese estado a su marido la mujer violenta por las verdades de Pulo, se abalanzó desesperada sobre el marido dándole con bizarra energía, fuertes golpes con las dos manos en la espalda, hasta que al final logró que su esposo expulsara impetuoso por la boca la parte de la comida junto con el buen trozo de lomo.

El capataz tosiendo con gran violencia se levantó respirando entrecortadamente con dificultad hasta que poco a poco se restableció del peliagudo trago que había pasado por cacique y ramplón.

La mueca de asombro entre la mayoría de los segadores le dio alas suficientes para creerse que aún dominada la situación.
Entonces con esa prepotencia clásica de todos los cabos de vara, que piensan que con la amenaza y con el miedo pueden dominar a los demás, se dirigió con im-periosa voz al grupo donde estaba la gente del colérico

Paulino diciendo:
_ ¡Socialistas ingratos de mierda!... La culpa es solo mía por dar de comer a gente de vuestra calaña. ¡Largaros de inmediato de estas tierras! ¡Los de tu ralea no trabajareis jamás para mí!

Paulino encolerizado le respondió:
_ ¡Los solos y únicos asquerosos de mierda que hay aquí, sois tú y tu ladrona mujer!
¡Paganos ahora lo que nos de-bes que nos marchamos!

El revuelo fue general.
Los demás segadores que conocían muy bien los ruines trucos del capataz y porque estaban también cansados de que les robara el sudor de su trabajo aprovecharon la oca-sión para reclamar al capataz que les abonara también las soldadas que habían ganado porque también abandona-ban la siega.

El capataz viendo lo que se le venía encima y por temor a que lo allí ocurrido llegara a los oídos del Marques, trató de calmarlos ofreciéndoles algo más comida y una paga integra de toda la soldada cuando se finalizara la siega de la finca.
Respuestas ya existentes para el anterior mensaje:
Paulino consulto con la mirada a los demás y viendo los gestos afirmativos de todos, decidió que era mejor conti-nuar el trabajo. Más adelante todos tendrían tiempo de marcharse del trabajo si el capataz del Marques no cumplía fielmente su palabra.
El período de los abusos indiscriminados de capataces y de señoritos se había terminado.