Aquel día el duende tenía ganas de estirar un poco las piernas, así que salió de su calleja y en cuatro “zancajás” se encaramó en lo más alto del campanario medio en ruinas de Pedro y echó una ojeada alrededor. Todo seguía como siempre, el parque, la fuente con su mozuela, los campos circundantes, pero, al mirar las farolas de la plaza vio que habían incorporado junto a la palmera cuatro o cinco marmolillos cúbicos nuevos. Se fijó mejor para captar los detalles del monumento y, cual no sería su ... (ver texto completo)