Para que me lean unos cuántos compañeros, antiguos condiscípulos, mis más allegados y para D. Pedro González Candanero. Pbro. El Superior más querido, el que me enseñó a sentir, a vivir en mis letras, reservo las mejores de éstas páginas:
La Sra. Fermina está en la única habitación de la barraca, compungida y llorosa hace maquinalmente la maleta para su hijo Justo que se marcha mañana al seminario.
¬ ¡Jesús María y José!
¬ ¿Qué? Le responde su hermano que está sentado en su pequeña mesita, ... (ver texto completo)
La Sra. Fermina está en la única habitación de la barraca, compungida y llorosa hace maquinalmente la maleta para su hijo Justo que se marcha mañana al seminario.
¬ ¡Jesús María y José!
¬ ¿Qué? Le responde su hermano que está sentado en su pequeña mesita, ... (ver texto completo)
Antes la vida transcurría tranquila, y hasta los embates malevolentes pasaban y no dejaban rastros dolorosos. Los rencores se olvidaban y las bonanzas perduraban sólo el tiempo de ser remplazadas por otros gozos.
Ahora, los rencores se acumulan y no dejan que los gozos los substituyan.
Tendrá que ir al oculista a que le cambie el color del cristal con que mira las cosas. Al mecánico a que le conecte de nuevo el chip de los pensamientos alegres. ¿Tendrá acaso que volver a nacer? ¿Podrá, sin tener ... (ver texto completo)
Ahora, los rencores se acumulan y no dejan que los gozos los substituyan.
Tendrá que ir al oculista a que le cambie el color del cristal con que mira las cosas. Al mecánico a que le conecte de nuevo el chip de los pensamientos alegres. ¿Tendrá acaso que volver a nacer? ¿Podrá, sin tener ... (ver texto completo)