Me encontraba sentado ante un tramo de una cerca de
piedra cubierto de zarzales. El tibio sol calentaba mi espalda mientras se oía un apacible
coro de cencerros procedentes del otro lado del
campo. De los
árboles cercanos llegaban cantos de jilgueros mientras sobre mi cabeza pasaba planeando un milano real. Me recosté para impregnarme de todo aquello. De repente sonreí de oreja a oreja y pensé: "si existe el
Cielo, espero que se parezca mucho a esto".