(Capítulo 2/3)
Para qué esperar, debió decirse. Y en la soledad del campo sereno, al amanecer de un caluroso día de aquel aciago verano, amparado en la ausencia de testigos y con la dudosa connivencia del ama, don Fulano arrastró a su mujer como se conduce a los condenados a muerte hacia el patíbulo, o quizá peor: porque la ausencia de sentimientos en aquel hombre en nada era comparable a la piadosa frialdad que a veces irradian los verdugos oficiales. Agotada, como una cierva tiroteada y moribunda, ... (ver texto completo)
Para qué esperar, debió decirse. Y en la soledad del campo sereno, al amanecer de un caluroso día de aquel aciago verano, amparado en la ausencia de testigos y con la dudosa connivencia del ama, don Fulano arrastró a su mujer como se conduce a los condenados a muerte hacia el patíbulo, o quizá peor: porque la ausencia de sentimientos en aquel hombre en nada era comparable a la piadosa frialdad que a veces irradian los verdugos oficiales. Agotada, como una cierva tiroteada y moribunda, ... (ver texto completo)