Ciertamente, como dice Antonio, yo viví esta experiencia haciendo el
camino de Santiago, empezábamos a andar cuando aún el sol no había salido y al cabo de una hora, cuando este comenzaba a despuntar, sucedía que los
arboles empezaban a llorar como añorando la oscuridad, pero la cuestión no era tan poética, lo que pasaba era que el rocío acumulado en las hojas durante la
noche, con el calor, se resbalaba y concentraban arrojandose al vacío y mojando a todo ser viviente que bajo los
castaños pasara.
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