Se despertó sobresaltado el duende en su callejón, dando brincos se acercó hasta la fuente haciendo ruido con sus cascabeles y observó que las rosas y los claveles del parque se entretenían en asuntos de amor. Echó un vistazo a la mocita descalabrada y pensó en el eterno jardinero cuyo nombre ya estaba borrado de la mente de los habitantes de la aldea y que con mano experta y mucho cariño cuidaba las flores y remojaba también a la muchachada.
La plaza con su centro ocupado por una escuálida farola ... (ver texto completo)
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