Desde lo alto del campanario de Mari, la de Magdala, el maldito trasgo; más que quevediano, gustaviano o esproncediano, miraba abstraído la cúpula celestial moteada de viejos soles en efervescencia rutilante de singular belleza. En el campamento de colonos-guerreros procedentes de diversos lugares norteños, reinaba la más absoluta placidez, unos roncaban ajenos a los avatares del día a día y otros se entretenían procreando para después tener más brazos labriegos o simplemente por placer. La lechosa ... (ver texto completo)