LA VISIÓN DESDE CABINA:
El rugir de los motores es el latido, un pulso de metal con la alta velocidad, donde el tiempo se rinde al infinito en la cabina del convoy.
Frente al vidrio se extiende la mañana, dos cintas de acero en comunión, que perforan la niebla y la llanura bajo el mando sutil de la tracción.
El paisaje es un lienzo que se esfuma, los árboles danzan al pasar, mientras postes y pueblos quedan lejos en este eterno e invicto caminar.
Manómetros de aguja delirante, palancas que dominan la ansiedad, el maquinista observa fijamente la curva que desafía a la velocidad.
Un silbato desgarra el horizonte, el eco responde en la estación, y la noche se traga los caminos con la fuerza de una gran constelación.
Desde el trono de hierro y de vanguardia, el mundo es un mapa en vibración, donde el hombre dibuja su destino guiando el alma de la locomoción.
El rugir de los motores es el latido, un pulso de metal con la alta velocidad, donde el tiempo se rinde al infinito en la cabina del convoy.
Frente al vidrio se extiende la mañana, dos cintas de acero en comunión, que perforan la niebla y la llanura bajo el mando sutil de la tracción.
El paisaje es un lienzo que se esfuma, los árboles danzan al pasar, mientras postes y pueblos quedan lejos en este eterno e invicto caminar.
Manómetros de aguja delirante, palancas que dominan la ansiedad, el maquinista observa fijamente la curva que desafía a la velocidad.
Un silbato desgarra el horizonte, el eco responde en la estación, y la noche se traga los caminos con la fuerza de una gran constelación.
Desde el trono de hierro y de vanguardia, el mundo es un mapa en vibración, donde el hombre dibuja su destino guiando el alma de la locomoción.