Finalmente, después de cincuenta años, había llegado el momento que tanto esperó. Recordó, como en un sueño lejano, la tarde en que planificó su propia muerte. Pero fue sólo un instante de nostalgia que se disipó con el batir de las olas. Una vez más, verificó. El lugar escogido era el mismo. El puñal de plata, el mismo con el que había dado muerte a su
joven esposa, envuelta aún en aquel instante de nostalgia. Sabía que faltaba menos de un minuto. Metódico, elevó la hoja de metal a la altura del
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