Una vez agotados los primeros impulsos emocionales, quizás sea interesante reflexionar sobre un hecho relativamente novedoso: dos ex presidentes del Gobierno, Aznar y Gonzalez, deciden ponerse al servicio de sendas empresas privadas que, curiosamente, desempeñan papeles de importancia en un sector capital: el energético. Y ambos reciben por sus servicios -no identificados de modo concreto- cantidades de dinero nada despreciables, máxime en los momentos actuales. Aznar cobrará mas de doscientos mil euros anuales. González, algo mas de la mitad.
No parece que exista un obstáculo jurídico insalvable para ello, al menos a priori. Lo sería, por ejemplo, la prueba de que se contrata a tales ex-cargos públicos para prestación de servicios de influencias por medios no legítimos, pero eso no pasa de ser una mera suposición que en estos instantes resulta cuando menos indemostrable. El plano de debate es, en consecuencia, el ético, moral o como se prefiera calificar. ¿Es moralmente, éticamente aceptable que un expresidente pase a prestar servicios a una empresa privada? Así formulado, sin mas adjetivos, no parece discutible una respuesta positiva. No hay objeción. Es mas, si uno pretende flexibilizar, desdramatizar las relaciones entre la sociedad civil y los políticos, parece valioso comprobar que después de años en política una persona se incorpora con éxito a la vida privada y que puede ganarse el pan con esa actividad.
Hasta aquí la objeción no aparece sólidamente fundamentada. Pero hay algo que, sin embargo, rechina. Los participantes en la tertulia del Gato al Agua del pasado martes expresaron su posición que se encuadraba entre la condena y una reserva poderosa. ¿Por qué? Por dos razones. Una primera, mas bien de corte etéreo. Un ex-presidente de Gobierno no es un político cualquiera. Es el responsable del gobierno de un país. Asume una dignidad máxima. ¿Es compatible con esa dignidad ponerse al servicio de una empresa privada? Algunos entendieron que no. Reclamaron una especie de estatuto privilegiado para los expresidentes que les eximiera de buscar acomodo en sector privado. De hecho algo así ya existe porque me parece que de por vida perciben un emolumento importante, un coche, escolta, asistente y algunas otras prebendas. Sus conferencias son siempre bien retribuidas. Nada que objetar a dictarlas a cambio de dinero, pero lo de ponerse al servicio de una empresa privada, por mucho que algunos otros dignatarios extranjeros hayan circulado por esa senda, siempre tiene un algo que rechina.
Pero en el caso de nuestros dos expresidentes la consideración parece ser otra. Pocas dudas tienen algunos de que se trata de comprar capacidad de influencia. Lo que en el orden técnico puedan aportar ambos a esas empresas no parece excesivo. Al menos no para justificar las cifras que les pagan. Respetando, claro, las competencias técnicas de cada uno. Parece que lo que ambas empresas han pretendido es una demostración de poder, porque no cabe duda que contratar los servicios de un expresidente no es cualquier cosa. Pagar un sueldo a una persona que ha dirigido un país, con todo lo que eso supone, es, sin duda, una prueba de potencia. Y eso vale en el mercado. Además si esa potencia sirve para flexibilizar voluntades, conseguir citas, engrasar engranajes… pues mejor. Y como esa sospecha late en la mente de muchos es por lo que se reservan algunos un lugar recóndito en su interior para formular una suave condena.
En el caso de Aznar la cosa parece mas grave. Primero, porque cobra mucho mas, aunque esto es siempre relativo y no excesivamente trascendente. Segundo porque no pasa a ser consejero de administración de la empresa contratante, como es el caso de González. Este, al asumir esa condición, tiene la responsabilidad jurídica de todo orden, incluida la penal, que corresponde a los consejeros. Pero Aznar teóricamente no. Y digo teóricamente porque un asesor de semejante porte, sin misión específica, es en realidad un consejero sin ese estatuto, de modo que un buen jurista podría fundamentar que esa posición es solo un fraude de ley para no asumir hipotéticas responsabilidades. Me temo que tendría escaso éxito esa pretensión, por fundamentada que estuviera moralmente, porque no siempre, como bien sabemos, derecho y moral se convierten en círculos concéntricos.
Un dato adicional: Endesa era empresa española. Un hombre de Aznar, Pizarro, peleó por que no pasara a manos italianas. Perdió. No me cabe duda que su lucha, mejor o peor fundamentada, recibió el apoyo de su valedor Aznar. Y ahora Aznar se contrata por una empresa italiana que dejó de ser española a pesar de los esfuerzos de sus hombres en dirección contraria. Ya se que estamos en la UE y que no hay diferencia entre empresas españolas e italianas. Ya se que el nacionalismo económico mal entendido tiene escaso sentido. Ya la se. Pero
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