CAMBRILS: Una barrera cada vez más impermeable separa a la casta...

Una barrera cada vez más impermeable separa a la casta política de la ciudadanía. Se fue blindando en toda Europa a lo largo del último tercio del siglo XX. Hasta llegar a esto de hoy que, en España, toma dimensiones de caricatura. Las reglas del juego son perversas pero claras: yo, ciudadano, os pago un sueldo desmedido, aun a sabiendas de que es todavía más desmedida vuestra incompetencia; a cambio, os conformáis con eso y me dejáis en paz. Es un acuerdo ficticio, por supuesto. Porque el político acaba por imponer siempre, en mayor o menor medida, su interés sin más límite que el que pudiera oponerle una resistencia ciudadana, por desgracia, cada vez más leve. Queda la última trinchera de la resistencia pasiva: la abstención electoral. Es un espectro que avanza en las sociedades europeas. Y que aquí, entre nosotros, parece ya el último refugio para el ciudadano desvalido.

Más de la mitad de los ciudadanos de Cataluña han juzgado a sus políticos lo bastante locos como para ya ni querer saber de su existencia. Y han desertado de las urnas. Pero la casta política es inmune a moral o ridículo. Y la humillante bofetada la deja indiferente. Menos de un tercio del electorado catalán decidió ayer violar la Constitución vigente y hacer saltar por los aires la nación española. Lo escalofriante es que la infinita mayoría que componen los ciudadanos españoles acepte resignadamente guardar silencio. Y rumie su resignación frente a una casta fuera de control ahora, como siempre lo estuvo fuera de decencia.
Lucrecio.