Hasta el 11 de septiembre de 1973 esa efemérides era de exclusiva propiedad de los catalanes, pueblo mediterráneo activo pero melancólico, que en esa fecha conmemoraba su día nacional, coincidente con una de sus derrotas históricas más importantes. El 11 de septiembre de 1714, los catalanes perdieron la guerra contra las tropas del borbónico rey de España y la derrota significó una dura agresión contra el hecho diferencial catalán, agresión ultimada por el general Franco dos siglos después. A trancas y barrancas, en plena clandestinidad antifranquista, todos sabíamos que el 11 de septiembre había que acercarse a la estatua del héroe nacional Rafael Casanova todo lo que la policía lo permitiese, que era poco.
Hete aquí que a la coalición ITT-Kissinger-Pinochet se le ocurre dar el golpe de Estado en Chile el 11 de septiembre de 1973, y lo que era fecha reivindicativa exclusivamente catalana se convierte en un hito global de las izquierdas y otras fuerzas más o menos de progreso. En ese día la ocupación militar de Chile, la destrucción del legítimo poder democrático de la Unidad Popular, lo que podemos considerar el asesinato objetivo del presidente Allende, fomenta el holocausto de las izquierdas en el Cono Sur de América en una operación mancomunada entre Chile, Argentina y Uruguay. Pero como si se tratara de una fecha a la vez monstruosa muñeca rusa, si en su núcleo lleva la modesta fecha catalana, sobre la que se enroscó la conmemoración chilena, de pronto el 11 de septiembre de 2001 provoca en Nueva York la primera catástrofe seria padecida por el nuevo orden internacional desde el final de la guerra fría y el desmantelamiento del bloque soviético. La propia cultura dominante del espectáculo impone que cualquier prodigio, positivo o negativo, ocurrido en Nueva York borre cualquier otra posible percepción de prodigios. Ni siquiera el bombardeo de la Gran Muralla o el Taj Mahal o del Kremlin, hubiera podido competir con el de las neoyorquinas torres del comercio, a poca distancia de las calles tan bien cantadas y bailadas por Gene Kelly, Dan Dailey y Frank Sinatra, pintadas con los colores del mejor technicolor urbano, servida de los ronroneos del saxo onanista de Woody Allen y sus volátiles madres judías. Además, el bombardeo de Nueva York revestía caracteres de superproducción cinematográfica, con aviones comerciales convertidos en proyectiles dirigidos, inteligentes, inteligentísimos, que apuntaban adonde más daño podían hacer al sistema. En el gran mercado de las tragedias globalizables, mal lo tienen el 11 de septiembre catalán o el chileno para competir con el estadunidense, propuesto incluso por la extrema derecha que controla casi todos los poderes en Estados Unidos como el final y el inicio de una nueva era, la de la justicia infinita o libertad duradera. El 11 de septiembre estadunidense ha tratado de legitimar emocionalmente operaciones de piratería internacional como la invasión de Afganistán o Irak, como el vergonzoso gulaj de Guantánamo consentido o no impugnado por todos los cómplices del Imperio del Bien, las matanzas y torturas de resistentes a todas las invasiones angloestadunidenses, la sofisticada lógica sangrienta instalada por el Estado de Israel en Palestina, réplica de la segunda intifada, y al terrorismo resistencialista.
Tal vez haya que volver de vez en cuando, con toda la intensidad del cerebro y del corazón, a los onces de septiembre menos colosalistas, el de los catalanes o el de todos los demócratas del mundo todavía estupefactos ante el cadáver de Allende ocupante de todo el horizonte del mundo. Pero sepamos, sabemos, que esa trilogía de onces de septiembre, Cataluña, Chile, Nueva York implica a la Santísima Trinidad de la Historia en todas las causas aplazadas y sobre todo en la lucha contra una de las conspiraciones culturales más certeras de la nueva derecha: el descrédito de la memoria histórica. Se trata de construir una historia sin culpables.Manuel Vázquez Montalbán.
El Tamboriler del Bruch.
Hete aquí que a la coalición ITT-Kissinger-Pinochet se le ocurre dar el golpe de Estado en Chile el 11 de septiembre de 1973, y lo que era fecha reivindicativa exclusivamente catalana se convierte en un hito global de las izquierdas y otras fuerzas más o menos de progreso. En ese día la ocupación militar de Chile, la destrucción del legítimo poder democrático de la Unidad Popular, lo que podemos considerar el asesinato objetivo del presidente Allende, fomenta el holocausto de las izquierdas en el Cono Sur de América en una operación mancomunada entre Chile, Argentina y Uruguay. Pero como si se tratara de una fecha a la vez monstruosa muñeca rusa, si en su núcleo lleva la modesta fecha catalana, sobre la que se enroscó la conmemoración chilena, de pronto el 11 de septiembre de 2001 provoca en Nueva York la primera catástrofe seria padecida por el nuevo orden internacional desde el final de la guerra fría y el desmantelamiento del bloque soviético. La propia cultura dominante del espectáculo impone que cualquier prodigio, positivo o negativo, ocurrido en Nueva York borre cualquier otra posible percepción de prodigios. Ni siquiera el bombardeo de la Gran Muralla o el Taj Mahal o del Kremlin, hubiera podido competir con el de las neoyorquinas torres del comercio, a poca distancia de las calles tan bien cantadas y bailadas por Gene Kelly, Dan Dailey y Frank Sinatra, pintadas con los colores del mejor technicolor urbano, servida de los ronroneos del saxo onanista de Woody Allen y sus volátiles madres judías. Además, el bombardeo de Nueva York revestía caracteres de superproducción cinematográfica, con aviones comerciales convertidos en proyectiles dirigidos, inteligentes, inteligentísimos, que apuntaban adonde más daño podían hacer al sistema. En el gran mercado de las tragedias globalizables, mal lo tienen el 11 de septiembre catalán o el chileno para competir con el estadunidense, propuesto incluso por la extrema derecha que controla casi todos los poderes en Estados Unidos como el final y el inicio de una nueva era, la de la justicia infinita o libertad duradera. El 11 de septiembre estadunidense ha tratado de legitimar emocionalmente operaciones de piratería internacional como la invasión de Afganistán o Irak, como el vergonzoso gulaj de Guantánamo consentido o no impugnado por todos los cómplices del Imperio del Bien, las matanzas y torturas de resistentes a todas las invasiones angloestadunidenses, la sofisticada lógica sangrienta instalada por el Estado de Israel en Palestina, réplica de la segunda intifada, y al terrorismo resistencialista.
Tal vez haya que volver de vez en cuando, con toda la intensidad del cerebro y del corazón, a los onces de septiembre menos colosalistas, el de los catalanes o el de todos los demócratas del mundo todavía estupefactos ante el cadáver de Allende ocupante de todo el horizonte del mundo. Pero sepamos, sabemos, que esa trilogía de onces de septiembre, Cataluña, Chile, Nueva York implica a la Santísima Trinidad de la Historia en todas las causas aplazadas y sobre todo en la lucha contra una de las conspiraciones culturales más certeras de la nueva derecha: el descrédito de la memoria histórica. Se trata de construir una historia sin culpables.Manuel Vázquez Montalbán.
El Tamboriler del Bruch.