OTRO DE J.ESPARZA. S c.
Vivido la otra noche, en un bar de pueblo, mientras el cielo negro jarreaba sobre la tierra sedienta. La tele contaba las inundaciones de Gerona. Un parroquiano se levanta y grita: "¿No quieren ser independientes? Pues que les vayan dando". La concurrencia rió la salvajada. Y por cierto que no era cosa del "facherío de siempre": en aquel villorrio, ese bar era el de "los del PSOE".
¿Cabe más ruindad? Poca, ciertamente. Pero a ese cainismo ciego nos ha conducido la absurda aventura de ZP y sus juegos malabares, el artificial conflicto del Estatuto catalán (un Estatuto que a la mayoría de los catalanes se les da una higa, como ha quedado acreditado), la ceguera de un Gobierno dispuesto a lo peor con tal de mantenerse en el poder. A fuerza de tirar de la manta, las costuras se resquebrajan. Lo que se ve detrás es lo peor de nosotros mismos, como ocurre siempre que nos quitan el envoltorio –la política no es más que eso: el envoltorio que contiene nuestras vísceras, que nos contiene.
Desazón de España. Hemos visto una matanza horrorosa oculta tras brumas que nadie quiere disipar, y no pasa nada. Hemos asistido a siniestras maniobras de pacto con una banda terrorista, y no pasa nada. Hemos conocido la ofensiva más profunda contra la familia, y no pasa nada. Hemos oído las leyes más absurdas en materia de inmigración, y no pasa nada. Hemos presenciado iniciativas letales sobre el sistema de enseñanza, y no pasa nada. Hemos sido testigos del mayor ridículo en nuestra política exterior, y no pasa nada. Hemos vivido el espanto de una tierra que se queda sin agua, y no pasa nada. También llevamos meses viendo cómo se pone en almoneda la unidad nacional, y no ha pasado nada. Manifestaciones aquí y allá, sí; protestas de algunos, también. Pero nada que pudiera preocupar a los responsables del marasmo: "No pasa nada".
No ha pasado nada hasta que, súbitamente, alguien ha caído en la cuenta de que eso del Estatut afecta al bolsillo general, al bolsillo de todos, porque no es posible poner más dinero en un cesto sin quitarlo previamente de otro. Y "no ha pasado nada" hasta que hemos visto en las vallas de Melilla a miles de desesperados que vienen a "quitarnos lo nuestro". Y entonces el ciudadano pasivo –ése al que le resbalan el terrorismo, la unidad nacional, la familia, el equilibrio social, la enseñanza o la posición internacional de España- ha puesto el grito en el cielo. Lo pone imprecando a ZP, a los catalanes, a quien se tercie. Porque "me quieren quitar lo mío".
Quizás esta ola de indignación popular que asciende, aun descarriada, resulte benéfica para el país. Quizá nos ayude a tomar conciencia. Pero, la próxima vez, sería mejor tener despierta la conciencia antes. Por decoro.
Vivido la otra noche, en un bar de pueblo, mientras el cielo negro jarreaba sobre la tierra sedienta. La tele contaba las inundaciones de Gerona. Un parroquiano se levanta y grita: "¿No quieren ser independientes? Pues que les vayan dando". La concurrencia rió la salvajada. Y por cierto que no era cosa del "facherío de siempre": en aquel villorrio, ese bar era el de "los del PSOE".
¿Cabe más ruindad? Poca, ciertamente. Pero a ese cainismo ciego nos ha conducido la absurda aventura de ZP y sus juegos malabares, el artificial conflicto del Estatuto catalán (un Estatuto que a la mayoría de los catalanes se les da una higa, como ha quedado acreditado), la ceguera de un Gobierno dispuesto a lo peor con tal de mantenerse en el poder. A fuerza de tirar de la manta, las costuras se resquebrajan. Lo que se ve detrás es lo peor de nosotros mismos, como ocurre siempre que nos quitan el envoltorio –la política no es más que eso: el envoltorio que contiene nuestras vísceras, que nos contiene.
Desazón de España. Hemos visto una matanza horrorosa oculta tras brumas que nadie quiere disipar, y no pasa nada. Hemos asistido a siniestras maniobras de pacto con una banda terrorista, y no pasa nada. Hemos conocido la ofensiva más profunda contra la familia, y no pasa nada. Hemos oído las leyes más absurdas en materia de inmigración, y no pasa nada. Hemos presenciado iniciativas letales sobre el sistema de enseñanza, y no pasa nada. Hemos sido testigos del mayor ridículo en nuestra política exterior, y no pasa nada. Hemos vivido el espanto de una tierra que se queda sin agua, y no pasa nada. También llevamos meses viendo cómo se pone en almoneda la unidad nacional, y no ha pasado nada. Manifestaciones aquí y allá, sí; protestas de algunos, también. Pero nada que pudiera preocupar a los responsables del marasmo: "No pasa nada".
No ha pasado nada hasta que, súbitamente, alguien ha caído en la cuenta de que eso del Estatut afecta al bolsillo general, al bolsillo de todos, porque no es posible poner más dinero en un cesto sin quitarlo previamente de otro. Y "no ha pasado nada" hasta que hemos visto en las vallas de Melilla a miles de desesperados que vienen a "quitarnos lo nuestro". Y entonces el ciudadano pasivo –ése al que le resbalan el terrorismo, la unidad nacional, la familia, el equilibrio social, la enseñanza o la posición internacional de España- ha puesto el grito en el cielo. Lo pone imprecando a ZP, a los catalanes, a quien se tercie. Porque "me quieren quitar lo mío".
Quizás esta ola de indignación popular que asciende, aun descarriada, resulte benéfica para el país. Quizá nos ayude a tomar conciencia. Pero, la próxima vez, sería mejor tener despierta la conciencia antes. Por decoro.