Está sacando la sotana de la percha, a la manera de los seminaristas mayores: Brazos hombros y botones delanteros hasta la cintura abiertos, y faldón vuelto al revés abotonado. Se la va a poner, pero recuerda a lo que le ha dicho el Rector:
“¬ Puedes asearte y quizás-cambiarte-la-camisa-tú- verás”
Así que esto es lo que hace. Comprueba que tiene razón el Dr. Altés, en cuanto se refería a cambiarse la camisa que veterana de una semana, relucía de cuello, como si de un alza cuello de plástico gris se tratara. Busca inútilmente otra en el ropero, hasta que recuerda que su bolsa de ropa limpia no ha llegado esta semana. Opta por ponerse un suéter de cuello alto a pesar de que la lana áspera le irrita la piel. Trata de aplastarse su rebelde mechón de pelo, aunque sin insistir mucho. Recuerda que el seminarista mayor que lo instruyó, antes de entrar al seminario, le hizo la foto con este mismo suéter, que la panadera diera a su madre, herencia del niño que se le murió. Le está un poco corto de mangas; pero a él le gusta así. Y no le importa vestirse con ropa de un chico muerto.
Con la impresión de haberse adecentado, baja del dormitorio, y va rezando una jaculatoria a María, sin saber bien por qué, mientras se acerca a la sala de visitas. “Mater Dei Estella Maris.. Regina coelis.” Va diciendo cuando abre la puerta del salón recibidor. El corazón le da un vuelco:
¬ ¡Vaya por Nuestro Señor! ¡Esto sí que es una sorpresa!
¬ Hola Justo. Dicen las tres chicas al mismo tiempo.
¬ ¿Es a ustedes y a ti hermana a quien debo enseñar el Seminario? ¿Qué broma es esta?
¬ ¿Por qué lo interpreta como una broma?
Pregunta la acompañante de Marina hermana de Justo.
¬ Porque si bien recuerdo, no es la primera vez que han visitado.
¬ Ya lo sé. Pero sepa usted, que en nuestro internado, también nos interesamos por los futuros sacerdotes, y cómo estudian, viven... Tenemos en perspectiva hacer una visita de grupo y me han mandado a mí para preparar...
¬ Pero si ya ha visitado varias veces con mi hermana todo esto. Y conmigo.
¬ Quiero verlo otra vez. ¿Le sabe mal? ¿Le molesta? Una servidora no sabía... Yo pedí que alguien, bueno no yo: “La Madre Perfecta” Pidió que delegaran algún chico, ¡perdón! Clérigo...
¬ Conque diga seminarista es suficiente.
¬ Que delegaran un seminarista entendido, o experto en estas visitas. No sabíamos que recaería en usted el encargo. Aunque si me hubieran consultado, yo hubiese pedido que fuera usted. Porque, porque...
¬ ¿Por qué – porqué, Señorita?
¬ ¡Ah! Debo estar confundida. Yo pensé que me encontraba usted a su...
Un gesto de rechazo, apenas perceptible, consigue detener aquella inoportuna declaración. Justo mira con temor hacia la puerta. El portero, debe estar por allí cerca, y con la oreja tendida hacia el salón de las visitas.
¬ Es que como cuando vino al internado, dijo aquello sobre “que si sus ojos” Los míos claro...
¬ ¡Ya le dije que fue una broma tonta! Perdóneme ese aticismo estúpido. Estúpido en boca de un seminarista.
En aparte, Justo pide ayuda al cielo: “Et ne nos inducas in tentatione ad libera nos a malo”
Carmen se acerca un poco más a Justo, al oírlo marmotear, y en voz baja también le pregunta:
¬ ¿Qué?
¬ Estaba rezando: Señor, no nos induzcas en la tentación, líbranos del mal.
Carmen sonríe levemente, mientras se detiene a mirar a aquel muchacho, que se debate entre tantas trabas y sus impulsos.
¬ ¿Nos va pues a enseñar todos los recintos? O vamos a seguir aquí diciéndonos preciosidades y rezando cosas raras en latín.
¬ Pax, Señorita Subirats. Les volveré a enseñar cuanto gusten de ver.
¬ Sí pero de muy mala gana.
¬ Pax. ¿Habrá pax, si le confieso que no lo voy a hacer de mala gana? ¿Quiere que empecemos por las cocinas?
¬ No sé cocinar.
¬ Pues debería... ¡Perdón! No soy quién para...
¬ Sí, sí: diga ¿Qué debería? ¿Y usted? ¿Qué debería? O mejor ¿qué no debería hacer?
¬ Yo debería prohibirle a mi hermana que se plantara aquí fuera del tiempo de las visitas, por el mero hecho de estar en el internado pasando una tan feliz como innecesaria convalecencia. Debería recomendarle que me avise, que para eso hay teléfonos, por si estoy en clase o estudiando.
Carmen Subirats se ha plantado delante del seminarista, acortando las distancias hasta un límite imprudente, y le mira con fijeza. Algo se está quebrantando en el pecho del joven. Algo le está gritando en su subconsciente que todo aquello no es normal. Dientes apretados, manos caídas, embutidas entre el cinturón y el guardapolvo, Justo distrae su mirada por la gran plaza de entrada a la Conrería.
¬ Bueno, señoritas – Corta el lapsus Justo, mirando molesto a su hermana: ¿Por donde quiere que empecemos esta vez la visita?
¬ Sorpréndanos un poco; porque la verdad es... que... Yo no tengo preferencia, usted mismo. ¿No me queda algo por ver de mis precedentes visitas?
¬ Pues... – Empieza Justo a decir, mientras reflexiona qué puede interesar a unas mozuelas pintureras, de aquel soso mundo de ensotanados.
¬ Es que ya le dije, que ¿Cuántas veces ha visitado con mi hermana y con su cuñada? No sé qué le puede interesar de nuestras vidas y costumbres a unas colegialas, que acaso vendrán sólo a ver si olemos a cera de cirios o en la mejor suposición, a incienso chamuscado.
¬ Ya le he dicho que en el internado, proyectábamos una visita para ver las clases, las capillas, las imágenes devotas... Bueno: También nos gustaría conversar con algunos de los seminaristas, para comparar estudios, juegos, y otras distracciones. Así que como no teníamos otra cosa que hacer, he aprovechado que Marina...
¬ -Y ¿Trae ya una lista de los seminaristas esos, con los que desea conversar?
¬ - La verdad es que yo, ya sé todo eso por las veces que le he visto a usted. Pero para mis compañeras de internado, ¡No se vaya a enfadar otra vez! Ustedes les parecen bichos raros.
¬ ¡Bichos raros! ¡Ala!
¬ No, si ya veo que se está enfadando... Pero a lo mejor todos los otros seminaristas no son como el aquí presente.
¬ Sí; y lo somos. Unos más que otros, claro. Yo el peor. Sin embargo, hubiese sido más acertado que fueran al parque de la Ciudadela, a ver los monos que son muy, pero que muy monos y tan raros o más que nosotros.
Esto diciendo, Justo infló los carrillos, se puso de cuclillas rascándose los sobacos e imitando los gritos de los chimpancés. Luego siguió avanzando hacia la gran plaza sin esperar a ver la reacción que sus pantomimas suscitaban en las jóvenes. Riendo por la ocurrencia de Justo, le siguen M. Rosa, Carmen y Marina, ambas se acercan al parapeto que domina la carretera y la terraza jardín que sirve de parque a la tortuga Quelonia.
¬ Quedaos aquí, que yo... -Se sorprende Justo de tutear a las muchachas y rectifica – Quédense aquí...
¬ Puedes tutearnos; A mí no me importa y me agrada que lo hagas. Y a tu hermana no la tratarás de usted ¿Verdad? ¿Os lo impone alguna regla conciliar? ... (ver texto completo)
a todos los que buscan información sobre sus ascendiente, he de comentaros que si mandais una carta o e-mail al registro civil de mataró es muy probablemente que encontreis algun dato de vuestras familia en la ciudad un saludo para todos los datos los podeis encontrar en la paginas web del sitio
¬ Muchas gracias Don Francisco Javier, pero ¿qué razón tiene para?... ¿Y por qué precisamente a mí, únicamente?..
¬ Verás: En la sala de visitas te están esperando unas señoritas a la que deseo sirvas de cicerone para visitar el seminario. La acompañas y le muestras todo lo que tú creas que vale la pena, o que les puede interesar.
¬ ¿Pero por qué un servidor?
¬ No te preocupes por el tiempo de clase o de estudio que pierdas. Sé que te recuperarás fácilmente. ¿Qué estabas haciendo?
¬ Pues en el estudio.
¬ ¿Y?
¬ Haciendo una poesía – le enseña una mano con varios dedos cerrados – de pies métricos.
¬ ¡Ah! ¿Algún deber de literatura? Supongo.
¬ No señor: Estaba preparando algo que declamar en la hora a María de los alumnos de cuarto.
¬ Bueno. Bueno. Estás dispensado de estudio y clase, así que ya declamarás otro día tu poesía de pies métricos... Por cierto: Ya me la enseñarás.
¬ No lo olvidaré, Doctor; pero permítame que insista: ¿No es Sánchez Ibarra de último curso, el que como “Perfecto” se venía encargando de estas visitas?
¬ “Ibarra, está hoy muy ocupado con encargos de fuera. Eres el mayor de la clase y el más decidido; así que te mando a ti” Además te atañe directamente.
El doctor Altés habla suavemente, con unción, una sonrisa como mueca de hemipléjico, con la que endulza su autoridad de beato a medio canonizar; pero cuando manda o dice de hacer algo, la cosa es irrevocable; sin embargo, todos los maestros, como los seminaristas lo aman.
¬ ¿Entendido, Justo? Me parece que no estás muy por la labor...
¬ Sí Doctor Altés.
¬ Pues anda, ve en paz. (Le lanza una rápida bendición).
A tres pasos de su superior, Justo se vuelve y le pregunta:
¬ ¿Me cambio de ropa? ¿Debo vestir la sotana?
¬ No es necesario, hijo. En blusa de trabajo estás bien. –Una mirada rápida hacia el cuello de la camisa de Justo y rectifica: - En fin; si deseas asearte un poco, o cambiarte de camisa, puedes, excepcionalmente, pasar por el dormitorio.
Parece que ya lo ha dicho todo. Justo lo observa abrir la puerta de su despacho, y volverse de nuevo hacia él, que se está mirando los picos del cuello por debajo de sus gafas.
¬ ¿Y oyes? Enséñale todo: Los frontones, los patios, lo que podáis ver desde el patio pequeño, del huerto de las monjas, la tortuga. Ya sabes donde está ¿No? Mientras que los seminaristas estén en estudio, le enseñas también las dos capillas, y le explicas como procedemos, en las diferentes celebraciones.
¬ Como usted mande.
¬ Pensándolo bien, tú bajas al jardincito y las muchachas verán la tortuga desde el mirador, no sea que no estén muy ágiles para trepar por la pared.
¬ Como mande. Le contesta justo abrumado por tanta recomendación.
¬ Luego puedes enseñarle los diferentes sitios de paseo de los alrededores; Ehuu, los cercanos, claro: Como la font del GAT... En fin, te lo dejo a tu libre arbitrio.
¬ Cuando toquen a tercia, bajen al torno de los maestros, y recojan las meriendas, que pueden ir a comerse al “Montecillo”. No olvides de contarles la historia de los cartujos. Así como los orígenes de la Conrería y cómo llegó a ser Seminario Menor de la diócesis de Barcelona.
Otro gesto reprimido de bendición y la puerta del sancta sanctorum como le llamaban los seminaristas, se cierra suavemente.
Camino de la sala de visitas, Justo maldice su mala fortuna. Muchas veces ha hecho de cicerone. Otras tantas, ha contado cómo encontraron aquella tonta tortuga, y cómo la trajeron al patio terraza, donde le llevan hojas de lechuga que piden a las hermanitas cocineras.
Cómo los cartujos cedieron al obispado aquel caserón, otrora hospital, otrora “Conrer” y las otras muchas peculiaridades del seminario, sus patios, sus tandas de frontón, el torno milagroso por donde salía lo que pedías, como de lámpara de Aladino, y hasta el pozo de los leprosos que estaba a doscientos metros más abajo del último patio. Mas todas aquellas anécdotas e historias, bien vio que a más de uno aburrían. Hete aquí, que ahora, tiene que volver a contarlas, y justamente a “unas señoritas” que ni bajar parece que puedan al patio terraza.
¬ ¡Vaya, hombre! ¡Con la cantidad de cosas que tengo que hacer! (Se está dando excusas para no reconocer el leve interés que le despierta la inoportuna visita) Ahora que tenía casi terminada mi poesía, con pies métricos y todo...
No ha abierto los dedos, que retienen las últimas rimas que se repite mentalmente para no olvidar, mientras sube al dormitorio:
¬ “Tus tan sonoras notas, de armonías cuajadas” “ ¿Por qué se obstinan en estar calladas? Tus tan sonoras notas...” “ ¿Por qué no suenan ya?” ... (ver texto completo)
Diario de Justo en el seminario: Domingo 29 (Sin fecha de mes)
Espero visita: El domingo es un día alegre. No hay clases. Eso es primordial para los estudiantes. Se puede descansar. Practicar su deporte favorito. Se puede adelantar el trabajo de la semana. Se puede no hacer absolutamente nada. El domingo vienen las visitas; con ellas, una invasión de casaquitas, plises, faldas, gorritos de mil colores que en franca pugna con nuestras austeras sotanas, acaban por imponerse durante unas horas, produciendo ... (ver texto completo)
Estaba claro que los dos nuevos catalanes, avanzaban en sus proyectos. También que no todo el monte catalán era orégano. Tampoco que a todos los perros los ataban con longaniza.
Los giros demostraban bien, que la fama de roñosos de los condabarceloníes, no era afabulación castellana. Y que por aquellas tierras de Cocaña, de coca poca. Cañas sí. Pero ni para pescar servían. El tiempo de espera alargándose, por cada tres cartas de los emigrados, una de Fermina se cruzaba en dirección a la Ciudad ... (ver texto completo)
Capítulo 6 - 20 de enero del 55. Diario.

Estuve en casa. Hay mucha necesidad, y mucha gente que han venido del pueblo, al cobijo de mis padres. No pueden con tanta carga.
Di clases de matemáticas, con el señor Campmany (O Alemany, no recuerdo bien) pues este trimestre, me suspendieron. Me confié demasiado en mi capacidad de aprender.
Ha habido algunas novedades. Por fin le hablé claro al P. García: Su consigna, “Rezar y esperar” Me alegró el día. Estoy algo taciturno y no lo entiendo; tantos ... (ver texto completo)
Los sacerdotes profesores que con su sola presencia procuran quietud y calma a aquella turba turbatorum, toman por costumbre de ir y venir por el pasillo central. Y como en este primer curso hay más grandotes turbulentos que pequeños, se los instalan a mano en los primeros pupitres de cada hilada, historia de poder distribuirle al guna que otra “clatellada” ¿Es necesario precisar que a Justo lo pusieron en uno de estos sitios preferenciales?

A los alumnos le divertía “la mar” Subir al tercer ... (ver texto completo)
Como las clases de piano que ha solicitado Justo, y que retrasa el profesor Queralt ad calendas, hasta que intervino D. Pedro a favor del olvidado postulante. Y otros más desplantes que Justo, “écorché vif” intenta olvidar sin que antes no le vengan al peto otros desprecios. Quizás exagera Justo, siempre perdido en su mundo de contradicciones... Acaso el sacerdote resentido no entienda o no quiera entender sus ansias de amistad.
Es costumbre entre los alumnos, de dejar los libros y objetos que ... (ver texto completo)
Hoy vuelvo al segundo volumen, que habla de la instalación de los Panduro en Barcelona.
Capítulo – 13 Manuel y su hijo Loly se van a la ciudad condal.

Y Así, como ya se ha dicho, un día de marzo de 1945, Cuando más bonito estaba el pueblo, las amapolas abiertas, entornando sus pestañas entre los verdes trigales, el sol sacando el vaho de las tierras con sus plateados rayos y los lugareños despertando del letargo invernal; en el tiempo de los fusiles de palmera, de los repiones y los aros, el ... (ver texto completo)
Cap5
Capítulo. 5. Justo marchó al seminario.

Justo, se ha marchado ya, al seminario menor de Tiana. Eso está cerca de casa Antúnez. Bueno todo es relativo: Casa A. se encuentra cerca del mar, pero al sur oeste de Barcelona. Y La Conrería, está al Norte de Barcelona, después de Montgat, y pasado el pueblecito de Tiana. Hay que coger el tranvía 48 hasta la estación de Francia, allí un tren de cercanías, que echa el ciento y más en llegar a Montgat. Desde Montgat a Tiana, un tranvía de vía estrecha, ... (ver texto completo)
Hola Justo,

veo que sigue con sus escritos, no los puedo seguir pues tengo el ordenador en el taller, cuando me lo devuelban los leeré todos.

un saludo.
Hola Alfredo. Espero que las historias de los antepasados de Alconchel te gusten. Cuando llegue el momento, volveré a Barcelona y a las barracas de "Cantunis" Yo también me he cargado el ordenador del despacho! Pero como ya está bastante viejo, ya no pienso arreglarlo. De momento, sigo con el portátil.
Me gusta que intervengas, pues a veces me pregunto si alguien me lee...
Un saludo cariñoso, lector asiduo.
Hola Justo,

veo que sigue con sus escritos, no los puedo seguir pues tengo el ordenador en el taller, cuando me lo devuelban los leeré todos.

un saludo.
Aquellas gentes no eran de las que se sientan a comer o hablar alrededor de una mesa: La candela de la cocinilla era más íntima. Y sentados en unos banquillos hechos a la azuela, cada cual arrimaba los carbones a sus zuecos. Y Porfiando y gruñendo, pasaban el rato entre comida y cigarro, hasta que Juana se levantaba con aire de cansancio y cara de sueño, cogía un candil y después de ir al pajar a ver “la piedra” que anunciaba la lluvia, desaparecía arrastrando sus zapatos claveteados por el empedrado ... (ver texto completo)
Capítulo tercero. Los Pequeños.

En aquella casa, a quien no gritaba, nadie le hacía caso. Los únicos que recibían algún mimo eran los niños. Y como bien se sabe, al último al que más. Por aquel entonces el que había llegado último, y, además, en plena guerra civil, lo llamaron Justo. Así le pusieron en memoria de un tío paterno, caído por Dios y por España, y porque se topó de frente con unos rojos que andaban buscando curas y guardias civiles, para limpiar la Patria, decían, que era más suya ... (ver texto completo)
¬No me asegure Vd. Nada don Jesús. Ya sé que “Semos mu brutos” Pero como dice el refrán: “Lo de ser bruto no quita el ser valiente”
¬Eso no pega, D. Jacobo.
¬Vd. Ya me entiende. Y Dígame: ¿Cuál de entre ellos no es buen cristiano? Escoja Vd. mismo uno de muestra: Ese grandullón que le saca la cabeza a los otros.
¬Quién ¿Domingo?
¬Sí ése: Escúchelo Vd. Hablar y verá que no dice dos palabras sin mentar a Nuestro Señor.
¬ ¿Se está Vd. burlando de mí? ¡Ese tal Domingo no sabe decir más que palabrotas, por no decir blasfemias!
¬Bueno pero no me puede Vd. negar que cada dos palabras él, mienta a Dios.
¬Don Jacobo, lo que ellos quizás hacen inconscientemente, Vd. Lo está haciendo insidiosamente y a sabiendas que es ¡peor!
¬Dejémoslo así Don Jesús. Son todos buenas gentes. Los que no son de la cofradía de Jesús de Nazareno, es porque lo son de la hermandad de su Señora Madre. Y no me haga hablar, porque Vd. Sabe mejor que yo, que con cumplir una vez por Pascuas ya se es buen cristiano. Así que agradecido debería estar de verlos “manque” sólo sea para la consagración.
¬Ocasión por la que entran sólo para ver a las mozas.
¬Y en una de ésas ocasiones, Vd. me los casa, y se quedan los dos adentro.
¬Prohibiré por lo menos lo de las cencerradas de Pascuas.
¬Prohíba, Prohíba. Pero recuerde que Vd. Es el cura párroco; pero la iglesia la hicieron los bisabuelos de ésos muchachos sin malicia, que tanto le irritan…
Domingo, ajeno a la discusión del Alcalde y del cascarrabias de cura, seguía de mala gana la partida de vilorda que como de costumbre iba ganando Fermín Herráiz... Por más que le daba vueltas en la cabeza, no atinaba con el modo de decirle al padre de Juana lo que le estaba hirviendo en el corazón.
¬“Chacho” ¡Estoy hecho un ovillo! Parezco un grullo de un pié saltando al otro y sin decidirme en cuál me quedo… ¿Entro y me arrodillo al lado de ella? ¿Me voy pa casa y la espero en lo del sacristán?”
De pronto, con un respingo de los que tan bien lo caracterizaban, alargó una mano para recoger su “chambra” y salió corriendo para la plaza del Reloj.
Corrió sin querer pararse hasta la calle Mesones, y allí no se detuvo hasta llegar al número 4, la casa de los padres de Juana. La emoción y el miedo le hacían temblar las piernas cuando llamó al picaporte:
¬ ¡Hombre, Domingo! Espetó Doña Juana madre, Te hacía en misa...
¬Pues no señora, que he venido a hablar con su marido.
¬Lo siento, ha salido hace un rato camino del huerto. Quería poner unas guías a los guisantes.
¬ ¡Ah! ¿Han agarrado?
¬Todo acaba por agarrar, hijo. Con paciencia y perseverancia, todo...
¬Pues un servidor, con el permiso de Vd. “Agarro” y me voy “pal” huerto a ver si le echo una mano a su señor marido.
¬Eso está muy bien, “muchacho” Seguro que si le ayudas...
¬Pues con su permiso, antes de que me enfríe.
Mientras tanto, la pobre Juana, se pasó la celebración de la misa observando de reojo la puerta pequeña, por ver si veía a Domingo. La misa que ella esperaba de gloria, se transformó en una de réquiem, cuando el celebrante los bendijo:
¬Ite misa est.
No pudo decir “Deo Gratias”. Cabizbaja vino desde la iglesia a su casa, pensando:
¬“No me quiere, no me quiere...” “Ni siquiera ha entrado para estar a mi lado en el momento de consagrar.” “No hace más que mirarme de lejos o por encima de la tapia del patio.” - Con la matilla por encima de los ojos, trataba de disimular las lágrimas que le caían por las mejillas
¬ ¡Soy yo madre! Me quito el velo, y voy para la cocina - Dijo con desencantada voz, al entrar en casa.
 Güeeeno, le contestó Doña Juana. Pero no tardes que vas a tener visita.
En el huerto, el grandullón de Domingo al que por irrisión le pusieron de mote “el Pequeño” estuvo ayudando al padre de Juana todo el tiempo que duró la misa, el responso y el Ite. Pero no pudo articular palabra.
 Hace calor, ¿eh? Le decía con sorna el Señor Frasquito, al verlo sudar y danzar de un pié al otro.
¬Sí señor.
¬Coge esa tomiza y átame bien aquellas guías, antes de que se derrumben.
¬Sí señor.
¬Ve a por unas cuantas cañas...
¬Sí señor.
“¬ ¡Ah granuja!” Pensaba el señor Frasquito, “ ¡ya me la quitarás, ya! ¡Pero tu trabajo te va a costar!”
Domingo, totalmente desalentado decidió despedirse:
¬Bueno Señor Frasquito, sino precisa de mí, yo…
 Pero ¡hombre! ¿No vas a venir a hablarle un rato a Juanita?
Porque esas cosas no se hacían entre hombres, Domingo no se abrazó al Sr. Francisco; pero estuvo en un tris de que lo hiciera. Al oír Juanita desde la cocina lo que venía comentando su padre, y a quién lo decía, la palidez de sus redondas mejillas se transformó en un carmesí subido. Cuando entró en la cocina, revoleada en un iris llameante, sin mirar a Domingo se sentó junto a su padre:
¬Con su permiso padre. Hola Domingo. No te he visto hoy por la iglesia.
¬Me fui a echarle una mano a tu padre al huerto.
¬ ¡El pobre!” Pensaba Juana mirándose los zapatos, “Y yo que creía que no quería venir a verme.”
II – Juana y Domingo.
La boda de Juana y Domingo fue sencilla. Domingo se puso una chambra nueva, que para tal ocasión lucía la solapa bordada por fuera, atada con un lazo negro como el fajín, muy ajustado, por encima del pantalón de velludo, los blancos bordados de las perneras de la ropa interior asomándole por las hendiduras laterales metido éste en las polainas de las botas, con flecos de cuero fino. En la mano, un sombrero de fieltro negro con cinta veneciana. La novia, sus enaguas de rayas Burdeos y paño de Flandes a guisa de delantal. Medias blancas sobre bordados blancos. Botines del mismo color, y como capa un pañolón con bordados rojos sobre fondo negro que su madre había mandado venir de Portugal. Un velo blanco le cubría apenas sus sonrosadas mejillas. Entre sus dedos un rosario enredado y el libro de oraciones con una sencilla flor de almendro entre las páginas.
Salió el novio por la calle Nueva, para que le vieran los vecinos; Juana hizo lo propio por la calle Mesones. Pero cuando tornaron de la iglesia, Domingo se metió con ella por la casa de Juana, y sin detenerse, pasó al patio, aupó a Juana a la pared de la cerca, saltó al otro lado y la bajó al huerto de sus padres.
¬Hoy mismo, dijo a sus recientes suegros, tiro esta pared, y abro paso entre las dos casas: Ustedes. Pueden venir cuando quieran y su hija puede ir a su antigua casa, cuando le apetezca. Y como lo dijo lo hizo, forjando la felicidad de las dos Juanas que lo trataban de “burro” “cabezota” mientras se enjugaban lágrimas de pura alegría
Domingo y Juana, tuvieron 4 hijos en este orden: Fermina, Manuel Francisco y José. ... (ver texto completo)