Con viento fresco y constante del Oeste acariciando el mástil donde agitada ondeaba la insignia nacional. A las seis empunto de la tarde, el toque de timbales anuncia que era el momento de abrir el esportón de cuadrillas en la catedral del toreo. El albero volvía a sentir el galopar de los astados y los burladeros aguantaban los derrotes. Los caretos sentían al ímpetu ya casi olvidado, y el reloj que marca el paso del tiempo se sentía útil después de año y medio sin que nadie lo contemplara. La calle ... (ver texto completo)