QUIRUELAS DE VIDRIALES: LAVADEROS Y ABREVADEROS...

LAVADEROS Y ABREVADEROS

1.- Lavaderos.

En muchos pueblos de los Valles de Benavente, sobre todo en aquellos por los que no pasa algún río o arroyo, o estos se encuentran bastante lejos, se construyeron antiguamente lavaderos, para lavar, principalmente, la ropa familiar. Hoy todavía se conservan algunos. Son unos estanques, de forma rectangular o cuadrada, cuyo muro, no muy elevado del suelo, tenía una pequeña inclinación hacia dentro, para facilitar el lavado, el restregado y sobre todo la caída del agua hacia el estanque, cuando se estaba lavando. Algunos estaban a ras de tierra, con lo que la molestia para las lavadoras era mayor, por tener que inclinarse mucho más. Así ocurría con el que había en Rosinos de Vidriales, que decidieron enterrarlo hace no más de 40 años y construir, en el mismo lugar, uno más elevado y más cómodo.
Los lavaderos eran públicos, estaban al servicio de todos los vecinos, por eso requerían atención y cuidado por parte de los administradores en cada momento. Su construcción se adecuaba a las necesidades de cada pueblo en cuanto a su tamaño y capacidad y, casi todos, están cerca de manantiales o fuentes, para poder contar con agua. Desde ellas se canalizaba hasta el lavadero.
Los había en muchos pueblos, pero, en su mayoría, han desaparecido o están en un estado de abandono y destrucción. En el Valle de Vidriales, además del citado se conservan, entre otros, los de Ayóo, Congosta, Tardemezar, Carracedo y los dos de San Pedro de la Viña. Tal vez sea uno de esta localidad el más antiguo de todo el valle, precisamente el que está junto a la fuente romana. Es pequeño, pero bien conservado. No lejos de dicha fuente existe otro de mayores dimensiones, también en buen estado, y que contribuiría, en otro momento, a solventar las necesidades de una población más numerosa. Se encuentran, por lo general, al aire libre. En Asturias y Galicia, en donde el clima es más lluvioso, es frecuente construirlos en un recinto cerrado o cubrirlos con un tejadillo. Pero, por aquí, podemos ver al de Tardemezar en la plaza; junto a la iglesia el de Ayóo de Vidriales; en una calle, el de Congosta, y a las afueras del pueblo, en otras localidades, como Rosinos, Santovenia del Esla, etc. Por cierto que en algunos sitios bastante lejos, como ocurre en Carracedo. En este caso, el trabajo era mayor, pues tenían que cargar con el cesto de la ropa sucia y lavada e ir, varias veces a la semana, de casa al lavadero y del lavadero a casa. Así nos lo cuenta una vecina, ya jubilada, a la que encontramos paseando por una calle del pueblo y que, al preguntarla, se ofreció para enseñárnoslo e informarnos sobre el lavadero y sobre la tarea del lavado:
-Teníamos, y todavía se conserva, un buen lavadero, aunque esté algo lejos del pueblo, casi a dos kilómetros. Lo hicieron allí por lo de la fuente, de la que sale buen agua y además templada, para poder lavar mejor. Porque, al menos en el invierno, la del arroyo Almucera está muy fría. Y en el verano también íbamos a lavar allí, cuando el arroyo se secaba.
Al llegar al lugar en el que se encuentra comprobamos que, en verdad, está algo lejos, pero tiene buen aspecto, tanto él, como la fuente, que sigue echando agua, si no para lavar, sí para beber. Pero hay indicios de abandono, si los de Carracedo no lo prestan atención.
La señora María, que sigue contando cosas, se coloca de rodillas junto a él y se inclina, para indicarnos cómo se hacía el lavado.
-Veníamos del pueblo andando, por la mañana, con las cestas cargadas de ropa y aquí nos pasábamos casi todo el día. A veces traíamos la comida o algún bocadillo. Al llegar, lo primero que hacíamos era remojar la ropa y después enjabonarla, para terminar lavándola o aclarándola. Muchas veces, después de enjabonarla, la tendíamos al sol, para que blanquease. Y la dejábamos allí hasta el día siguiente, en el que la aclarábamos y nos la llevábamos para casa.
Nos parece duro y pesado el trabajo y no sólo por la caminata desde el pueblo con los cestos de la ropa, sino también por la postura al lavar, de rodillas e inclinado su cuerpo, y, durante muchas horas, mirando hacia el agua. Me dice María que para lo de las rodillas tenían una especie de banca de tabla, en la que colocaban una almohada. Tabla y almohada que también tenían que traer de casa, junto con el cesto cargado de ropa.
Dedicaban a esto dos o tres días de la semana, si querían que el lavado fuese perfecto. En realidad lo era, pues era manual y natural, por el agua templada y clara de la fuente y hasta por el jabón, que era artesano, pues lo solían hacer en casa con la grasa del cerdo o con sebo de ternera o de carnero, añadiendo sosa y algún otro ingrediente. A veces se veía en las casas una caja de madera con el jabón cortado en piezas cuadradas o rectangulares, ya preparado para su uso.
Casi todos los lavaderos constaban de más de un estanque, uno para lavar con jabón, (enjabonar, como decía la Sra. María), y para los primeros lavados, y solía situarse en la parte más baja, y otro para el aclarado de la ropa, en lugar algo más elevado, para que sus aguas no se viesen impregnadas de jabones, aguas que pasaban de uno al otro, seguro que para aprovecharlas más.
Hemos dicho que solían construirse generalmente a las afueras de los pueblos y cerca de árboles o praderas, que servían para tender la ropa, al menos hasta su oreo y antes de llevarla para casa. Era corriente ver a mujeres, cerca de ellos, esperando a que se orease. Estaban todavía lejos las lavadoras con secadora incluida.
Por otra parte, en los pueblos por donde pasaba algún río o arroyo, había un lugar más o menos preparado y apropiado para lavar. Y lo hacían sobre una tabla que llevaban de casa, conocida como la tabla de lavar, preparada para ello, con adornos y hendiduras incluidas, que facilitaban el restregado de la ropa y del jabón sobre ella. Las tablas era un objeto más de los que hacían los carpinteros y las había en todas las casas. Pero si el río o arroyo estaba lejos del pueblo, se construían también lavaderos para comodidad de las mujeres, que eran casi siempre las que ejercían el oficio.
El lavadero era un lugar de reunión y de tertulia, además de trabajo. Allí las mujeres comentaban los sucesos o acontecimientos del pueblo y de toda la comarca. Por allí desfilaban bodas, bautizos, entierros y nacimientos. Se hablaba de amores y desamores, sucesos felices y desgraciados, no faltando la murmuración o la crítica, como ocurre con frecuencia entre los humanos. Pero todo ello contribuía a llevar mejor el duro trabajo del lavado, y el mucho tiempo que se empleaba en enjabonar, aclarar, orear y secar. Y en ir y venir del lavadero. Antiguamente tenían tiempo para todo, hasta hablaban más entre ellos, pues, además de ser más los vecinos, tanto mayores como jóvenes, que vivían en los pueblos, disponían de este tipo de lugares adecuados para la reunión y tertulia, como lo eran el lavadero, el abrevadero, la fragua, la puerta de la iglesia, la puerta de la bodega, etc.

2.- Abrevaderos o bebederos.

Los abrevaderos, también llamados bebederos, eran y son estanques o pilones, construidos a propósito, para dar de beber agua al ganado. Naturalmente en casi todos los pueblos agrícolas y ganaderos existían y todavía existen algunos, y más en aquellos por los que no pasan ríos, ni arroyos, ni existen manantiales o lagunas cercanas, capaces de abastecer a los animales del líquido elemento.
Al recorrer los pueblos de los Valles observamos que algunos están construidos cerca de los lavaderos. Los vemos igualmente en plazas, calles o a las afueras, aprovechando el lugar en el que se encuentra la fuente o manantial, desde donde se canaliza el agua.
Su construcción es de piedra o ladrillo y están revestidos en su interior de cemento para evitar la pérdida del agua, que está estancada en ellos durante mucho tiempo. Presentan formas variadas. Entre los que se conservan y que hemos visitado los hay circulares, como uno de los de Fuente Encalada; rectangulares en Congosta, Barcial del Barco; estrechos y alargados como los de Santovenia del Esla, Ayóo de Vidriales, otro en Fuente Encalada, etc. Su capacidad está de acuerdo con la población existente, en este caso no de personas, sino de animales, y la altura de sus muros depende también del tamaño y sobre todo de la misma altura de los animales, pues no es lo mismo construir uno para ovejas que si se trata de ganado vacuno o caballar.
A la hora convenida y conveniente, casi siempre a últimas horas de la mañana o de la tarde, los ganaderos se acercan con los animales para que beban agua. A veces coinciden varios y aprovechan para cambiar impresiones y comentar los últimos acontecimientos del pueblo y de otros lugares. El abrevadero se convierte así también en un lugar de charla y distracción.
Son de utilidad pública, se han construido para todos los que tengan ganado y el municipio se encarga de su cuidado y conservación. Así lo hemos comprobado al pasar por Santovenia del Esla, donde nos hemos encontrado con operarios municipales, con su alcalde a la cabeza, en plena faena de limpieza del abrevadero.
En las localidades por las que pasa algún río o arroyo o existen lagunas con manantiales, como ya hemos dicho, los agricultores tienen asegurado el agua para sus animales. No obstante para una mayor comodidad construían a veces pequeños abrevaderos, en el mismo pueblo, cerca de las fuentes, para evitar grandes desplazamientos con sus ganados. Y todo esto hasta que el agua corriente llegó a las viviendas y se acercó a las cuadras y establos para solucionar el problema de sed con tan sólo la apertura del grifo.