Con la cuchar, te das un calentón de los que te pone unas perlas de sudor en la nariz, pero no dejas de mirar de reojo dónde andará la navaja pa lo que viene después. Cuando terminas de hacer ruido en el fondo de la cazuelita de barro, echas mano a un buen zoco de
pan, del cantero si puede ser, y pones encima, sujetándolo bien fuerte con el dedo gordo de la mano izquierda el más hermoso torresno de los del plato. Vas cortando lascas, poco a poco, y untándolas con la navaja en el pan antes de dar
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