Como ya he dicho, Juanjo sólo atendía la plancha. Cada cliente se servía las charras (vino servido en vaso de caña, en vez de en vaso de chato) o los botellines que le admitía el cuerpo y encargaba a Juanjo la panceta o las gambas que le apetecieran. Él se acercaba a la plancha con el plato de duralex en su mano izquierda, le echaba un vistazo y, por si acaso, le sacaba un poco más de brillo, pasándolo por la parte del chandal azul que cubría su nalga sana. Con la mano derecha mucho más corta de lo normal, agarraba la espátula y arrimándose a la plancha todo lo que le permitía su barriga, vertía las gambas o la panceta en el plato con un arte que daba gusto verlo.