Con un chandal azul, casi de Adidas porque ya se le había descosido una de las tres bandas, traspasaba Juanjo, con precisión milimétrica, el umbral de la puerta que daba acceso a la casa, donde se ponía el traje de faena. Era una puerta alta y estrecha, con dos hojas, una de las cuales estaba casi siempre cerrada. Con su gran tamaño y su, no menos importante cojera, era digno de ver el quiebro que hacía para no llevársela por delante, sobre todo cuando andaba por la calle el butanero, golpeando las bombonas, y a Juanjo se le había terminado la de la plancha. Volaba, cargando con la bombona, para no quedarse sin gas.